The Golden Sufi Center

Donde los dos mares confluyen.
Reflexiones sobre la vida de un místico

Extracto del nuevo libro "Fragmentos de una historia de amor"



Cuando me reuní por primera vez con mi maestra, me senté en su pequeña habitación, miré sus ojos azules, y supe que ella sabía. Desde aquel momento, sin saber por qué, quise, más que cualquier otra cosa, lo que ella tenía. Mucho más tarde, comprendí que este conocimiento sólo puede provenir de la experiencia interna directa, que para los sufíes está personificada en Khidr. Khidr es la figura sufí más importante, el arquetipo de la revelación directa.

Kidhr aparece por primera vez en el Corán, donde no se le menciona por el nombre, sino como "uno de Nuestros siervos al que le hemos dado merced de Nuestra Merced y conocimiento de Nuestro Conocimiento" (Sura 18:65). En el relato del Corán, Moisés encuentra a Khidr en "el lugar donde confluyen los dos mares". Este lugar donde confluyen los dos mares es el locus del camino místico, "donde el pez muerto revive", donde las enseñanzas espirituales se convierten en una sustancia viva que nutre al caminante. En el momento en que nos encontramos con nuestro maestro, cuando encontramos el sendero, esto sucede; algo cobra vida en nuestro corazón y en nuestra alma: se nos nutre no con textos o enseñanzas espirituales, sino por transmisión directa (1). El camino espiritual es una manera de vivir con esta sustancia espiritual, de ser abrasados por su fuego, de ser consumidos por su amor.

Durante muchos años en el sendero anhelé la destrucción por amor, una transformación tan completa que nada de mí quedara. Y se me han dado vislumbres de una realidad en la que el ego no estaba presente, en la que no había un "yo" que contara su historia. Y sin embargo, en la historia de amor del alma, algo ha quedado siempre, y paulatinamente he llegado a entender un poco del significado de dónde tiene lugar este viaje, "el lugar donde confluyen los dos mares". Es allí donde confluyen lo humano y lo divino, donde se encuentra a Khidr. Todo este libro es un intento de entender lo que esto significa, qué significa que los dos mares confluyan, y qué significa vivir en ese lugar atrapado en las corrientes de la conciencia divina y, sin embargo, también sostenido en el mar de la experiencia humana.

Durante mucho tiempo, luché por liberarme de las cadenas de la existencia, de los patrones y problemas que me ataban al mundo de las formas. Practiqué y medité, trabajé con la luz y traté de transformar mi oscuridad. Se me dieron muchas experiencias de una realidad interior donde no hay limitaciones, un paisaje al que he llamado "las costas de amor más lejanas". Como a otros muchos caminantes antes de mí, se me ha llevado, a veces arrastrado, más allá de mí mismo a la presencia de un amor que no conoce un sentido de sí mismo, que es como ha sido siempre. Y sin embargo, todavía existe la persona que trata de contar esta historia y de llegar a entender un camino en el que fui perdido y encontrado y perdido de nuevo. Se me ha dejado tratando de entender la dimensión humana de lo que significa estar allí donde los dos mares confluyen.

Puede ser que no llegue a entender completamente esta historia hasta los momentos antes de la muerte física, cuando este relato humano esté a punto de terminar. Y sin embargo, en este momento me atrae por alguna razón el entender un poco más de la paradoja que es mi propia existencia, el lugar de mezcla de los dos mares. Sé que mi conciencia humana sólo puede entender un poco de lo Divino, de Su naturaleza ilimitada y los caminos misteriosos por los que Ello viene al mundo. Pero también tengo la sensación de que hay otro misterio presente en la naturaleza real de mí mismo como ser humano, como parte de este mundo limitado de formas, de pensamientos, emociones y sensaciones, y este misterio es lo que estoy tratando de comprender.

La imagen de dos mares que confluyen sugiere dos corrientes que se encuentran, y semejante encuentro nunca es fácil, como sabe cualquiera que haya sido despertado, aunque fuera sólo por un instante, a lo Divino en él mismo o en ella misma. Puede que haya un periodo de gracia que se da al comienzo, un tiempo de paz, de éxtasis o alegría interior que surge del reconectarse con lo Divino. Pero a esto le sigue siempre la turbulencia e incertidumbre que proviene de donde los dos mares confluyen. Es la confusión interior que el místico conoce muy bien, cuando nada es seguro, cuando a los patrones que definen nuestra existencia humana les afectan las corrientes más poderosas del mar divino, los inmensos oleajes que vienen del más allá. Somos arrastrados a esos mares y devueltos de nuevo a las aguas de tierra adentro de nuestro yo humano. A menudo necesitamos toda nuestra determinación para mantenernos en la superficie, para no hundirnos, luchando por respirar. Por eso los maestros sufíes aconsejan frecuentemente a los recién llegados que se mantengan lejos de este amor. Es peligroso, impredecible y destructivo. No es para pusilánimes o para aquellos que necesiten la seguridad de un mundo definido.

Durante muchos años le golpean al caminante las corrientes poderosas del inmenso océano del amor, el caos y la confusión, "la noche oscura, el miedo a las olas, el aterrador remolino". Sin entender a menudo qué sucede, estamos rodeados del amor con toda su intensidad y maravilla. Este es el amor que nos atrae a las profundidades, que parece ahogarnos una y otra vez. Y sin embargo, retornamos siempre a algunos fragmentos de nosotros mismos. Volvemos a la superficie, buscando aguas menos profundas, pisar terreno firme. Y traemos imágenes de nuestras aventuras, sueños de una perla que hemos estado buscando o un abismo que está siempre esperando a que nos lancemos a él. Son nuestras historias del camino, nuestros poemas para nosotros mismos. Tratamos de convencernos de que no estamos locos, que es un viaje planeado con etapas y estaciones a lo largo del camino. Y sin embargo, sabemos en nuestras entrañas que nada es seguro excepto el miedo y la inseguridad.

¿Por qué no podemos entregarnos a este amor, a esta fuerza? ¿Por qué luchamos, tratamos de defendernos, nadamos contra corriente? Esto es también parte de nuestro drama humano, las dudas y la angustia, la ira que viene de dentro, de lo profundo, No es fácil rendirse, entregarse. No estamos hechos de ese modo. Requiere tiempo inclinarse ante Dios. Y tenemos que inclinarnos una y otra vez, siempre cuando somos más vulnerables. Y sin embargo, del ser apaleado por el amor nace algo, un silencio, una cualidad de ser, una suavidad que forma parte de la dulzura del amor. Hay muchas maneras en que lo Divino cobra vida dentro de nosotros. Esta alquimia interior es la promesa del corazón: que si permanecemos en el lugar donde los dos mares confluyen, seremos transformados, que el amor nos revelará sus secretos, secretos que son a la vez humanos y divinos.

Los secretos divinos son en mucho sentidos más obvios: experimentar la unidad que forma parte de toda la vida así como de nuestra relación con nuestro Amado, la infinitud del amor, su éxtasis embriagador, la paz interior que puede aportar, la compasión. Hay muchas cualidades de nuestra naturaleza divina. Pero ¿qué es de los secretos humanos que son revelados? ¿Qué se nos muestra acerca del mar nuestro? Sí, existe la cotidianeidad de la vida que se nos devuelve, la simplicidad de "cortar leña y llevar agua". Tradicionalmente Khidr aparece en su forma más común y corriente, a menudo pasado por alto hasta el momento que ha desaparecido: el pescador que conocimos en el puente, el niño que nos sonríe. Y en esos momentos común y corrientes desaparece toda imagen de nosotros mismos con dificultades o problemas, y experimentamos la vida con un frescor que forma parte del momento; quizá atrapemos la risa existente en lo más profundo de las cosas. Estamos más plenamente vivos.

Me gustaría decir que esto es todo, este retorno a la simplicidad de nuestro ser. Tiene la cualidad del retorno al Edén, recuperando la inocencia de una infancia que quizá no hayamos tenido nunca. No hay juicio, sólo conciencia pura y a menudo alegría. Observando el vuelo de los pájaros, viendo caer una hoja en el viento, experimentamos la vida como plenamente presente. Se me han dado momentos semejantes, que, como un fuego en invierno, dan calor y luz. Pero, ¿qué pasa con la persona que ha hecho el viaje? ¿Se perdieron simplemente todas sus historias a la luz de este sol? ¿Queda algo del viajero? He llegado a la conclusión de que, incluso cuando toda imagen de uno mismo ha sido disuelta como el rocío, queda una historia que tiene un sentido y un propósito. El camino del amor produce muchas cicatrices, a menudo cicatrices en el corazón, y no todas desaparecen, aunque su drama haya disminuido. Nos cuentan algo acerca de lo que significa ser humano, estar en el lugar donde los dos mares confluyen, ver revivir al pez muerto. Y sin embargo, ya que en los momentos de experiencia real no existe el tiempo, simplemente existe el instante, esas historias no forman parte de ningún pasado; son simplemente parte de lo que es. Son parte esencial de nuestra experiencia mística humana, de nuestro conocimiento más profundo de nosotros mismos.

Durante mucho tiempo traté de dejarme a mí mismo atrás, de abandonarlo como los restos de un coche viejo. Pero siempre quedaba algo llamándome de vuelta. Una y otra vez intenté evitarlo, intenté purificarlo con amor, disolverlo con luz. Pero quedaba siempre, como si su historia necesitase ser contada y su significado descubierto. Y es ahí donde yo estoy en este momento, con asombro y tristeza, sabiendo que hay una parte de mi historia que todavía está esperando. Ya no es una historia de lucha y transformación, el dolor de la separación, el éxtasis de la unión. Y sin embargo, porta el recuerdo de esos estados. Porta además un recuerdo de que estamos siempre separados de nuestro Amado, somos siempre un siervo a Sus pies, incluso teniendo presente el conocimiento de que la separación es una ilusión y que todo es uno.

Entonces, ¿quién es la persona que está presente en este lugar, cuya luz es parte de la luz de Dios incluso aunque necesite vivirla en mi pequeña vida? ¿Qué sucede realmente cuando confluyen estos dos mares? ¿Se mezclan y entremezclan como uno, o conserva cada mar sus cualidades propias, uno hablando del infinito océano, el otro de la experiencia humana común y corriente? ¿Cómo confluyen dentro de mí, y qué historia cuentan?

Cuando Moisés encontró a Khidr en aquel lugar, le preguntó: "¿Puedo seguirte, para que me enseñes algo del conocimiento y la guía que te han sido otorgadas?". Pero Khidr dijo que Moisés no sería capaz de soportar el estar con él, ya que "¿Cómo puedes aguantar lo que no comprendes?" (Sura 18:68). Moisés trató de seguir a Khidr tres veces, hasta que finalmente tuvo que dejarlo, incapaz de soportar sus acciones. En este viaje parece que lo humano y lo divino van por caminos separados, y sin embargo, el sendero místico es soportar lo que no podemos entender, seguir sus pasos sin saber el porqué. No se puede explicar la experiencia directa al yo racional; tenemos que dejar atrás a nuestro Moisés a la orilla del mar. Y, no obstante, hay también un yo humano que hace el viaje con Kidhr, que no cuestiona o busca entender. Es el yo que permanece.

Y por medio de este yo, algo es revelado que está oculto a la dimensión más vasta de nuestro ser. No es sólo la lucha y confusión, el anhelo y amor, el entregarse e intentar rendirse. No es ni siquiera la simple conciencia del momento que ve el mundo con ojos abiertos. Nuestro yo humano puede llegar a saber algo sobre el encuentro de lo humano y lo divino, un encuentro que tiene lugar en todo momento con cada respiración y, sin embargo, es ocultado muy rápidamente por los patrones de la existencia, por el juego de colores y formas que llamamos vida. Lo Divino viene a la vida en cada momento y, en cada momento, es ocultado este misterio, en el mismo instante en que es revelado. Es más rápido que un latido del corazón y es muy fácil pasarlo por alto. Solamente lo puedes ver si estás en el lugar donde los dos mares confluyen, donde lo humano y lo divino se juntan. Si miras sólo hacia lo Divino, la luz es demasiado brillante para verlo. Y si estás atrapado en los dramas del ser humano, serás demasiado lento para darte cuenta de ello.

Pero en todo momento este secreto está presente. Es un momento de intención divina, una chispa de propósito divino, que es al mismo tiempo nuestra intención y propósito. Se dice que cada uno de nosotros tenemos un propósito único, divino, una nota del alma que sólo nosotros podemos tocar. Y esta nota única sólo se puede tocar en este mundo, en el tiempo y el espacio, en el limitado mundo de formas. En los mundos interiores que se extienden más allá del horizonte existe otra música, hermosos sonidos celestiales. Pero aquí, en este mundo, cada uno de nosotros tenemos una vocación y un propósito, y parece ser que gran parte del camino de la vida es tratar de vivir este propósito, de tocar esta nota. Es la mayor aportación que podemos hacer.

En cada uno de nosotros existe un deseo vehemente de vivir este propósito, de "encontrar el sentido y hacer del sentido nuestra meta". Esto es lo que nos llama a lo largo de nuestro viaje por la vida, y para alguna gente, si son afortunados, se desarrolla por medio de los acontecimientos de su vida, una vida que entonces se vuelve profundamente significativa y satisfactoria. Están viviendo el propósito de su vida. Por supuesto que también es fácil descarrilarse, atrapados en las ilusiones del mundo, sus placeres y sufrimiento. Entonces perdemos el contacto con nuestro propósito singular y la vida se vuelve paulatinamente cada vez con menos sentido, por mucho que intentemos llenarla de distracciones. Para alguna gente la vida espiritual ofrece un modo de intentar recuperar este sentido, de reconectarse con este propósito, y, sin embargo, tiene también sus distracciones propias, ilusiones de luz o "desarrollo espiritual". Hay muchas maneras de perderse en este mundo.

Pero bajo el juego de los acontecimientos, la búsqueda de significado y propósito, el perder y encontrar, está el simple encuentro de lo Divino y lo humano: el propósito divino que toma forma humana. Esto es lo que sucede donde confluyen los dos mares, este es el significado de Kidhr apareciendo como una persona normal y corriente. Porque uno de los mayores misterios es que hay un propósito divino que sólo se puede revelar en este mundo de formas, y como seres humanos portamos ese propósito en nuestros corazones y en la luz de nuestra conciencia. Portamos la luz de lo divino que viene al mundo, la ola del mar divino que confluye con la ola del mar humano. Somos el propósito divino que se pone de manifiesto. Es la historia de amor oculta del mundo, lo que los sufíes llaman el secreto de la palabra "Kun!" ("¡Sé!").

Toda la lucha y búsqueda de significado lleva a uno a este lugar, a este encuentro que tiene lugar una y otra vez en cada instante. Las corrientes de lo Divino vienen a reunirse con nosotros, y nosotros vamos a reunirnos con lo Divino. Y en este encuentro nos fundimos y somos uno, y sin embargo, también permanecemos separados, porque, como Ibn 'Arabî nos recuerda, "el siervo es siempre el siervo y el Señor es siempre el Señor". Esta es la promesa y el sufrimiento del místico: anhelamos el retorno al océano infinito del amor, fundirnos de nuevo en la fuente. Y sin embargo, tenemos que permanecer aquí en este mundo físico de multiplicidad para tocar la nota singular de nuestro ser. Tenemos que honrar lo que significa ser un ser humano aunque hayamos degustado lo que significa disolverse en el amor.

Mi camino me ha llevado a vivir donde los dos mares confluyen. Conozco la nada, el vacío primigenio que está en cada átomo y cada respiración. Conozco el éxtasis de la absorción y lo que significa ser atraído hacia "el silencio oscuro en el que todos los amantes se pierden a sí mismos". Y conozco también el dolor de volver, de aceptar las limitaciones de mi yo cotidiano, las alegrías y dolores sencillos del ser humano, los dramas de todos los días que representamos. Pero parece que mi historia es sostener estos aparentes opuestos. Recuerdo una frase que escribí poco después de llegar al sendero por primera vez hace casi cuarenta años: "Estoy atrapado en las vicisitudes de lo infinito, y sin embargo, sostenido en la presencia del tiempo". Esto ha sido siempre parte de mi camino, parte del sentido que se me ha pedido vivir. Ahora, después de tantos años, lo entiendo un poco más. Espero haber aprendido a aceptarlo.

Aquí, donde los dos mares confluyen, encuentro una luz que retiene mi atención. Es una luz que mantiene una intención, un propósito que no puede ser definido pero existe. Estar en el lugar donde los dos mares confluyen significa para mí mantener esta luz, encarnar esta intención. Esta intención tiene una pureza que pertenece al más allá, un propósito que pertenece a mi Amado. Y es mantenida en el corazón, un corazón que conoce sufrimiento y rendición, que late con la sangre de la vida y porta además la conciencia de lo Divino. Esto es para mí donde nace el sentido, donde la historia que yo llamo mi vida continúa desarrollándose.

Una vez que has degustado la unidad del océano de amor, está en tu sangre. Te está siempre llamando, a veces desde lejos y a veces tan cerca de ti que puedes sentir su presencia. Es como un amante al que siempre anhelas. En ese momento es muy sencillo perderse en el amor, disolverse en la luz. Permanecer no es muy sencillo. A veces desgarra el corazón. No obstante, sólo en el momento de la experiencia humana, entre la aspiración y espiración de aire, la luz del sentido se pone de manifiesto. Y el venir al mundo de esta luz, el manifestarse en cada uno de nosotros, es la historia de amor del Amado. Para mí vivir esta historia de amor significa estar presente donde los dos mares confluyen, sostener esta tensión, esta paradoja. Aquí, en el encuentro del infinito océano del amor divino con la fragilidad de mi yo humano, en mi corazón, mente y cuerpo, Su historia de amor es contada, contada a mí, para mí y por medio de mí. ¿Y qué otra cosa puedo continuar haciendo con mi vida sino es vivir la historia de amor de mi Amado? El fragmento de mí mismo que permanece es simplemente un fragmento de Su historia de amor. Esto es todo lo que hay. Simplemente un fragmento de una historia de amor.

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Notas:

1. El ejemplo más celebrado de esto es el encuentro de Rumi con Shams, cuando el profesor de teología dejó sus libros para convertirse en uno de los místicos más amados del mundo.