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Llewellyn Vaughan-Lee
Madurez Espiritual
Publicado en la revista Sufi Journal, # 64, invierno 2004-2005
Cuando es tiempo de quietud, quietud;
en tiempo de compañerismo, compañerismo,
en el lugar del esfuerzo, esfuerzo.
Todas las cosas a su debido lugar y tiempo.
--dicho NAQSHBANDI
Alrededor nuestro Su revelación es incesante. La divinidad no sólo
renace a cada instante, sino que en este momento de nuestra historia algo
peculiar se está originando, una nueva Era; una nueva forma de
vida está viniendo a la existencia. Y nuestra percepción
espiritual es fundamental para que este nacimiento ocurra. En nuestros
corazones, con nuestra conciencia, con cada respiración, somos
los parteros de un nuevo despertar de la Tierra. Está ocurriendo
en estos tiempos. Para poder participar completamente de este nacimiento
debemos dejar atrás viejos modelos y formas de andar sobre la tierra
y de mirar el cielo. Estamos entrando en una era de unicidad que conectará
materia y espíritu, lo femenino y lo masculino. Y nuestra práctica
espiritual debe reflejar este nuevo alineamiento. No podemos seguir renunciando
a la tierra o continuar con un modelo patriarcal de progreso espiritual.
La trayectoria de nuestra alma es parte del viaje de la totalidad de la
creación. Nuestro corazón está conectado con el corazón
del mundo, nuestro recuerdo es el recuerdo del mundo. Si nosotros despertamos,
el mundo podrá despertar.
Y sin embargo, el sendero individual de retorno del alma a la Fuente,
del amante que vuelve al Amado, continúa como ha sido siempre.
Todo cambia y nada cambia. El recorrido del alma volviendo al Hogar es
como el palpitar espiritual del mundo. Cuando el buscador se vuelve hacia
el Amado, toda la creación se regocija, porque es este el viaje
final de la vida toda. Cada átomo añora reunirse con su
Amado y como buscadores espirituales nosotros vivimos esta añoranza
con todo nuestro ser. Llevar a cabo este recorrido es nuestra más
grande contribución a la vida y al Amado. Nos ofrecemos en el altar
de Su amor y experimentamos Su drama de separación y unión.
A medida que expandimos nuestra conciencia espiritual incluyendo la Totalidad
de la creación, es importante recordar la simplicidad y lo común
y corriente del viaje del alma. El anhelo del corazón por Dios
pertenece a la esencia primaria de la vida. Al igual que el girasol mira
el sol, nuestra alma mira su Fuente. Vivir y respirar este llamado real,
muchas veces significa tener que dejar atrás muchas de las ilusiones
que podríamos tener sobre la vida espiritual.
LA INOCENCIA DEL DESPERTAR
Al comienzo del viaje espiritual, una chispa de puro amor acaricia nuestro
corazón y nos despierta por un instante al milagro de nuestra naturaleza
real y de nuestra profunda relación interna con Dios. Sin este
regalo de amor no habría travesía espiritual, no habría
deseo alguno de retornar a Dios. Nos quedaríamos entre las nubes
del olvido, sin jamás conocer nuestro verdadero ser. Esta chispa
nos vuelve a la vida y dirige nuestra atención hacia el viaje del
alma, la más grande aventura que existe.
Tradicionalmente llamado “la vuelta del corazón”, este
despertar de amor es parecido al primer romance, exceptuando que no se
trata de un amante idealizado ni de una fantasía romántica;
este es el gran amor del alma con Dios, irrumpiendo en nuestra conciencia.
Sin embargo, muchas veces evoca en el amante una cualidad similar a la
impetuosidad adolescente, creando fantasías espirituales que, como
su contraparte romántica, a menudo se descontrolan. No siempre
es fácil reconciliar el despertar del amor real con la mundaneidad
de nuestra vida diaria, o contener este deseo interior profundo dentro
de nuestra conciencia normal.
Este “vuelta del corazón” despierta un fuego dentro
de nosotros que finalmente nos abrasará y consumirá, transformando
nuestro plomo alquímico en puro oro. Sin embargo, al principio
es tan sólo una pasión loca que no tiene un receptáculo
de contención. Tal vez podríamos identificar este sentimiento
como a un “anhelo por Dios”, pero no tenemos la más
mínima idea sobre la verdadera dinámica de esta trayectoria,
ni del doloroso trabajo a realizar con nuestra sombra, ni del lento proceso
de reducir a polvo al ego, que pertenecen a los años iniciales
de búsqueda. Al igual que la experiencia romántica de enamoramiento
no nos prepara para el verdadero trabajo de una relación duradera,
la chispa que acaricia “nuestro corazón de corazones”
no nos hace pensar en la vasta y peligrosa naturaleza de lo que está
sucediendo. Somos lanzados a una pasión amorosa con Dios del mismo
modo que un ciego es lanzado al océano infinito.
Así ha sido siempre. Llegamos con inocencia y añoranza,
confundidos por dudas e inseguridades, llenos de deseos de algo que no
podemos comprender. Tampoco sabemos qué hacer con la intensidad
y pasión del alma. ¿Qué podemos hacer aparte de crear
fantasías espirituales, imágenes de un mundo espiritual
lleno de todo aquello que a nosotros nos falta?
Tal vez esperamos que el camino nos dé el compañero que
siempre hemos deseado, el trabajo que merecemos... Así de fácilmente
proyectamos nuestra necesidad personal en el potencial desconocido de
nuestra búsqueda espiritual, tratando de encontrar un progenitor
que nos ame, un amante que nos proteja, amigos que nos comprendan, un
trabajo que nos gratifique... En Occidente, esta tendencia natural a la
proyección se ve aumentada por un condicionamiento que promueve
la gratificación instantánea, y que nos dice que tenemos
derecho a la felicidad personal. El largo y arduo camino del entrenamiento
espiritual verdadero tiene poco lugar en nuestra conciencia colectiva.
La dificultad aumenta por el hecho de que al comienzo se nos muestra algo
que es inmediato, que pertenece al eterno presente. Recibimos un vislumbre
de aquello que está presente todo el tiempo, nuestro eterno Amado.
El tiempo no existe en ese momento, no hay un largo y arduo camino a recorrer;
por el contrario, hay algo espontáneo y completamente vivo. El
nos seduce dándonos a probar un bocado de lo que ya existe en nosotros,
es el regalo de nosotros mismos tal como somos eternamente. ¿Cómo
puede el ego, con sus restricciones en tiempo y espacio, comprender o
vivir este eterno ahora?
El buscador espiritual inicialmente no comprende que el verdadero trabajo
en este viaje no tiene que ver con acceder a experiencias místicas
o espirituales; sino que estas son dadas a través de la Gracia.
El trabajo verdadero es crear un receptáculo para estas experiencias,
para que ellas puedan vivir en nuestra vida cotidiana. Una característica
de este recipiente es la habilidad de discriminar entre la experiencia
real y la ilusión espiritual creada por el ego. Sin este receptáculo
de discriminación, el caminante fácilmente se pierde, y
gasta la energía y potencial del despertar espiritual.
ILUSIONES ESPIRITUALES
Esto no significa que uno debe desechar la excitación y el fuego
del despertar inicial. Tradicionalmente este renacer espiritual es el
momento en que la verdadera vida del alma comienza. El “sí”
que hasta ese momento se hallaba oculto dentro del alma brota a la superficie,
algunas veces llegando como una explosión al mundo exterior. Surgen
la alegría y la intensidad que pertenecen a este momento que necesita
ser vivido. El amor verdadero ha llegado, la luz auténtica se hace
presente. Algo tremendo se ha iniciado. Puede haber una sensación
por primera vez en nuestra vida de “haber llegado finalmente al
hogar”, de haber llegado a donde uno pertenece verdaderamente. Cada
fase del recorrido tiene su lugar; “hay un tiempo para cada cosa
bajo el sol”.
Yo recuerdo la intensidad de mi propio despertar, el regocijo de sentir
el milagro de todo lo que me rodeaba; de pronto el mundo brillaba con
una luz escondida. Recuerdo mis primeras experiencias en meditación,
mis primeras experiencias de una realidad más allá de la
mente. Recibí algo que había añorado desde siempre
sin saber que existiese. Me fue dado a degustar un sorbo de aquello que
es verdadero en medio de un mundo de ilusiones y mentiras. El deseo por
la verdad se encendió en mí y supe lo que quería.
Yo no tenía un recipiente que contuviese la increíble pasión
que me poseía: me llevó prácticamente a la locura;
ayuné más allá de lo que mi cuerpo podía soportar.
Sin embargo, por primera vez en esta vida me sentí completamente
vivo.
Es de esperar que uno encuentre un maestro o una senda espiritual, que
inicie el trabajo de crear un receptáculo que permita canalizar
el fuego en la dirección correcta, de modo que uno pueda vivir
una vida armónica. Pasaron tres años antes que yo encontrase
el camino que me llevaría de vuelta al Hogar, y llegué allí
en un estado muy lejos de estar equilibrado, sosteniéndome tan
solo con determinación y voluntad férrea, flaco, hambriento,
y con mis pies apenas tocando el suelo. Pero a cada uno se le dan las
experiencias que necesita, y yo no me arrepiento de la locura de aquellos
primeros años, aún cuando ahora sé que casi toda
mi energía y la mayoría de mis acciones eran totalmente
desubicadas. Por ejemplo, tuve que comprender que uno no puede ayunar
para llegar a la perfección o alcanzar la Realidad a fuerza de
voluntad.
Uno de los peligros de los primeros años en la senda espiritual
son las ilusiones espirituales. Sentimos una gran añoranza y anhelo
profundos, un hambre primario de algo que no podemos nombrar ni conocer.
Despertamos por un instante a una realidad que tiene muy poco eco, tanto
en nuestro mundo exterior como en nuestros esquemas de pensamiento. No
tenemos contexto para lo que de hecho está sucediendo, y entonces,
naturalmente, creamos imágenes y expectativas sobre el sendero
espiritual. En el momento que vi la luz en los ojos de mi maestra, quise
habitar yo también ese espacio más allá de las limitaciones
de un mundo que encontraba más y más alienante y lleno de
problemas. Imaginé que la vida espiritual era vivir en esa dimensión
sin forma, de presencia y amor. Poco podía imaginar que el sendero
me llevaría de regreso a este mundo de limitaciones. Muchos viajeros
espirituales caen en la ilusión de escapar la realidad cotidiana
al comienzo del recorrido. Como un amigo lo describe, “Yo creí
que el camino me sacaría fuera de la vida diaria. Que la vida exterior
ordinaria de algún modo se diluiría, que dejaría
de tener que ser responsable en la vida. Creí que me perdería
en el amor. Que no tendría que existir como un individuo ‘separado’
nunca más, que siempre sería arrebatado por el amor. Pensé
que sería llevado más y más profundamente a estados
de amor y felicidad. Que sería como sumergirme cada vez más
en meditación. Realmente, nunca pensé que volvería
otra vez a la vida normal, o a la conciencia normal.”
Otro compañero en el camino espiritual pensó que sus problemas
dejarían de existir, que desaparecerían, o que él
se elevaría por encima de estos problemas para existir en una realidad
más elevada. Otras personas crean la ilusión de que ellas
adquirirán conocimiento espiritual, o más aún, poderes
espirituales. La promesa de “iluminación” es un engaño
común, ilusión que pasa por alto el hecho de que el ego
no tiene ni tendrá ninguna experiencia elevada porque en la dimensión
del Ser no hay un “yo” que se dé cuenta de nada. Hay
tantas fantasías, tantas formas en que usamos las imágenes
de la trayectoria espiritual a modo de escapismo de la vida y de nosotros
mismos. El camino verdadero nos lleva de retorno a nosotros mismos y dentro
de la vida. Si no volviésemos dentro de nosotros, un importantísimo
trabajo psicológico, la confrontación con nuestra propia
oscuridad, la sombra, y otras dinámicas internas que ayudan a crear
el receptáculo que contiene una vida equilibrada, nunca se realizaría.
A medida que trabajamos en nosotros mismos, comenzamos a percibir que
muchas de las presunciones iniciales en el sendero tienen que ver con
el hecho de que experimentamos exclusivamente al ego como el único
actor en nuestra vida. Una amiga comprendió que todas sus ilusiones,
“partían del hecho obvio de que es una ‘persona’
la que llega al sendero espiritual, entonces todo lo que uno inicialmente
espera está ligado a lo ‘personal.’ “Por ejemplo”,
ella cuenta, “yo pensaba que ‘yo’ o ‘el ser personal’
estaba enamorada de alguien todo el tiempo. No me daba cuenta que el amor
tan sólo es. Y que no tiene realmente nada que ver ‘conmigo,’
sino que el amor existe.”
Al principio, todo lo que uno conoce es el ego; entonces, imaginamos la
travesía espiritual y sus experiencias a través de sus ojos,
con todos sus deseos e imágenes de satisfacción. Y aunque
hayamos leído o escuchado que el “ego se debe ir”,
que uno debe “morir antes de morir”, no podemos imaginar un
estado en que aquello que se llama a sí mismo “yo”
no tenga un rol central. Cuando pensamos en el Ser, nos imaginamos una
personalidad espiritualizada. Muy raras veces estamos preparados para
la simplicidad de lo que es. Si bien el Ser tiene una dimensión
cósmica, al mismo tiempo es completamente común y corriente,
es una esencia simple, una cualidad de ser que está presente en
todas las cosas. Y los estados del plano increado que existen más
allá del Ser, no pueden comenzar a comprenderse con una conciencia
que está centrada en su propia sensación de existencia.
¿Cómo podemos imaginar un estado en el cual nosotros podemos
ser donde no somos?
Mientras algunas ilusiones se centran en estados espirituales internos,
otras reflejan un deseo de manifestar algo en el mundo exterior, como
por ejemplo el deseo de transformarse en un sanador o en un maestro espiritual,
teniendo un “destino” que nosotros pensamos muestra nuestra
especial naturaleza espiritual. Si bien es cierto que algunos viajeros
en el sendero podrán ser llamados a tomar estos caminos, estos
deseos son generalmente otra forma de auto-gratificación donde
el ego se prende de una energía pura o intención y la usa
para sus propios propósitos personales. Al ego le encanta inflarse,
ser el actor principal en cada escenario. Puede desilusionarnos el darnos
cuenta que el Ser a menudo no necesita ninguna forma externa de expresión
o rol que manifestar, que se trata de un estado de ser en vez de un “destino
manifiesto.”
Otra confusión común es la idea de que uno está viviendo
una “vida guiada”, o de hallarse en un estado en el cual nuestras
acciones simplemente surgen por sí mismas sin la necesidad de nosotros
como “hacedores.” A pesar de que existen estados tales en
los que el Ser o nuestra naturaleza divina vive a través nuestro,
ellos requieren de una capacidad de discriminación consciente mucho
mayor de la que podemos tener al principio. Excepto en raros casos de
seres espirituales altamente evolucionados, nuestra naturaleza superior
necesita manifestarse a través del ego y la naturaleza inferior,
la cual disfruta de cambiar el rumbo de las energías superiores
usándolas para nuestros propios propósitos personales. “El
ego está al acecho en cada esquina” buscando trastornar nuestra
verdadera naturaleza. Debemos aprender a distinguir entre la necesidad
real del momento y un deseo oculto o una conducta de auto- protección
que ha tomado una “forma” espiritual. A menudo la ilusión
de ser “guiado” es una evasión de la responsabilidad
sobre nuestra vida y nuestras acciones. Es la excusa perfecta para alguien
que no quiere aceptar la vida cotidiana con sus dificultades y demandas.
La espiritualidad patriarcal ha enfatizado la naturaleza trascendente
del Ser, pero el Ser es también parte intrínseca de la vida,
y sólo puede encarnar y vivir completamente, cuando tomamos total
responsabilidad por la vida tal cual es. Uno sólo puede alcanzar
el estado de Ser cuando acepta completamente su vida y su destino. En
las palabras del maestro Sufí Abû Saiîd ibn Abî-l-Khayr,
“Cualquiera sea tu suerte, encárala!”
Finalmente el sendero espiritual nos lleva a un lugar donde el ego se
da por vencido, y entonces, el Ser reina y regula. De allí en adelante,
la vida adquiere la cualidad de ser como una hoja en blanco para que el
Amado la use como Él disponga. Sin embargo, para cuando hemos alcanzado
este estadio, ya hemos tomado total responsabilidad por nuestra vida,
y por el ego con sus necesidades y demandas. Nos hemos transformado en
caminantes maduros que no usan el sendero para evitar las dificultades
de la vida. Hemos reconocido el valor del sentido común, hemos
aprendido cómo vivir en ambos mundos, y hemos desarrollado vigilancia
constante sobre el ego y sus astutas formas de autoengaño.
LA VIDA DIARIA
Probablemente no exista una fantasía más corriente o más
insidiosa que la creencia de que la vida espiritual saca al buscador de
la vida común y corriente. La vida diaria siempre estará
incluida. De hecho, nos sumergimos cada vez más en lo común
y ordinario. Nosotros, como dice el proverbio zen, “cada día
cortamos la leña y cargamos el agua”.
A menudo es la mundaneidad del sendero espiritual a lo que estamos menos
preparados. Una vez que hemos probado la pasión del alma, la cual
inicialmente parece una experiencia “tan más allá”
de a lo que estamos acostumbrados diariamente, tendemos a esperar que
la banalidad de la vida se desvanezca en la alegría y éxtasis
del viaje interior. Imaginamos una vida espiritual llena de desafíos
dramáticos y estados espirituales. Es nuevamente tan sólo
nuestro ego tomando la experiencia para sus propios fines. Ser solamente
un caminante ordinario, que anda por un sendero polvoriento no suena tan
gratificante.
Lo verdaderamente especial de nuestra naturaleza muchas veces parece ser
lo más común y simple. Como una compañera de viaje
describe su experiencia,“Siempre me sorprende cuán comunes
son las cosas, como continúo bajando a lo ordinario. Realmente,
yo esperaba que las cosas se volverían extra-ordinarias.”
Otra buscadora que vino a vivir con mi maestra, esperaba vivir una vida
simple de meditación, pero unos pocos años más tarde
se encontró enseñando en una escuela primaria pública,
con treinta alumnos demandándole atención todo el santo
día. No era exactamente lo que se había imaginado!
A menudo, el apego a lo “extra-ordinario” de la vida espiritual
es otra forma que usamos para protegernos de la vida o de nosotros mismos,
al igual que una fantasía romántica podría protegernos
de la vulnerabilidad y demandas de una relación verdadera. El amor
real nos hace sentirnos desprotegidos y desnudos, porque las conductas
que nos amparan se disuelven o se extinguen en el camino. Opuestamente
a la mayoría de las ilusiones, la naturaleza real del sendero trata
de vaciarnos, poseyendo cada vez menos en vez de más. Mientras
que las fantasías frecuentemente inflan al ego con imágenes
de ser especial, en el sendero verdadero nos vamos volviendo más
comunes y simples.
Cuando sentimos que estamos viviendo la pasión del alma, que estamos
siendo destrozados por amor, es muy fácil obviar la importancia
de pagar nuestras cuentas a tiempo, de cuidar nuestras necesidades y responsabilidades
humanas. Podemos ir por la vida con poca atención de como tratamos
a los demás y de como nos tratamos a nosotros mismos. Pero sin
una base firmemente enraizada en lo ordinario, sin aprender como relacionarnos
con la vida con la atención y respeto que necesita, no podemos
vivir totalmente la energía del alma en el plano físico.
Focalizarnos en la vida cotidiana nos permite enraizar la energía
del sendero y también hace más difícil que el ego
construya falacias espirituales. Este es el porqué de que tradicionalmente
cuando un joven buscador llega por vez primera al tekke Sufí
o khânqâh (nombre turco y persa del “centro
sufí o lugar de encuentro sufí”), se le dé
el trabajo más mundano o degradante, por ejemplo, limpiando letrinas
o barriendo patios. Durante los primeros años probablemente no
se le dé ninguna práctica espiritual, tan sólo tareas
de servicio sencillas.
Es importante no rechazar la dimensión de nuestra experiencia cotidiana,
porque la naturaleza del alma es ordinaria y simple, y a menudo se expresa
a sí misma por medio de lo que es más común y sencillo.
El alma es una cualidad de ser en la que las cosas simplemente son.
Aquí la paz es, el amor es, aun el poder es. Nunca notaremos, mucho
menos experimentaremos, estas cualidades del alma si seguimos nuestros
deseos de escapar de lo cotidiano, si creamos dramas o fantasías
innecesarias. Los poemas o haikus del Zen muchas veces reflejan esta simplicidad.
El rocío sobre el pasto es en el momento presente sin ningún
drama. La luna llena del tiempo de cosecha en el agua es a la vez simple
y profunda. Estamos creando el recipiente capaz de permitirnos una relación
madura con la vida. Nunca seremos capaces de experimentar la unión
paradójica de lo ordinario y lo extraordinario, si no aceptamos
la vida tal cual es.
El verdadero trabajo es permanecer fiel a nosotros mismos en medio de
todas las demandas de la vida diaria, mantener la atención en nuestro
interior, aunque más no sea que cinco minutos al día, cuando
hay tanta distracciones. El recuerdo de Dios ya no es más una actividad
realizada en aislamiento sino en la oficina y el supermercado. El sendero
espiritual puede que sea lo opuesto de lo que esperamos, podrá
ser paradójico, confuso, y contrario a nuestro condicionamiento
cultural, pero aún así necesita ser vivido en este mundo,
debe ser parte de cada uno de nuestros días.
Y en este estadio particular en la evolución de la humanidad, la
cotidianeidad de la vida tiene un nuevo significado. En esta Era que amanece,
será posible reflejar la numinosidad del alma de una nueva forma.
Pero para poder permitir que la vida muestre la riqueza y naturaleza eterna
del alma, debemos liberarnos del los patrones de conducta que nos alejan
de lo que es común y corriente, tanto a nivel personal como colectivamente.
Necesitamos aprender a discriminar entre las fantasías de la vida
espiritual de Disneylandia, llena de vueltas de montañas rusas
y algodón de azúcar, y el modo verdadero en que Él
se revela a Sí mismo.
APRENDER A DISCRIMINAR
No podemos evitar tener ilusiones sobre la travesía espiritual.
El poder de la añoranza y el deseo por la Verdad usan nuestra imaginación
para atraernos hacia una experiencia más profunda, del mismo modo
en que la energía del deseo físico crea imágenes
sexuales para atraer la experiencia deseada. La imaginación crea
fantasías espirituales que luego tendremos que reconciliar con
la realidad de nuestra experiencia, al igual que tendremos que reconciliar
el romance con la relación verdadera. Sin embargo son estas mismas
fantasías las que nos empujan más allá de nosotros
mismos. De hecho, la energía sexual forma parte de la poderosa
energía de kundalini que nos empuja hacia la Verdad; por ejemplo,
ciertas fantasías espirituales y sexuales tienen una cualidad de
amor y éxtasis, de ser embelesados y tomados. No podemos escapar
a la potencia de la imaginación que toma un deseo innominado y
crea imágenes de la satisfacción del mismo. Necesitamos
que el deseo nos lleve fuera de nosotros mismos al vasto océano
del amor verdadero; las ilusiones que la imaginación crea proveen
el señuelo. Citando a Ibn al-Fârid:
En el soporífero sueño de la ilusión
la sombra del fantasma,
nos guía hacia aquello que reluce
a través de las ventanas.
Proyectamos nuestro deseo por lo desconocido con nuestra imaginación.
Creamos imágenes que puedan tentarnos a continuar caminando a lo
largo del viaje. El peligro surge cuando confundimos las imágenes
con el objetivo real, cuando tomamos lo que es relativo por lo que es
absoluto. Entonces, quedamos atrapados por nuestras propias fantasías
en vez de ser guiados más allá de estas hacia la fuente
verdadera, que es el deseo más íntimo del corazón.
Al comienzo no reconocemos ni diferenciamos las verdaderas cualidades
del sendero—entre aquello que debiéramos cultivar o aspirar
y aquello que es ilusorio. No podemos discriminar entre las ilusiones
que profundizan nuestra relación amorosa del corazón y los
trucos del ego que nos acechan. ¡Es tan fácil quedar atrapados
por las imágenes sutiles del ego y la mente! El inconsciente, que
se asocia con el ego, también tiene poderosos y seductores mecanismos
para frenar la posibilidad de que nos volvamos más conscientes,
para mantenernos bajo su hechizo y relación de dependencia. Esta
es una de las razones por las cuales es necesario tener un maestro o guía
que nos ayude a atravesar este laberinto que nos hemos creado. Gradualmente,
desarrollamos nuestra propia discriminación; aprendemos a distinguir
entre las voces del ego y del Ser. Pero al principio somos inocentemente
engañados por la multitud de ilusiones e imágenes falsas
sobre el sendero que crea el ego. No nos damos cuenta cuán fácilmente
el ego se enmascara aparentando ser nuestra naturaleza espiritual y engañándonos
una y otra vez.
Hay técnicas que podemos desarrollar para ayudarnos a discriminar,
que nos ayudarán a mirar por debajo de la superficie de esas imágenes
del camino. Por ejemplo, podemos preguntarnos, ¿me ayuda realmente
esto a ganar o perder algo, o tan sólo sirve para hacerme sentir
bien? ¿Quién es verdaderamente el que quiere esto? ¿Alimenta
mis patrones de conducta, mis mecanismos de defensa, o me eleva más
allá de mí, me libera, me hace más vulnerable, ayudándome
a participar más plenamente? A menudo, es muy importante aprender
a discriminar entre una necesidad y un deseo. ¿Es esto algo que
necesito para mi vida, para el sendero, o pertenece a la naturaleza del
ego creando deseos?
Desafortunadamente, no hay reglas exactas; cada uno de nosotros es único
y el sendero reflejará esta singularidad. Hay un tiempo en que
hay que luchar para conseguir lo que queremos, y hay un tiempo en que
debemos renunciar a todo deseo, un tiempo en que necesitamos ser fuertes,
y un tiempo en que necesitamos abandonar nuestra fuerza. A veces lo que
parece espiritual es la mayor de las decepciones, mientras otras veces
lo que parece una ilusión mundana, por ejemplo el anhelo por una
carrera con éxito, pueda ayudarnos a reclamar lo que pertenece
a nuestra verdadera naturaleza. Algunas veces aun el deseo de vacacionar
o de comprar un nuevo automóvil es lo que realmente necesitamos.
Tal vez estemos cansados, necesitemos de un cambio, o de poner continuamente
energía en un automóvil que siempre se esté rompiendo.
El sentido común es frecuentemente nuestro mejor guía.
PACIENCIA
Gradualmente el sendero espiritual y el maestro nos quitan nuestras fantasías
y creencias, dejándonos con nosotros mismos, en lo que T.S.Eliot
llama,
Una condición de completa sencillez
que no cuesta menos que todo lo que tenemos.
El ego continúa existiendo, porque uno no puede fácilmente
vivir en este mundo sin un ego, sin algún tipo de sentido de tener
un “yo” separado. Y con este ego quedan también nuestros
montones de problemas psicológicos, las dificultades de la vida,
los conflictos de este mundo. Tal vez, vislumbremos otra realidad donde
estos problemas no existen; tal vez sintamos la presencia eterna de una
dimensión donde no hay conflicto, sólo una embriagante paz
y amor. Pero del mismo modo en que en este mundo nos quedamos en el cuerpo
físico con sus dolores y achaques, también nos quedamos
con un ego imperfecto. El trabajo verdadero en el viaje espiritual es
equilibrar el ego con esa realidad más vasta que habita en nosotros
y alrededor nuestro.
El sendero nos ayuda a desarrollar las cualidades que necesitamos para
este trabajo, cualidades que nos dan la fuerza y la compasión para
vivir en un mundo imperfecto donde Su presencia es velada frecuentemente.
La paciencia, junto con cualidades similares como tolerancia, perseverancia
y constancia, es una de las cualidades fundamentales requeridas para cruzar
los interminables desiertos del camino. El sufí remarca el valor
de la paciencia; la adquisición de paciencia, sabr, es
una de las estaciones en el sendero sufí. La estación de
sabr está asociada con la madurez espiritual que necesitamos
para hacer frente a un viaje en el cual debemos soportar los problemas
y dificultades de una vida de aparente separación. Una historia
contada por el maestro sufí del siglo décimo, Sarraj, ilustra
este tema en su aspecto más difícil -- la paciencia de soportar
Su ausencia:
Un hombre se paró frente a Shiblî (que la compasión
de Dios esté siempre con él) y le dijo: “Cuál
es el acto de paciencia más difícil de lograr para aquel
que es paciente?”
Shiblî contestó: “La paciencia en Dios”.
El hombre dijo: “No”.
Shiblî dijo: “La paciencia con Dios”.
“No”, dijo el hombre.
Shiblî se inquietó y dijo: “Maldito seas, ¿cuál
es entonces?”
El hombre respondió: “Paciencia sin Dios es el estado más
elevado”.
Shiblî dejó salir un alarido de lamento que casi quebró
su espíritu.
¿Estamos preparados para esperar los interminables días,
meses, y aun años en que Él se vela a sí mismo de
nosotros? ¿Estamos dispuestos a llevar nuestras devociones a través
del desierto? ¿Estamos decididos a no querer nada para nosotros
mismos, sabiendo que Él vendrá a nosotros cuando Él
quiera? ¿O continuamos agarrados de patrones de conducta de auto-gratificación,
reconociendo tan sólo nuestros deseos, nuestras propias dinámicas
de control?
Un amigo encontró muy difícil de aceptar que aún
cuando él había encontrado un maestro y trabajaba para desarrollar
las actitudes correctas, no había garantía alguna que El
se revelaría a Sí mismo, que las puertas de la unión
se abrirían. La relación de amor con Dios es muy diferente
de la relación con un padre o madre, donde el comportamiento adecuado
nos traerá amor o atención. El sendero no depende de nuestros
esfuerzos personales; Él nos acerca hacia Sí en Su propio
modo, cuando Él quiere. Pero aceptar que somos tan vulnerables
y dependientes de Otro, que, “Allâh guía a Allâh
a quien Allâh quiere”, puede ser doloroso, especialmente para
la conciencia occidental que está condicionada a valorar el esfuerzo
individual por encima de la entrega.
Durante muchos años en el sendero, tendremos que aprender a esperar,
conociendo únicamente nuestro ego y sus insuficiencias. Esta parte
del recorrido es una de las pruebas más penosas y arduas, para
la que necesitamos paciencia y perseverancia. Algunas veces, es más
fácil mantenerse focalizado en el sendero y en las prácticas
personales cuando hay situaciones obvias que enfrentar en los mundos internos
y externos. La monotonía interminable de días sin Él,
cuando sólo la vida cotidiana ordinaria existe con poco o nada
de contenido espiritual, puede ser difícil. Sin embargo, es durante
este período que muchas de nuestras primeras fantasías se
desprenden de nosotros, porque queda muy poco en el exterior y en el interior
que pueda sostenerlas.
EL TRABAJO REAL
El trabajo verdadero en el sendero espiritual es poder vivir la energía
y la conciencia superior del Ser en nuestra vida diaria. Inicialmente,
el Ser con su energía de autorrealización se manifiesta
con fuerza en nuestra conciencia ordinaria creando algunas veces desequilibrios
psicológicos. El ego y la mente responden a esta afluencia de energía
creando ilusiones, imágenes de la vida espiritual a menudo sin
fundamento. Gradualmente el ego deja de inflarse con esta nueva energía,
y el sendero espiritual conjuntamente con el trabajo psicológico
de confrontar e integrar la sombra y otras dinámicas internas,
proveen una psique equilibrada, un receptáculo capaz de contener
nuestra conciencia superior.
La entrega o rendición completa del ego al Ser toma muchos años,
y no todos logran este estado. Más bien, su estructura se modifica
lo suficiente como para que aprenda a coexistir con el Ser. El ego ya
no continuará más pugnando o socavando su verdadera naturaleza,
ni será tan influenciable a los condicionamientos inconscientes.
Este cesa de ser un centro autónomo de conciencia y comienza a
vivir una vida de servicio en relación con el Ser. Aprendemos a
escuchar, discriminar, y a ser guiados por aquello que es real. El ego
también cambia sutilmente a medida que es iluminado con la luz
del Ser haciéndose más transparente, capaz de transmitir
en vez de obscurecer a la conciencia superior.
La mente también se adapta y ajusta a un centro más elevado
de conciencia. El trabajo sufí de “clavar la mente en el
corazón” describe el proceso en el cual la mente aprende
a trabajar con la conciencia superior del corazón. Por ejemplo,
la mente aprende a estar atenta y receptiva a los indicios y señales
que recibe, en vez de rechazarlos. Ya no será más tan dominada
por formas de pensamiento racional, porque nos hacemos más receptivos
a la intuición. La intuición verdadera no sigue procesos
de pensamiento secuencial, sino que llega de la conciencia superior del
Ser donde todo conocimiento existe como un estado de unidad integrada.
El trabajo espiritual sobre los sueños ayuda en este entrenamiento,
enseñando a estar atento a las imágenes y mensajes que nos
llegan de más allá de la mente concreta. A medida que aprendemos
a escuchar los sueños, nos elevamos por encima de las restricciones
del ego y del pensamiento racional.
Nuestro cuerpo físico y nuestra naturaleza instintiva también
cambian, al mismo tiempo que absorben la luz del Ser que ha despertado.
A veces son necesarios procesos de purificación, cambios de dieta
o hábitos; por ejemplo, es importante no ser indulgente -- con
sexo indiscriminado, o más que un trago ocasional, o frecuentando
bares. Pero mucha purificación -- por ejemplo excesivo ayuno, o
mucha meditación -- también pueden ser un obstáculo,
porque puede hacernos muy sensibles e impedirnos participar completamente
en el mundo material denso actual en que vivimos. La madurez espiritual
es aprender a vivir una vida equilibrada.
Es deseable que se nos den experiencias y aprendizajes en las técnicas
y herramientas necesarias para que el Ser pueda manifestarse en el mundo
a través de nosotros: para que aprendamos nuestro oficio en el
mundo. Por ejemplo, si el Ser puede brindar mayor servicio en el área
de psicología, nosotros estudiamos y entrenamos en esa disciplina.
O si el Ser necesita que trabajemos en negocios, deberíamos estudiar
administración de empresas o una pasantía en comercio. El
Ser no necesita un vehículo de expresión lleno de fantasías
espirituales, sino uno bien arraigado en una disciplina práctica,
que pueda ser útil, ya sea de banquero, músico o terapeuta.
Es un error pensar que la realización de nuestro destino espiritual
requiere de una forma externa que sea “espiritual”. El Ser
no está limitado por nuestras ideas de lo que es espiritual. Abarca
la totalidad de la vida y nos guía hacia el vehículo de
manifestación donde nuestra naturaleza más elevada encuentra
expresión.
En medio de la vida, nuestro ego y de hecho toda nuestra naturaleza cambian,
permeándose sutilmente con la presencia del Ser, con una energía
que no está llena de demandas y deseos sino de otras cualidades.
Al comienzo no percibimos esta otra cualidad, porque es demasiado simple
y ordinaria. Es nuestra verdadera naturaleza viva en cada instante. Frecuentemente,
son otros los que notan primero un cambio. Ellos podrán percibir
que nosotros estamos más en paz con nosotros mismos, que no estamos
enganchados en conflictos o emociones negativas. Sucede tan gradualmente
que puede tomar tiempo antes de que nos demos cuenta de que algo fundamental
es diferente. Muchas expectativas sobre el sendero se han desprendido
de nosotros, otras hemos tenido que rendirlas dolorosamente. Y luego el
camino real se hace una realidad viva en nosotros. Hemos desarrollado
un sentido de quienes somos que se basa no en el ego, con sus temores
e inseguridades, sino en cualidades más profundas y verdaderas.
Habrá momentos en que extrañaremos la impetuosidad de los
primeros años, la intensidad y excitación del despertar
inicial, los sueños de estados espirituales. Y una vez que hayamos
perdido tantas fantasías e ilusiones, ¿qué habremos
encontrado? Quedará para cada uno de nosotros el reconocer lo que
hemos recibido, lo que es real dentro de nosotros y descubrir “quiénes
somos, de dónde venimos, y hacia dónde vamos”.
MÁS ALLÁ DEL EGO
A través de la Gracia del sendero espiritual y de nuestros propios
esfuerzos, creamos un receptáculo que nos permite vivir en relación
con nuestro Ser superior. El ego y el Ser llegan a equilibrarse. A pesar
de que probablemente continuemos teniendo obstáculos internos y
resistencias que necesiten de nuestra atención, estamos viviendo
la vida del alma en vez de experimentar únicamente la vida del
ego. Hemos aceptado las limitaciones de la vida, y conocemos que el servicio
verdadero está en responder a la necesidad del momento, y no en
vivir algún destino espiritual imaginario. En meditación
o en la vida diaria, tal vez tengamos vislumbres de una realidad diferente,
una sensación de enorme paz o de alegría profunda. Ocasionalmente,
nuestro corazón se llena con una inexplicable dulzura; vemos el
amor que existe en cada hoja de cada árbol. Pero luego los velos
caen nuevamente, y volvemos al mundo del ego.
¿Es esta la totalidad el viaje espiritual? Cuando Dhu’l Nun
preguntó: “¿Dónde termina el amor?,”
le contestaron: “Oh, hombre simple, el amor no tiene fin...porque
el Amado no tiene fin”. Los estados del amor cambian continuamente.
Cuando finalmente hemos aceptado la ordinariez del sendero, a veces El
ríe y nos asombra girando nuestro mundo ciento ochenta grados de
arriba a abajo, abriéndonos a Su grandeza y majestad. Una vez más
nuestra imagen del camino es destruida, y somos empujados más allá
de nosotros mismos. Otra vez reconocemos que es necesario un mayor grado
de profundidad de sometimiento y desconocimiento. Una amiga describió
como le sucedió a ella:
“En un sueño se me dijo que debía prepararme para
morir en ese momento. Lo tomé seriamente como algo objetivo y
no hubo reacción en mí. Era tan sólo lo que era,
y cuando recapitulé el sueño, continuaba siendo algo objetivo.
Pero unos días más tarde, tuve una nueva experiencia en
la que se me dijo: ‘Tú morirás pronto. Prepárate.’
Y nuevamente, no hubo reacción ni emoción. Yo lo tomé
seriamente como a un hecho. Pensé, tengo que arreglar algunas
cosas como para no dejar mucho caos. Tengo que limpiar papeles…rápido.
Tenía el sentimiento como de estar siendo enviada a un viaje
al que no podía negarme, porque debía hacer algo allí.”
“Mas al día siguiente tuve esta otra experiencia. Me estaba
trasladando a una increíble velocidad a través del espacio.
¿Quién era yo? ‘Yo’ no era yo, sino que era
una energía o algún tipo de conciencia en la que estaba
participando. Me acerqué a un sol negro que radiaba muy intensamente.
Era el centro profundo, el centro absoluto, y este seguía atrayéndome
hacia sí. Me di cuenta que era la intensidad de esta atracción
que aceleraba la velocidad y me hacía trasladar tan rápido.
Al acercarme más y más, comencé a disolverme. Todo
lo que existía era la dulzura interminable de una despreocupada
‘debilidad,’ y luego aún esta sensación fue
absorbida, todo fue absorbido. Pero--yo no sé como pudo suceder--
al mismo tiempo que todo era absorbido, ‘yo’ estaba siendo
despedazada, explotando en miles y miles de pedazos que volaban por
todos lados. Me desmayé, perdí la conciencia; después,
cuando volví en mi, ‘me’encontré—esta
conciencia que puedo sentir—en todas partes. Realmente, esta conciencia
abarcaba todo el espacio, cada gota del océano, cada cara humana,
cada piedra, y estrella.”
“Había sido sacudida, incluso físicamente. En los
días que siguieron me encontré temblando. Me sentía
muy mareada, me era difícil mantener el equilibrio. Tenía
que agarrarme de la vitrina del mostrador cuando iba a comprar comida;
por muchos días tuve la sensación de que todo daba vueltas.
Y no fue solamente el equilibrio físico. Me bandeaba de un extremo
emocional al otro, de sentirme absolutamente vulnerable— con un
dolor increíble—al extático sentimiento de felicidad,
de llegar al Hogar, de libertad...Algunas veces pienso que estoy completamente
trastornada, que me estoy volviendo definitivamente loca. Pero no hay
nada que quiera cambiar de esto. Como en la experiencia, siento que
estoy siendo atraída y jalada, y es hacia donde quiero ir.”
“Es imposible pensar sobre lo que experimenté, pensarlo
con la mente—yo traté, intenté entender lo que no
es posible de ser entendido; esta cosa del desarme total que en la profundidad
de la unión, la unicidad, finalmente en la Nada, existe ese explotar
en pedazos, la Nada explotando en creación, es una sorpresa tan
grande...”
“Todo parece ser distinto. La Totalidad de la existencia, el Todo,
es algo tan delgado, un velo muy sutil similar a este cuerpo físico
que siento tan frágil…No sé porque trato de escribirlo—cualquier
cosa que ponga en palabras no es lo real.”
Esta no es una fantasía espiritual, sino una experiencia verdadera
que deja a uno sin ningún lugar donde poder pararse. Todo lo que
uno conoce, todo sentido de uno mismo y de estabilidad es destruido en
un instante. Sin todos los años de preparación, de aprender
a estar arraigado y enraizado, bien parado sobre la tierra, sin el receptáculo
sutil pero fuerte que ha sido creado, uno se volvería totalmente
loco. Esta experiencia, entonces, no podría ser experimentada concientemente
sino que nos haría girar como un remolino fuera de órbita,
lanzándonos más allá de las estrellas, incapacitándonos
de retornar a una vida armónica. Esta amiga tiene una familia,
hijos que necesitan de su atención y cuidado. Ella no puede retirarse
a una cueva como eremita y sentarse a meditar inmersa en la Nada, en el
éxtasis de la completa absorción. Ella tiene que levantarse
a la mañana, llevar los niños a la escuela, cocinarles la
comida, y ayudarles a hacer la tarea.
El sendero espiritual te prepara para esta experiencia, que llega cuando
menos te la esperas. Cuando el maestro o un superior en el sendero sabe
que estás preparado, que serás capaz de soportarlo, te sacará
completamente del ego, atrayéndote hacia el centro real y más
allá. ¿Es esto la muerte o la vida? Tú retornas mareado
y sin saber. El oscuro centro de la Nada, el “sol negro” te
habrá absorbido. El ego como centro de conciencia habrá
sido para siempre aniquilado, y tú te darás cuenta de la
fragilidad de su existencia, de la vida como la conocías.
¿Es este el final o el comienzo? Estas son tan sólo palabras.
Ser donde no eres es una declaración paradójica hasta que
uno la ha experimentado, y una vez que lo has hecho tiene completo sentido.
Y aun así uno vuelve a la vida cotidiana, y a pesar de que el ego
ha cambiado, sin embargo queda. La madurez espiritual es vivir como un
místico en el mundo siendo totalmente responsable en nuestra vida
diaria, aun cuando sepamos que el mundo es una frágil ilusión.
En los mundos internos otras corrientes están fluyendo, fuerzas
poderosas que vienen desde más allá de las estrellas. A
veces estas corrientes traen fragancias dulces, a veces son frías,
desoladas, y aúllan a través tuyo. Hay oscuridades vastas
y océanos de luz. Pero debemos entrenarnos para estar centrados,
sosteniéndonos del fino hilo que está suspendido entre los
mundos. Una vez le preguntaron al maestro del siglo once, Al-Kharaqânî:
“¿Quién es la persona apropiada para hablar de
fanâ (aniquilación) y baqâ (permanencia
en Dios)?” El respondió: “Este conocimiento es el
de quien está suspendido de un hilo de seda que va desde los
cielos a la tierra, cuando llega un enorme ciclón que se lleva
árboles, casas, y montañas, tirándolos al océano
hasta que el océano queda repleto. Si ese ciclón es incapaz
de mover a la persona que está colgada del hilo de seda, entonces
él es quien puede hablar de fanâ y de baqâ.”
© 2005 The Golden Sufi Center
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