The Golden Sufi Center

La embriaguez divina
Publicado en la revista Ascent Magazine, Invierno 2006

Llewellyn Vaughan-Lee


El poeta místico Rumi halla su verdadera voz a través del éxtasis del amor.

¿Qué es esta felicidad, esta dulce embriaguez que conocen los amantes de Dios? ¿Qué es este desconcertante estado del corazón en el que la mente se disuelve y el alma despierta? Rumi, un maestro sufí del siglo trece y uno de los más grandes poetas del amor místico, conocía esos misterios del corazón. Sus versos cuentan las historias de la relación amorosa del alma con Dios, a quien los sufíes llaman Amado, relación que nos lleva desde el dolor y la angustia del anhelo hasta que se nos reúne con nuestra naturaleza divina. Este es el gran viaje místico que nos lleva de vuelta desde nosotros a nuestro Amado hasta que

el Amado haya impregnado cada célula de mi cuerpo,
y de mí sólo quede un nombre, todo lo demás sea Él.

Rumi era un catedrático erudito hasta que un día en la plaza del mercado de Konya conoció a un derviche errante, Shams-i Tabriz, y cayó a sus pies después de que el andrajoso derviche recitara estos versos:

Si el conocimiento no libera a uno de sí mismo
entonces la ignorancia es mejor que tal saber.

Shams fue la chispa que encendió el fuego del anhelo divino en Rumi, despertando la pasión del alma de tal forma que llevó a que Rumi dijera de su vida: [yo] "ardí, y ardí y ardí." El tiempo compartido con Shams lo transformó, y el amor que él despertó en Rumi, muchos siglos más tarde, aún nos llega profundamente.

Las tiernas palabras que nos dijimos el uno al otro
están guardadas en el secreto corazón del cielo:
un día caerán y se esparcirán como la lluvia,
y nuestro misterio crecerá verde sobre la Tierra.

Debajo de todas las palabras se halla el llamado del corazón, el grito primario del alma separada de Dios, del "junco separado de su juncal." Y gracias a este anhelo el amante se aleja de sí mismo y se vuelve hacia Dios, y retorna a la Fuente. Este es el gran misterio del amor, la forma en que nuestro corazón despierta a su divina naturaleza. El amor consume todas las impurezas que cubren nuestro corazón y nuestra alma, hasta que gradualmente comenzamos a experimentar la verdad de lo que somos realmente: no un ser separado o un ego disfuncional, sino parte de una danza cósmica en la que cada célula alaba y glorifica a Dios...


Si quieres leer el resto de este artículo en inglés encarga este número de la revista Ascent