The Golden Sufi Center

Amor y Anhelo: los misterios femeninos del amor
Publicado en la revista Personal Transformation, Verano 1999




El dolor del amor se transformó en la medicina para cada corazón,
la dificultad jamás podría haberse remediado sin amor.

—'ATTAR

El amor es la fuerza más ponderosa del universo, y por siglos los místicos han comprendido el potencial transformativo del Amor divino. El amor nos atrae hacia el amor, el amor revela el amor, el amor nos completa, y el amor nos lleva al Hogar. En las profundidades del alma, somos amados por Dios. Este es el secreto más profundo del ser humano, la unión que hallamos en el centro de nuestro ser. Y sin embargo, hemos olvidado nuestra naturaleza esencial, nuestro más profundo amor nos está velado. El sendero místico es un descubrimiento de este amor, un despertar a nuestra propia capacidad de amar y ser amados.

Como todo lo creado, el amor tiene una naturaleza dual, positiva y negativa, masculina y femenina. El aspecto masculino del amor es "yo te amo". La cualidad femenina es "te estoy esperando; te anhelo". Para el místico es el lado femenino del amor, el anhelo, la copa esperando ser llenada, que nos lleva de vuelta a Dios. El ansia es un estado dinámico y un estado de receptividad al mismo tiempo. A raíz de que nuestra cultura ha rechazado por tanto tiempo lo femenino, hemos perdido contacto con la potencia del anhelo. Mucha gente siente este dolor del corazón y no comprenden su valor; no saben que es su conexión más íntima con el amor.

El anhelo es la dulce dolencia de pertenecer a Dios. Una vez que el ansia se despierta en el corazón, se vuelve el camino más directo al Hogar. Al igual que el imán, el anhelo nos atrae al interior de nuestro propio corazón donde se nos completa y transforma. Esta es la razón de que los místicos sufíes siempre hayan recalcado la importancia del ansia. El gran sufí Ibn'Arabî oraba: "Oh Dios! Nútreme no con amor sino con el deseo de amar", mientras que Rûmî expresaba la misma verdad en términos simples: "No busques agua, mantente sediento".

El misterio femenino del anhelo pertenece a la naturaleza del alma, que es siempre femenina ante Dios. En la más íntima cámara del corazón vamos al encuentro con Dios, receptivos y atentos, necesitados de Su sustento. El místico sabe que sólo Dios puede completarnos o integrarnos en un todo, sólo Dios puede sanar la dolencia del alma. La mística del siglo IX, Râb'ia, quien fuera una de las primeras sufíes en acentuar la importancia del amor devocional, expresó esta verdad mística:

"La fuente de mi angustia y soledad está en el fondo de mi pecho.
Esta es una dolencia que ningún doctor puede curar.
Sólo la unión con el Amigo puede curarla."

El corazón tiene ansias de Dios y busca encontrar a su verdadero Amado. Si seguimos nuestro anhelo, si nos permitimos ser perforados por el dolor de la separación de la fuente, seremos atraídos nuevamente hacia Dios.

El anhelo es el aspecto central de todo sendero místico, como decía sencillamente el autor anónimo de la mística clásica del siglo XIV, en La nube de la inconsciencia: "Toda tu vida debe ser una de anhelo". Sin embargo, nuestra sociedad occidental actual está tan divorciada de la fibra mística que se halla por debajo de cada sendero espiritual, que no tenemos un contexto que nos permita apreciar la naturaleza de la aspiración del corazón por la Verdad. Hay mucha gente que siente la infelicidad de un alma nostálgica, y sin embargo, no saben su causa. Ellos no reconocen lo milagroso de su dolor, que es el ansia de su corazón la que los llevará de regreso al Hogar.

Una amiga tuvo un sueño simple y poderoso en el cual ella estaba sola en un paisaje aullando a la luna. No hubo respuesta, no hubo réplica a la angustia de su llamado, y cuando despertó se sintió como una fracasada. Ella había llamado y no había llegado respuesta alguna. Pero la tradición de amantes sabe desde hace mucho que nuestro llamado es la respuesta, nuestro anhelo por Él es Su anhelo por nosotros.-"Tú eres quien me llama a Ti mismo". La añoranza del corazón es la memoria de que en algún lugar estamos unidos con Dios.

El anhelo nos lleva desde la separación de retorno a la unión, desde un fragmentado sentido de nosotros mismos a una auténtica integración de nuestro verdadero ser. El anhelo del corazón es signo de la más profunda realización, pero aterroriza a la mente porque no pertenece a este mundo. No hay un amante visible, nadie a quien tocar o controlar. Es una relación amorosa de esencia a esencia nacida antes del principio de los tiempos. Lamentablemente, hemos olvidado su potencia, nuestra cultura no tiene espacio para este deseo por lo intangible. En la tradición cristiana, esta relación esta encarnada en la devoción de María Magdalena por Cristo. Después de la crucifixión, ella se paró frente al sepulcro vacío donde Jesús había sido enterrado, llorando. Y entonces Él, resucitado de entre los muertos, vino y le habló, diciendo: "¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?" Primero, ella lo confundió con un jardinero hasta que Él la llamó: "María", y entonces ella se dio vuelta y respondió: "Rabboni", que significa Maestro.

En este encuentro hay anhelo y devoción, y el antiguo misterio de la relación de maestro y discípulo. Pasa a menudo desapercibido que María Magdalena fue la primera en ver a Cristo resucitado, pero esto es profundamente significativo; porque es esta actitud femenina interna del corazón, de ansias y devoción que ella encarna, lo que le permite al amante acceder al misterio trascendental del amor en el cual el sufrimiento y la muerte son los pórticos de acceso a un estado de conciencia superior. El amante espera sollozando que el Amado revele Su verdadera naturaleza.

Nuestra cultura ha olvidado y enterrado la entrada de acceso a la devoción, y el amante queda a menudo abandonado, como colgando de un hilo, sin siquiera conocer ni la naturaleza verdadera ni el propósito del anhelo que tira del corazón. Es fácil pensar que este descontento del alma es un problema psicológico, confundir la añoranza con depresión o identificarla con un complejo materno, o como el resultado de un matrimonio infeliz. Necesitamos reclamar la santidad de la tristeza y el significado de las lágrimas del corazón. Porque el anhelo del amante es la añoranza de retornar a la fuente donde toda las cosas son incluidas en la totalidad. El sufrimiento de Sus amantes es el dolor de parto que nos despierta a una conciencia superior en la cual el amor une este mundo con el infinito y el corazón abraza a la vida, no desde la perspectiva divisiva del ego sino desde la dimensión eterna del Ser. Desde dentro del corazón, la unicidad del amor se vuelve la más profunda maravilla de la vida, porque, como bien dice Hildegard von Bingen: "Es el corazón el que ve la eternidad primordial de cada criatura".

Si pudiéramos crear un contexto para el anhelo, entonces aquellos cuyos corazones llevan esta misión, comprenderán la verdadera naturaleza de su pena. Ya no necesitarán reprimirla más, temiendo que sea una anormalidad o un problema psicológico. Precisamos ser capaces de afirmar colectivamente este secreto íntimo: que el corazón sufre porque no ha olvidado su verdadero amor.

Si seguimos el camino de cualquier dolor, de cualquier herida psicológica, este nos llevará al dolor primordial: el dolor de la separación. Habiendo nacido en este mundo, nosotros experimentamos estar separados de la unicidad, de Dios, del corazón de nuestro Amado. Somos expulsados del paraíso y llevamos las cicatrices de esta separación. Pero si contenemos el sufrimiento, si le permitimos que nos guíe a lo profundo de nuestro ser, nos llevará más hondo que cualquier sanación psicológica. El amor y el sufrimiento son agentes transformativos poderosos porque abarcan el misterio de ser humano. El anhelo es la invitación del amor a "regresar a la raíz de la raíz de tu propio ser", al lugar en el centro de nuestro ser donde siempre estamos enteros, completos.

Estamos condicionados a evitar el dolor, sin embargo para el místico el penar del corazón es el hilo que nos guía, la canción del alma que nos descubre. Meister Eckhart decía: "Dios es el suspiro en el alma", y este suspiro, este lamento, es la ponzoña más preciada. El modo en que el corazón nos cura de los sufrimientos que nos auto-infligimos es siempre un misterio. El amor es el poder que nos abre y nos transforma, que nos embriaga y nos confunde. El amor nos guía más profundamente, sacándonos de la prisión de nuestro limitado ego, llevándonos a la libertad y totalidad de nuestra naturaleza divina. Citando las palabras del santo sufí Jâmî: "Nunca rechaces el amor, ni siquiera el amor en forma humana, porque tan sólo el amor te liberará de ti mismo".