 |
The Golden Sufi Center
Sobre el Golden Sufi Center
Credo y Ética del Sendero Naqshbandi
Los once Principios
Artículos y Entrevistas
Novedades
Libros
Audio: casetes, CD, descarga de conferencias
Video/DVD
Eventos
Contáctenos
Subscríbase al correo de e-mail
Donaciones
Librería online/órdenes de compra
Libros y Artículos con descuentos
Versión en inglés/English
versión
Versión en alemán/Deutsch
auf
Links de intereses
The Golden Sufi Center
P.O. Box 428
Inverness, CA 94937-0428, USA
tel: 001-415-663-8773
fax: 001-415-663-9128
email: info@goldensufi.org
Todos los contenidos de esta página © The
Golden Sufi Center
|
 |
 |
Dos artículos de Peter Kingsley
Conocer más allá de lo conocido:
el corazón de la tradición hermética
Publicado en inglés en Parabola en la primavera del año
1997
En el corazón de la tradición hermética yace la necesidad
de un cierto tipo de sabiduría: gnosis o conocimiento de la divinidad.
Esto es algo enteramente distinto de las formas de conocimiento formal,
que nos separan y distancian de lo que creemos saber. Sin embargo, según
la enseñanza hermética, esta sabiduría no es un "plus"
o algo extra que podamos añadir a nuestras mentes cuando queramos.
Lejos de ello: sin esa sabiduría en particular no somos ni hombres
ni mujeres en el verdadero sentido de la palabra. Este conocimiento tiene
que ver con el núcleo de nuestra existencia y esa es la razón
de que sea intensamente íntimo. Esa es también la razón
de que el proceso de descubrirlo sea tan profundamente inquietante, porque
nos fuerza a confrontar el núcleo de [absoluto] silencio de nuestro
ser. Este saber nunca puede ser definido en términos de conocimiento
tradicional. No es posible definir lo nuevo en términos de lo viejo,
ni algo tan íntimo en el modo objetivo normal. Tanto la tradición
hermética como el pitagorismo utilizaron frecuentemente "la
indirecta" [la pista] en la enseñanza: no porque ellos quisiesen
dejar al estudiante confundido, sino porque esa es la mejor forma en que
se puede enseñar. Aquellos que son serios, aprenden a seguir las
pistas, las indirectas. Otros las pasaron por alto; y como consecuencia
tenemos los problemas que surgieron en la comprensión de estas
tradiciones.
La
enseñanza hermética -- la enseñanza atribuida al
divino profeta Hermes Trismegisto -- fue escrita hace unos dos mil años
en Egipto, por gente que hablaba griego. Los estudiosos occidentales consiguieron
descartarla, considerándola una filosofía de segundo nivel,
carente de verdadero valor, llena de inconsistencias y contradicciones.
Y aquellos que simpatizan [con estas enseñanzas] hacen de la "doctrina"
hermética un gran plan que pasa por alto la dimensión humana.
De hecho los escritos herméticos son inconsistentes y se contradicen
a sí mismos. Algunas veces el mundo es visto como bueno, compenetrado
de la presencia de Dios y prueba viviente de la existencia divina. En
otros momentos, es visto como básicamente defectuoso o imperfecto:
como un lugar que se debe rechazar y abandonar para conseguir una existencia
más plena, más auténtica.
Si observamos detenidamente, vemos que las contradicciones tienen sentido.
Cuando la gente era introducida por primera vez a un círculo cuyas
enseñanzas se basaban en los textos herméticos, se les alentaba
a que buscasen la divinidad en el mundo al que estaban acostumbrados.
Pero a medida que su fortaleza interior y experiencia aumentaba, ellos
eran guiados a enfocarse en la realidad divina en sí, y a abandonar
el apego a un mundo que era percibido como cada vez más imperfecto.
Exactamente del mismo modo, en un estadio de la enseñanza se podía
trabajar sobre el universo o sobre astrología, para que en otro
estadio esto fuese dejado de lado por ya no ser pertinente a las necesidades
del individuo: como si frenara a la persona, atrapándola en el
amor al conocimiento por el conocimiento mismo, cuando el tiempo ha llegado
de cambiar - de avanzar a un conocimiento más allá del que
uno ya conoce.
En los escritos herméticos queda claro este proceso. Hay un lugar,
por ejemplo, donde un estudiante le recuerda a su maestro que una vez
él le había prometido pasarle la última enseñanza
que quedaba "cuando estuviese preparado a ser un extraño para
el mundo". (1) El alumno continúa diciendo:
"Ahora estoy listo, porque me hecho hombre al fortalecerme contra
la ilusión del mundo". Las ideas básicas de preparación
y adecuación están aquí -- el principio esotérico
de que lo que se enseñe tiene que ser adaptado al nivel de entendimiento
de la persona en cuestión. Y se debe recordar que, en los antiguos
misterios griegos, la transmisión de conocimiento era en un estadio
muy preliminar: sólo el segundo de los cinco niveles, inmediatamente
después del estadio inicial de purificación. Era un estadio
que se suponía conduciría rápidamente al tercer nivel
-- el nivel de percepción inmediata, dónde "no queda
nada por aprender." (2)
Hay muchos otros aspectos respecto a la cuestión de la contradicción.
Hablando teóricamente uno podría decir que es el único
camino para apuntar a la divinidad que está más allá
de las limitaciones de la lógica y la razón humana. Pero
eso es tan sólo una teoría. En la práctica, la contradicción
podía también ser usada para confundir, provocar y forzar
a uno a volverse hacia adentro, hacia sí, como algo preliminar
antes de ser lanzado hacia una dimensión del saber totalmente nueva.
La contradicción actuaba como los acertijos o enigmas usados en
el pitagorismo antiguo, como un instrumento para mantener la atención
del alumno: enseñanzas particulares dadas al alumno para forzarlo
a focalizar toda su atención en un problema en vez de que escuche
pasivamente. La energía generada al trabajar sobre el acertijo
transformaba al alumno. Este proceso era una iniciación en sí
misma. El costo de hallar la respuesta era caro: la pérdida de
las antiguas creencias de uno, la dolorosa conmoción emocional
y transformación de uno mismo. (3)
La forma en que trabaja este proceso en la tradición hermética
está claramente expuesta en el pasaje mencionado anteriormente.
La escena comienza cuando el discípulo se queja de que, en los
estadios iniciales de la enseñanza, su maestro nunca había
sido claro sobre las grandes verdades sino que había estado hablando
en acertijos. Ahora, él insiste, es hora de la gran revelación.
Pero la revelación no llega. En cambio, el maestro habla más
enigmáticamente que nunca. El discípulo comienza a quejarse
aún más desesperadamente, pero frente a todas las quejas
y enojosa frustración, el maestro repite que "este asunto
no se enseña". Cuando el discípulo dice que se siente
tan desorientado que ya no sabe ni donde está parado, el maestro
contesta lacónicamente: "¡Si fuese tan sólo eso!"
El maestro entonces lo lleva a tal confusión, que el discípulo
termina diciendo: "Ahora realmente me has vuelto loco. Yo pensaba
que por medio de ti me volvería sabio, pero todo lo que ha sucedido
es que mi conciencia está completamente bloqueada." Es cuando
el discípulo admite su impotencia, que el maestro le explica: "[Hasta]
ahora has entendido todo mal. En el nivel de los sentidos, sí,
tú eres impotente. Pero lo que tienes que hacer", él
dice, "es atraer hacia ti lo que necesitas desde una dimensión
totalmente diferente -- una dimensión más allá de
las palabras y una dimensión de absoluto silencio."
El discípulo quiere entender desesperadamente: encontrar consistencia,
entendimiento teórico. Pero su intelecto está frustrado,
arrasado, evocado únicamente para ser empujado al límite
de la extinción -- hasta que el saber comienza a llegar enteramente
desde un nivel diferente. Ese otro nivel es lo que el alumno había
estado buscando todo el tiempo. A no ser que deseemos de algún
modo este saber o que experimentemos una profunda insatisfacción
con las cosas como son, la dinámica del proceso de enseñanza
está obligada a permanecer completamente desconocida.
Desde un punto de vista místico, la explicación sobre la
confusión y la frustración -- y la descripción detallada
de sentirse "totalmente bloqueado" -- es perfectamente correcta.
Estos son los estadios esenciales del cambio de una dimensión de
la percepción a otra. Uno debe confrontar una pared de ladrillo
antes de poder traspasarla. A esto se refiere el término "constipación
espiritual" que inevitablemente precede a un salto hacia adelante
en la percepción." (4)
El núcleo de la tradición hermética estaba en la
relación con el maestro. El famoso "renacimiento" del
hermetismo durante el Renacimiento italiano fue un resurgimiento de los
planes intelectuales e ideas inspiradoras, más que de su núcleo
central.
Los textos herméticos a menudo dan importantes indicaciones sobre
el proceso de [transmisión de la] enseñanza: sobre las responsabilidades
del maestro y sobre las responsabilidades del alumno. Los indicios muestran
que la relación con el maestro era muy diferente de la relación
con alguna figura sabia de autoridad.
Uno de estos escritos fue encontrado durante alrededor de 1940 en el sur
de Egipto, entre los textos gnósticos descubiertos cerca de Nag
Hammadi. (5) Es un escrito muy preciso.
En el se dice. "Hijo mío, tu trabajo es entender; mi trabajo
es ser capaz de transmitir las palabras que manan desde la fuente que
fluye dentro de mí."
En otras palabras, no es tan sólo el hecho de que el discípulo
comprenda la verdad que se le está diciendo. El maestro también
necesita captar algo y continuar captándolo. Él no tiene
un conocimiento fijo, sino que necesita descubrirlo de nuevo, en cada
momento. El trabajo del discípulo es aprender a compartir este
proceso, a desarrollar la misma percepción. Como se cita en otro
texto hermético:
"Hijo mío, aquel que escucha debe percibir lo mismo que el
que habla, compartir su conocimiento; debe respirar junto con él,
compartir el mismo espíritu, su oído debe ser más
agudo que la voz de quien habla."
Cada instrucción aquí es una enseñanza completa en
sí misma. La idea de "respirar juntos" con el maestro
(sympneein) reaparece expresada del mismo modo en el sufismo
persa, donde la intimidad de la relación entre maestro y discípulo
es descrita como " ser del mismo aliento" (ham-dam).
La coincidencia no es sorprendente: podemos rastrear los caminos por los
que la tradición hermética de Egipto pasaron por el mundo
islámico y llegaron al sufismo persa. (6)
También hay una enseñanza que aparece cerca del comienzo
del texto hermético conocido como Asclepius. Da la llave a la compresión
no tan sólo sobre lo que el conocimiento era para los escritores
de los textos herméticos, sino también sobre cómo
se componían los textos mismos.
En ella se lee. "Ahora estáte completamente presente, dame
toda tu atención, con toda la comprensión de la que seas
capaz, con toda la sutileza que puedas tener. Porque la enseñanza
sobre la divinidad requiere una concentración divina de conciencia
si es que ha de entenderse. Es como un río torrencial, desplomándose
de cabeza desde las alturas tan violentamente que con su rapidez y velocidad
despoja la atención no sólo de quien está escuchando
sino también de quien está hablando."
Y continúa diciendo: "El conocimiento se mueve tan rápidamente
que tienes que ser igual de rápido que este, si es que has de mantener
el ritmo. No se puede parar. Tienes que continuar moviéndote, dejando
lo que sabías atrás, de lo contrario eso te frenará."
La verdad fluye tan rápidamente que todo lo que piensas que sabes
no es la verdad, porque el conocimiento es demasiado lento. Y eso se aplica
especialmente al maestro.
El verdadero conocimiento demanda una percepción enormemente sutil.
Debemos estar equilibrados y vacíos, escuchando y mirando. El conocimiento
continúa manando. Es invisible, no porque esté "en
algún otro lugar", como se nos ha hecho creer, sino porque
su veloz fluidez es lo que de hecho crea todo lo que vemos. El único
modo que podemos percibir es a través de una atención total,
estando completamente presente como demanda el escrito. Y aun así
no nos pertenece. Fluye, continúa moviéndose siempre--como
la tradición hermética misma.
La imagen de un torrente violento también sugiere algo diferente.
Pensamos que la vida espiritual es belleza y paz y escape de la violencia.
Pero la verdad también es violenta. De hecho es la única
violencia que existe. El único poder que existe es el poder de
ese torrente, porque crea el mundo de los sentidos. El poder mismo que
usamos para poner un pie delante de otro viene desde atrás de nuestros
sentidos. Lo que llamamos violencia es lo que sucede cuando nos fijamos
a ideas y el poder violento de la realidad se bloquea. Finalmente no hay
nada "de otro mundo" en esto. Es intensamente práctico.
El rol del maestro es ayudar al discípulo a acelerarse. Pero hasta
que esto se ha logrado, el discípulo no es capaz de entender lo
que el maestro es. Es por eso que el alumno tiene que ser llevado casi
a la locura para que pueda comenzar a verse como realmente es. Como el
maestro trata de explicar:
"No soy lo que era; yo he nacido a la conciencia. Este asunto no
se enseña y no puede ser enseñado por medio de este cuerpo
inventado nuestro, que nos da el sentido de la vista. Mi forma original
ya no me preocupa de ningún modo. Ahora soy incoloro; ya no puedo
ser tocado; ya no puedo ser medido, soy diferente de todo eso. Ahora,
hijo, tú me ves con tus ojos. Sin embargo, mientras mires mi cuerpo
y mi apariencia, tú no percibes lo que soy, porque no puedo ser
visto con esos ojos."
El maestro hermético podía ser despiadado y cruel: aspectos
que preferiríamos olvidar. Sin embargo, la mayoría de los
textos herméticos terminan con canciones de devoción y alabanza,
al igual que la voz que habla a través del maestro en el Asclepius
es la voz del Amor. Esta fue una tradición que se ocupó
de la transformación, y para transformarse hay que pagar un precio.
En este caso, el precio es dejar de ser niños y convertirnos en
verdaderos hombres y mujeres.
NOTAS
1. El texto es Corpus Hermeticum 13. La traducción es
del autor.
2. Para la cita de Clemente de Alejandría y la documentación
completa, veáse Peter Kingsley, Ancient Philosophy, Mystery,
and Magic (Oxford University Press, 1995), pp 230-231, 367-368.
3. Sobre acertijos, indirectas e iniciación en el antiguo Pitagorismo,
vea capítulos 4 y 23 - 24.
4. Irina Tweedie, Daughter of Fire (Golden Sufi Center, Inverness,
CA, 1995), pp. 389, 457; el marco aquí es del sufismo de Persia
e India. Para conexiones directas entre la tradición hermética
y el sufismo, veáse Kingsley, pp. 371-391.
5. Los textos herméticos citados en la sección final son:
Nag Hammadi Codices vi.55.19-22; Corpus Hermeticum 10.17;
Asclepius 3; Corpus Hermeticum 13.3.
6. Para ham-dam veáse Michaela Ozelsel, Forty Days
(Brattleboro, VT: Threshold Books, 1996), p. 127. Para conexiones entre
la tradición hermética y el sufismo persa, veáse
la nota 4.
En los oscuros lugares del saber: los orígenes
olvidados del mundo occidental
Publicado en Parabola, en el invierno 1998
A continuación en lo extractado del próximo libro del
autor, En los oscuros lugares del saber: los orígenes olvidados
del mundo occidental. Parménides, quien vivió hace 2.500
años en el sur de Italia, es bien conocido como el padre de la
filosofía y fundador de la lógica occidental. Pero la verdadera
relevancia para todos nosotros ha sido olvidada hace largo tiempo. Este
libro es la historia de importantísimos nuevos descubrimientos
y de la evidencia de viejas negligencias. Describe las conexiones de Parménides
con los estudios de Pitágoras y explica el significado de la poesía
que él escribió sobre su viaje, guiado por jóvenes
doncellas hacia una diosa que yacía en la profundidad, en el mundo
de los muertos.
Esas jóvenes doncellas que guían a Parménides en
su viaje al mundo subterráneo son hijas del Sol.
Eso suena extraño, como una paradoja. Para nosotros el sol está
arriba en la luz, y no tiene nada que ver con la oscuridad o la muerte.
Pero esto no es porque tengamos un poco de sapiencia o porque hayamos
podido dejar el mundo mitológico atrás: eso sería
tan fácil como dejar nuestra propia muerte atrás. La razón
por la que nos suena extraño es porque hemos perdido contacto con
el mundo subterráneo, el mundo de Hades.
El bajo-mundo no es tan sólo un lugar de oscuridad y muerte. Esto
parece así desde la distancia. En realidad es el lugar supremo
de la paradoja donde todos los opuestos se reúnen. Precisamente,
en la raíz de las mitologías occidental y oriental existe
la idea de que el sol sale del mundo subterráneo y retorna a él
cada noche. El sol pertenece al mundo subterráneo. Es allí
donde tiene su hogar, de donde provienen sus hijos. La fuente de luz encuentra
su morada en la oscuridad.
Esto era bien conocido en el sur de Italia. Toda una mitología
italiana creció alrededor de la figura del dios sol saliendo del
mundo subterráneo en su carruaje llevado por los caballos antes
de retornarlo nuevamente. Eso era verdad en Velia, el pueblo natal de
Parménides. Y para ciertos hombres y mujeres conocidos como los
pitagóricos--personas que se habían reunido alrededor de
Pitágoras cuando él llegó al sur de Italia desde
el Este--esas mismas ideas eran una tradición fundamental.
Los pitagóricos tendían a vivir cerca de las regiones volcánicas.
Para ellos eso era algo altamente significativo. Ellos consideraban el
fuego volcánico como la luz en las profundidades de la oscuridad:
era el fuego infernal, pero era también el fuego del que deriva
toda la luz que conocemos y vemos. Para ellos la luz del sol, la luna
y las estrellas eran meros reflejos, derivaciones del fuego invisible
dentro del mundo subterráneo. Además, entendían que
no se puede ir arriba sin ir abajo, no hay cielo sin pasar por el infierno.
Para ellos el fuego del mundo subterráneo purificaba, transformaba,
inmortalizaba. Todo era parte de un proceso y no había atajos.
Todo tenía que ser experimentado, incluido; y encontrar claridad
significaba encarar la completa oscuridad.
Esto es mucho más que mera mitología. En teoría creemos
que sabemos que cada amanecer trae un nuevo día, pero en la práctica
no comprendemos lo que realmente significa. Muy dentro de nosotros todos
hemos convenido en buscar la luz en la luz y
evitar todo lo demás: hemos rechazado la oscuridad, la profundidad.
Los pitagóricos reconocieron que había algo muy importante
oculto en las profundidades. Para ellos no era únicamente una cuestión
de confrontar un poquito de la oscuridad de sí mismos. Era una
cuestión de atravesar directamente la oscuridad hasta llegar a
lo que hay del otro lado.
Los primeros cristianos también hablaban de las "profundidades"
de Dios. La mayoría de ellos fueron silenciados rápidamente.
Y había místicos judíos que hablaron de "descender"
a la divinidad; ellos también fueron silenciados. Es mucho más
fácil mantener la divinidad en algún lugar allá arriba,
a una distancia prudente y segura. El problema es que cuando la divinidad
es removida de las profundidades, nosotros perdemos nuestra profundidad,
comenzamos a ver las profundidades [internas] con miedo y terminamos luchando,
escapando de nosotros mismos, tratando de elevarnos hacia el más
allá "tirando hacia arriba del cordón de nuestros zapatos."
Es imposible alcanzar la luz al costoso precio de rechazar la oscuridad.
La oscuridad nos asusta, somos perseguidos por nuestra propia profundidad.
Pero el conocimiento de la otra forma fue pronto dejado tan sólo
a unos pocos heréticos, para los escritores de oráculos
y para los alquimistas.
En ese conocimiento no hay dogma. Es demasiado sutil para ello. Ni siquiera
se trata de una actitud sino es simplemente una cuestión de percepción
-- la percepción de que la luz pertenece a la oscuridad, la claridad
a lo oscuro, que la oscuridad no puede ser rechazada en favor de la luz
porque todo contiene su opuesto.
Tan pronto como la diosa le da la bienvenida a Parménides, abajo
en el mundo de los muertos, la primera cosa que ella hace es llamarlo
"joven". En griego esta es la palabra kouros. Un kouros es un
hombre joven, un muchacho, un hijo o un niño.
Kouros es una palabra antigua, más vieja aún que la lengua
griega. A menudo es un título honorífico, nunca una expresión
de desdén. Cuando los grandes poetas anteriores a Parménides
usaban este término, siempre lo hacían para comunicar un
sentido de nobleza. Era el kouros, más que ningún otro,
quien era el héroe.
En términos de edad física podía significar alguien
menor de treinta años. Pero en la práctica la palabra tiene
un significado mucho más amplio. Un kouros era un hombre de cualquier
edad que seguía viendo la vida como un desafío, que la encaraba
con todo su vigor y pasión, que aún no se había echado
atrás dejando lugar a sus hijos. La palabra indicaba la cualidad
del hombre, no la edad que tenía.
También estaba muy conectado con la "iniciación".
El kouros se ubica en la línea divisoria entre el mundo de lo humano
y el mundo de la divinidad; tiene acceso a ambos mundos, es amado y conocido
en ambos. Es tan sólo como kouros que el iniciado puede llegar
a tener éxito en el gran calvario de hacer un viaje al más
allá -- tal como el que hace Parménides.
El kouros tiene mucho en común con el mundo de la divinidad. A
su manera ambos son eternos, intocados por la edad. Cuando el héroe
Heracles muere y se hace inmortal, es un kouros el que el es representado
elevándose de la pira funeraria. Y la situación del kouros
anónimo con la diosa que no se nombra -- era un escenario bien
conocido en los misterios de iniciación.
El kouros frecuentemente era esencial para tener acceso al mundo de los
dioses. Era necesario para la profecía, para recibir oráculos,
para el proceso mágico del descansar en un lugar especial por la
noche para obtener mensajes de los dioses por medio de los sueños.
Se le necesitaba por su sensitividad, su habilidad de distanciarse de
la forma usual de pensar de los humanos; porque él no intentaría
interferir inconsciente o conscientemente con lo que oía y recibía.
Era posible para una persona mayor llevar a cabo el rol de kouros, pero
entonces él tenía que tener la inocencia y pureza de un
niño.
El contacto con lo que es eterno no te deja como eras antes, aunque exteriormente
pueda parecerlo. Te quita tu pasado. Esa es la razón de que al
iniciado se le quita su vida pasada, y a cambio se le da un "segundo
destino" -- nace de nuevo, adoptado por los dioses. Y el bravo héroe
se vuelve un niñito.
Las pinturas y esculturas italianas lo cuentan todo: el gran héroe
Heracles como un hombre anciano reducido al rol de un infante, los iniciados
con los cuerpos de recién nacidos pero con las caras de hombres
y mujeres mayores.
Para los antiguos griegos cuando comenzaron a conquistar Italia, el héroe
actuaba como un prototipo y guía. Él llevaba en su mano
el mapa místico para que ellos lo siguiesen en sus recorridos y
viajes. Pero era mucho más que eso. Él también llevaba
el mapa para el iniciado y era el mapa de la inmortalidad. Este volver
al estado infantil no tiene nada que ver con la edad física. Y
tampoco tiene nada que ver con la inmadurez. No es un estado de ingenuidad
del que hay que salirse o sobrepasar.
Por el contrario, esta es la única madurez verdadera que existe:
la madurez del luchar más allá del mundo físico y
el descubrimiento de que sientes como en casa en algún otro lugar
también. La inmadurez es volvernos viejos y vacíos porque
hemos desperdiciado las oportunidades que nos ha traído la vida
de contactarnos conscientemente con lo atemporal.
Llegar a ser un pitagórico no era un asunto casual donde se aprende
algo y se parte. El proceso tocaba todos los aspectos del ser humano de
un modo tan distante de las experiencias ordinarias que tan sólo
puede describirse en términos abstractos, a pesar de que no hay
nada abstracto en esto.
Podría decirse que se trataba de lo que más nos atemoriza.
Se trataba de encarar el silencio, de no tener más remedio que
tener que abandonar todo tipo de opinión y teoría a la que
nos apegamos, sin siquiera encontrar algo que las reemplace por muchos
años.
Se daba vuelta toda la vida de uno, de arriba para abajo y de adentro
para afuera. Y durante este proceso, la unión entre el maestro
y el discípulo era esencial. Es por ello que se la veía
como la relación entre un padre y un hijo adoptado. Tu maestro
se volvía tu padre o madre -- igual que en la iniciación
a los misterios. Volverse pitagórico significaba ser adoptado,
ser introducido a una gran familia.
El contexto de este tipo de adopción practicada por los pitagóricos
era muy simple. Esencialmente era un proceso de renacimiento: de volverse
un niño nuevamente, un kouros. Y en este escenario había
mucho más sobre el ser adoptado de lo que el ojo percibe.
Los hechos físicos de herencia nunca se removían ni se cancelaban.
Ellos se continuaban aplicando y teniendo una validez obvia. Pero paralelamente,
algo más se creaba.
La adopción no era meramente parte de un misterio. Era un misterio
en sí mismo. Significaba haber sido iniciado en una familia que
existe en otro nivel del que estamos acostumbrados. Externamente todos
los lazos con el pasado continuaban existiendo. Sin embargo, internamente
había una percepción de pertenecer a otro lugar al que no
es posible pertenecer aquí -- de ser cuidado más íntimamente
de lo que sería posible por otro ser humano.
Y de las personas que ejercían el rol de maestro o iniciador se
puede decir que ellos podían parecer suficientemente humanos. Pero
la parte que ellos desempeñaban era mucho más que el rol
de un padre humano. Ellos eran la personificación del otro mundo.
En sus manos se moría a todo lo que uno era, todo lo que uno había
aprendido a apegarse como si fuese toda la existencia de uno. Es por ello
que algunas veces se los llamaba -- en el caso de que fuesen hombres --
"padres verdaderos". Y el énfasis estaba en la palabra
"verdadero". Desde el punto de vista de los misterios, todos
sabemos que la vida cotidiana es únicamente un primer paso, preliminar
a algo totalmente distinto.
Entre los primeros pitagóricos la importancia que se le daba a
este proceso de interacción entre "padre" e "hijo",
de transmisión desde uno al otro, era fundamental. Daba lugar a
enormes demandas éticas. Y estas demandas no eran siempre requerimientos
formales: sino que frecuentemente debían ser intuidas. Aun en las
leyendas pitagóricas todavía se refleja la necesidad que
debería haber sido sentida al estar presente físicamente
en el momento de la muerte del maestro.
Pero detrás de los detalles había un hecho central. Este
era el hecho de que el maestro es un punto de acceso a algo más
allá del maestro. Y detrás de un maestro había toda
una línea de maestros, uno detrás del otro. La enseñanza
era sencillamente trasmitida de generación a generación,
un paso por vez, frecuentemente en secreto y algunas veces en circunstancias
de extrema dificultad.
El resultado era absolutamente paradójico. La vida de la gente
y aun su muerte eran entregadas al maestro. Y sin embargo ellos se entregaban
a "nada". Ellos se volvían una parte de un vasto sistema
y a través de ese sistema ellos encontraban una extraordinaria
creatividad. Ellos se hacían miembros de una familia que era indescriptiblemente
íntima y totalmente impersonal [a un mismo tiempo.]
Cada maestro parecía tener una apariencia pero en realidad era
un misterio: era tan sólo un eslabón en una cadena de tradición
que se remontaba hasta Pitágoras. Y Pitágoras mismo era
innombrado. Los pitagóricos evitaban mencionarlo por su nombre
porque su identidad era un misterio -- al igual que a menudo evitaban
mencionar los nombres de cada uno de ellos o los nombres de los dioses.
Para lo que nos atañe, basta saber que Pitágoras no era
meramente el hombre que aparentaba ser.
Ellos lo conocían como a un hijo de Apolo, o simplemente, como
a Apolo mismo: el dios que ellos identificaban con el sol.
Realmente las conexiones de Apolo con el sol se remontan a un pasado lejano.
Pero las declaraciones de los griegos identificando al sol con Apolo sólo
comienzan a aparecer en un cierto momento, que coincidió con el
tiempo en que vivía Parménides. Y lo más importante
sobre estas declaraciones es la forma en que ellos indican que la identificación
era esotérica -- un asunto para iniciados únicamente, para
la gente que estaba familiarizada con "el nombre silencioso de los
dioses".
Ahora es fácil asumir que Apolo y el sol se tratan sobre todo de
brillo y luz. Pero eso es olvidar donde el sol se halla en su casa: en
la oscuridad del mundo subterráneo. Y además es pasar por
alto lo que todas esas declaraciones sobre el sol y Apolo decían.
Una de esas declaraciones es una de las más antiguas que se menciona
en la literatura antigua sobre el descenso que Orfeo hizo al mundo subterráneo.
Explica cómo Orfeo llegó a ser tan devoto a Apolo. La tradición
lo hizo un sacerdote y profeta de Apolo, algunas veces hasta lo hicieron
su hijo. Pero esta versión dice que fue sólo después
que él fue al mundo de los muertos y "porque vio las cosas
que debía ver allí tal como son", que él comprendió
por qué el sol es el más grande de todos los dioses -- y
por qué él es idéntico con Apolo. La historia continúa
diciendo cómo él acostumbraba a despertar a la noche y trepar
una montaña de modo de poder tener un vislumbre de su dios al amanecer.
También existía un famoso poema órfico escrito por
un pitagórico en el sur de Italia. No se permitió que casi
ningún rastro sobreviviese de este material. Presenta a Orfeo haciendo
su viaje al mundo subterráneo en otro estado de conciencia, como
en una clase de sueño. Y el poema lo describe como haciendo un
importantísimo descubrimiento que él trajo al mundo de los
vivos: el hecho de que Apolo comparte sus poderes con Noche.
Conocemos menos sobre el poema que sobre la respuesta que evocó
en las autoridades religiosas siglos más tarde. Orfeo fue puesto
en ridículo por su supuesta sabiduría, atacado por difundir
sus "ideas falsas" por todo el mundo. Y había un famoso
escritor llamado Plutarco --un buen hombre, un buen platónico --
que registró claramente la posición oficial: "Apolo
y Noche no tienen nada en común".
Y para la mayoría de la gente ya no la tuvieron nunca más.
La experiencia de otro mundo mantiene poco valor una vez que comienzas
a poner tu confianza en el poder aparente de la razón.
Volver al principio del escrito Biografía de Peter Kingsley | Descripción
de En los oscuros lugares del saber.
|