The Golden Sufi Center

El muro



Un mundo de luz

En profunda meditación llego a un muro. Conozco este muro. Lo he visto ya muchas veces en meditación y en visiones diurnas. Es un muro alto de ladrillo. Sé lo que hay al otro lado del muro: un mundo de luz. Pero no hay manera de llegar a él; en el muro no hay ni una entrada ni una escalera ni una grieta. Cuando vengo al muro, paseo a lo largo de él, y luego tengo que dejarlo y volver a las calles estrechas de este mundo. A veces he hecho todo esfuerzo posible y, subiéndome al borde, he mirado por encima de él. O simplemente he sentido lo que hay allí: espacios infinitos de luz y los seres de luz que viven allí. Y sin embargo, siempre he tenido que volver de regreso a este mundo tan angosto y lleno de sombras: la penumbra de nuestra existencia.

En el verano de 2008 pasé tres semanas en el otro lado, en ese mundo de luz. Fue un tiempo loco. Yo estaba muy enfermo y apenas dormía. Cuando me iba a la cama y cerraba los ojos, estaba en el mundo de luz. No necesitaba dormir, ni podía. Había mucha luz; luz sobre luz. A veces también durante el día, me encontraba completamente despierto en este mundo de luz. Podía ver nuestro mundo desde el otro lado, ver sus amores, esperanzas y sueños, sus estructuras de poder terrenal y sus lugares de oración. Podía ver la esencia espiritual de todos los árboles y flores, y los patrones de oscuridad en que la gente está tan atrapada. Y veía a los seres de luz que nos están esperando, que nos quieren ayudar, y veía de qué manera los hemos olvidado. Veía la sustancia pegajosa del olvido que nos cubre y drena cualquier recuerdo que podamos tener. Veía cómo otros seres de oscuridad que pertenecen a este mundo, también drenan nuestra luz, nos mantienen atrapados, y nos cubren de codicia y deseo, de odio e ira. Y veía que es así como es.

Pero yo no podía vivir para siempre en el mundo de luz, a pesar de que lo anhelaba. Había demasiada luz. Ardía en mi conciencia. No me dejaba dormir. Estaba agotado. Tenía que ser capaz de vivir en este mundo, por denso y distorsionado que fuera. Y así, para sobrevivir, para vivir, me aparté del mundo de luz. Cerré a él mi conciencia y me concentré en el mundo físico, en que mi cuerpo sanase. Durante semanas apenas recé o medité. Trabajé en mi casa, concentrándome en las paredes, puertas y techos que estaba pintando, en lugar de en horizontes infinitos de luz. Volví maltrecho y magullado a este mundo, a veces lleno de resentimiento por tener que dejar atrás la luz, sintiéndome enojado, abandonado y traicionado por tener que regresar. ¿Cómo podía ser que se me hubiese dado a probar el más allá, y luego se me hubiese hecho retroceder a la oscuridad y la limitación de este mundo con todas sus distorsiones y malentendidos, todas las cosas que nos han enseñado a llamar vida? Sí, hay belleza aquí, pero también hay mucha oscuridad. En el otro lado no existe esta oscuridad, o esta densidad, nunca hay este olvido. Somos seres de luz. ¿Cómo podemos olvidar?

Ya una vez, cuando tenía veintitrés años, durante un verano de intensas experiencias interiores, fui llevado al otro lado y se me dio la opción de vivir o morir. Recuerdo esta experiencia muy vívidamente: ser sacado de mi cuerpo, hacia lo alto, a un lugar de libertad y luz. Me dijeron muy claramente: "Ahora eres libre. Puedes irte". Y con la misma claridad recuerdo mi respuesta: "Soy un sufí. Estoy aquí para servir". Y así regresé. Nunca se olvida la experiencia del otro lado. Te ronda como una promesa y un veneno. A veces te hace anhelar la muerte, para volver a la luz y la libertad que sabes que están esperando. Pero por mi propia voluntad yo me había comprometido, había hecho una promesa, y por eso regresé, y el entrenamiento espiritual verdadero comenzó.

Y ahora, más de treinta años más tarde, se me llevó de regreso al otro lado, y no sólo por un momento dentro y fuera de tiempo. Primero tuve una experiencia interior que fue como probar la muerte, con todo el sufrimiento que a menudo acompaña a la muerte, y entonces llegué al más allá. Durante tres semanas, estuve en plena conciencia en el otro lado. Lo que hay en el más allá es tan puro, ilimitado y ligero. Hay océanos de amor y luz. Y luego tuve que volver. Yo sabía que tenía que volver. Mi cuerpo y mi mente no podían vivir más en ese mundo de luz, y todavía no me había llegado la hora de morir por completo. Yo lo sabía, aunque deseaba ser liberado, aunque suplicaba y me quejaba, aunque estaba enojado y resentido. Tenía que volver. Mi cuerpo y mi mente necesitaban ser sanados de la exposición a semejante intensidad de luz. Y después, en las semanas y meses siguientes, sucedió esto poco a poco. Yo no quería estar aquí. Sin embargo, estaba aquí, y el mundo todavía se veía igual como yo lo recordaba. No había entendimiento profundo, ni iluminación. Yo había estado en el otro lado y ahora estaba de vuelta, maltrecho, con moretones y quejándome. Pero estaba de regreso.

Y me sentía cansado. Aun cuando el cuerpo estaba curado, me sentía cansado. ¿Era este cansancio el efecto secundario de esta experiencia, o era otra cosa? Comencé a darme cuenta de que era un profundo cansancio del alma y no del cuerpo. Es como si la sustancia de mi ser más íntimo se sintiera agotada. Y me pregunté cómo puede el alma estar cansada, si el alma pertenece a un mundo de luz y amor, si el alma es la parte de nuestro yo que está con Dios.

Entonces vi la pared de ladrillo, y sabía lo que había al otro lado. Esta vez no necesitaba tratar de escalar la pared para mirar al otro lado. Conocía el paisaje de luz, y cuán diferente es de lo que llamamos vida o existencia. Y se me había dejado a este lado del muro, en estas calles estrechas, donde incluso las flores que crecen al borde de las calles se han olvidado del mundo de luz. Y me pregunté: ¿ha sido siempre así? ¿Se trata sólo del muro que separa lo que llamamos vida de lo que llamamos muerte? Sé que en la meditación se puede dejar atrás el cuerpo y la mente y entrar en la luz, pero siempre hay que volver. ¿Es la única manera de vivir plenamente en la luz dejar atrás el mundo físico y morir? La mayoría de la gente sólo accede a este mundo de luz después de su muerte, o en las experiencias cercanas a la muerte. ¿Es este muro la barrera que se ha colocado entre los mundos, como la laguna Estigia de los antiguos?

Los sufíes describen cómo necesitamos una separación entre los mundos, "setenta velos de luz y oscuridad" o "la gloria de Su faz lo consumiría todo". Como sé por propia experiencia, la luz de lo divino es demasiado cegadora como para que podamos percibirla directamente, su energía demasiado fuerte. Esta es una de las razones por las que la vida espiritual es un lento proceso, un paulatino alzarse de los velos mientras uno desarrolla fuerza espiritual y se hace cada vez más capaz de soportar la luz. Pero esos velos filtran la luz. No son un muro que nos mantiene apartados de ella.
.
Por primera vez desde que había visto el muro de ladrillo, empecé a preguntarme por qué se me mostraba algo así, siempre un muro de ladrillo. ¿No es un río de olvido, un velo de luz o un puente de arco iris? Está hecho de ladrillos, y los ladrillos pertenecen a este mundo. Y entonces de repente caí en la cuenta. Este muro había sido hecho ladrillo a ladrillo por los seres humanos. No es una separación natural entre los mundos. Ha sido levantado deliberadamente por la gente, por sus ideologías, leyes y estructuras de poder. La humanidad ha creado deliberadamente un muro de separación entre este mundo físico y el mundo de la luz. Y ha sido levantado durante tanto tiempo y de una manera tan efectiva que todos lo aceptamos. Actualmente vivimos en la sombra de este muro sin ni siquiera darnos cuenta de ello. Ni tampoco nos damos cuenta de que nos han negado nuestra herencia de luz. Estamos condicionados a aceptar el mundo de sombras y medias verdades que llamamos vida, sin ni siquiera darnos cuenta de que se nos aparta del mundo de la luz cortándonos la comunicación con ella. En esto se ha convertido nuestra herencia. Nos hemos apartado con éxito de lo divino, quedándonos abandonados a nuestra suerte.

El cansancio del alma

De pronto entendí el profundo cansancio del alma, el cansancio de vivir en este mundo apartado de la luz, separado de lo que es verdadero. Me di cuenta de qué manera la luz nos sostiene profundamente, nutriendo nuestro ser espiritual verdadero. En las profundidades de nuestro ser estamos hechos de luz, somos seres de luz. La luz necesita la luz. Necesitamos que la luz nos nutra; si no, nuestra alma pasa hambre, incluso muere de hambre. Sin luz nos podemos volver espiritualmente exhaustos, desanimados, deprimidos. Nuestra naturaleza divina necesita esta luz interior tanto como nuestro cuerpo físico necesita alimento y luz solar.

Siempre que vayamos en pos de los deseos del ego, este mundo tiene una energía que nos sostiene. Está lleno de deseos que nos atraen, y las energías instintivas de la vida nos atraen a su viaje de autodescubrimiento. Tenemos también una cultura que nos sustenta con sus infinitas atracciones y adicciones, llenas de promesas de satisfacción que nos seducen a creer que realmente estamos satisfechos. Pero llega un momento en que la persona se cansa de este infinito ir en pos de la autogratificación, en que el alma nos impulsa a hacer el viaje de retorno, a descubrir la luz que está dentro de nosotros. Y este es el viaje real y exigente que se llama vida espiritual, durante el cual accedemos paulatinamente a la luz del alma, y somos nutridos por ella. La vida parece transformarse, y el significado del alma nos nutre más que los placeres o dolores de los deseos. Pero si uno mira atentamente, uno encuentra que algo se echa de menos, tanto en nosotros mismos como en el mundo que nos rodea. Y lo que se echa de menos es una cierta luz que también debería formar parte de la vida, una cierta nota en la canción de la creación que debería estar presente. Y esta luz, esta nota es el conocimiento profundo de que todo forma parte de Dios y es una expresión de lo divino. Y a pesar de la belleza del mundo, a pesar de su horror, hemos perdido este conocimiento; su nota está apenas presente, su luz se ha oscurecido. Y esta es la tragedia no expresada de nuestro mundo.

Cuando empiezas a preguntarte cómo puedes vivir en un mundo donde no se oye esta nota, incluso la promesa de satisfacción interior se desmorona. ¿Qué importa realmente nada si se niega la verdad primigenia? Me he dado cuenta de que se ha negado esta verdad hasta tal grado que ni siquiera planteamos ya la pregunta. Planteamos muchas preguntas sobre el estado de nuestro mundo, sobre la pobreza y la devastación ecológica. Pero se ha censurado nuestra conciencia de una manera tan efectiva que no planteamos la pregunta más importante: ¿Qué sucedió con lo divino? ¿Dónde está en el mundo la luz que pertenece a Dios? Si realmente nos preocupa el estado del mundo, esta pregunta es aún más apremiante, porque realmente no se puede hacer nada sin esta luz, esta energía, esta fuerza que viene de la Fuente. Pero se nos ha hecho olvidar que esta luz incluso existe. El muro que nos separa del poder divino ha estado presente por tanto tiempo que ni siquiera preguntamos qué hay al otro lado. Ni nos damos cuenta de que es sólo un muro. Hemos sido traicionados por las estructuras de poder y las ideologías más de lo que nos podamos imaginar. Y somos parte de esta traición. Nuestro olvido de la luz refuerza el muro, fortalece sus ladrillos y el mortero que los une con cemento.

En las profundidades del alma está este agotamiento, como si el alma misma del mundo no pudiera aguantar más el desierto de la separación, no pudiera sustentarse más a sí misma sin la luz. ¿Por cuánto tiempo más podemos continuar? ¿Podemos continuar sin luz para siempre?

La creación del muro

Comencé a preguntarme cómo había sido creado el muro. Hace muchos años hubo una época en que la humanidad vivía en un mundo de luz. Puede ser que fuera lo que llamamos la "Edad de Oro". Podría ser comparada con el Paraíso Terrenal de la Biblia cuando Adán y Eva paseaban desnudos delante de Dios, antes de que "se escondieran de la presencia de Dios el Señor" (Génesis 3:8) y fueran expulsados. En aquel tiempo no existía un muro entre los mundos: no estábamos separados de Dios. Vivíamos en presencia de Dios y no teníamos conciencia de otra forma de vida. Pero entonces, a diferencia de las culturas indígenas que viven en armonía con el mundo natural y su dimensión espiritual, en nuestra tradición judeo-cristiana, la humanidad empezó a reclamar su propio poder, se separó de Dios y experimentó la "Caída" (1). En la Biblia la representan con la imagen de comer del fruto prohibido. Ya que a la humanidad se la había dotado de libre albedrío, estaba permitido que está transgresión tuviera lugar. Se nos permitió ir contra la ley de Dios. (2)

Es importante darse cuenta de que este primer acto de transgresión fue una elección consciente. La Biblia puede culpar a Eva de seducir a Adán, pero tras esta dinámica patriarcal está la conciencia de elegir ir contra la ley de Dios, de comer del árbol prohibido. Por esto fuimos expulsados: elegimos negar la ley divina, y esta elección ha continuado durante milenios. A la humanidad le gustaba el sentimiento de su propio poder y autonomía, y creó un mundo separado gobernado por su ego (3). Al apartar nuestra atención de lo divino y centrarnos más en nuestro propio poder, empezamos a construir un muro entre los mundos. Paulatinamente fuimos creando un mundo en el que lo divino dejó de estar presente. Nuestra negación de lo divino elaboró y creó el muro de separación, que nos excluyó de nuestra herencia espiritual.

En diferentes épocas han venido santos y sabios a recordarnos nuestra naturaleza divina. El cristianismo surgió mediante un despertar del amor divino con su mensaje de sacrificio, perdón y misericordia. Por medio de la vida de Cristo, su crucifixión y enseñanzas, se abrieron las puertas de la gracia, y luz y amor fluyeron al mundo. En los primeros años de la cristiandad, mediante la devoción de pequeños círculos de creyentes había una corriente de amor. Pero demasiado pronto los mecanismos del poder terrenal empezaron a bloquear este flujo. Bajo el pretexto de unificar las creencias cristianas, aquellas enseñanzas que daban al individuo acceso directo a lo divino, por ejemplo las de los evangelios gnósticos, fueron prohibidas, y sus practicantes fueron perseguidos como herejes. Sólo por medio de los sacerdotes y la estructura jerárquica de la Iglesia, podía el individuo tener acceso a Dios. Poco a poco, pero también de manera sistemática, al convertirse la Iglesia en un poder terrenal, se crearon estructuras religiosas que pugnaban por mantener a Dios en el cielo para que la jerarquía de la Iglesia pudiera mantener su poder en la Tierra. Finalmente, en la brutal masacre de las cruzadas y las torturas de la Inquisición, vemos una Iglesia que ha optado por abandonar el amor y el perdón a cambio de los frutos del poder mundano. Lo que se entiende menos es cómo esta ideología religiosa consolidó la separación entre los mundos. A Dios sólo se podía alcanzar después de la muerte, el cielo no podía existir en este mundo pecaminoso.

Desde el "Siglo de las Luces", el racionalismo y la dedicación a la ciencia en Occidente continuaron reforzando el muro de separación, de modo que se llegó a percibir el mundo como un lugar mecánico carente de naturaleza sagrada. El patriarcado había talado hacía mucho tiempo los bosques sagrados, el cristianismo había trabajado para erradicar las creencias paganas, y entonces la ciencia nos ofreció un mundo insensible y desolado que se podía conquistar con la tecnología. El muro entre los mundos pasó a ser parte de la conciencia de la humanidad de tal manera que en Occidente dejamos de saber que había un muro. El hecho de que el mundo se estuviese muriendo de hambre por falta de lo sagrado ni siquiera entró en nuestra conciencia colectiva. Finalmente, en el siglo pasado, el comunismo y el capitalismo se convirtieron en los demonios gemelos del mundo, cada uno celebrando una existencia definida sólo por lo que podemos ver y tocar. Y cuando triunfó el consumismo, y el brillo de sus juguetes captó nuestra completa atención, nadie pareció darse cuenta de que lo divino no estaba presente. Habíamos vivido con el muro durante tanto tiempo, que no había nada en nuestra memoria colectiva para recordarnos lo que habíamos abandonado y lo que está tan cerca al otro lado de sus ladrillos.

Por supuesto, siempre ha habido individuos que, ya sea dentro o fuera de las estructuras de la religión, han hecho conscientemente el viaje al otro lado. La humanidad siempre ha tenido acceso a técnicas espirituales para acceder directamente a la luz. La disciplina de la meditación, por ejemplo, es una práctica sencilla de volverse hacia dentro y acceder a la luz a través de los centros espirituales más elevados de uno. Si se accede a una conciencia más elevada dentro de uno mismo, deja de existir un muro, uno está presente en la dimensión de luz sobre luz. Esta es la conciencia pura que se percibe a través de las prácticas místicas, tales como la meditación budista, o la luz del corazón del sendero sufí. Estas son prácticas hermosas y poderosas, a través de las que se pueden trascender las limitaciones del mundo físico, mientras se está todavía presente en este mundo. Pero el foco de estas prácticas ha sido casi siempre de un ascenso, de ir más allá del mundo físico con sus sufrimientos y problemas. Su efecto suele ser apartarse del mundo exterior. Es fácil entonces desapegarse, dejar de estar interesado en las demandas de la vida cotidiana, que por medio de las prácticas se han convertido en una ilusión. Estas prácticas no desmantelan el muro: en vez de esto, ofrecen una manera de ir más allá de él, incluso de dar un acceso a una conciencia en la que el muro no existe, donde no hay separación entre los mundos. Los místicos y los viajeros espirituales que han tenido estas experiencias pueden recordar a algunas personas que el mundo de la luz existe, y que hay un camino más allá del muro a la luz, pero el muro sigue siendo tan sólido como antes, y al mundo en que vivimos hoy en día se le deja hambriento de luz.

Una luz para ver lo que es Real

Aunque ya nadie lo recuerda, la luz hace algo más que nutrirnos. Esta luz nos permite ver lo que es real. Cuando solía brillar en el mundo, revelaba la verdadera naturaleza de las cosas, su verdadero propósito y significado. En esta luz, cada uno de nosotros podíamos vivir de acuerdo a nuestra verdadera naturaleza, y reconocer la verdadera naturaleza de los demás y del mundo que nos rodea. Podíamos ver el mundo como realmente es, la creación divina de la cual somos parte. El mundo visto de esta manera, en su verdadera naturaleza, es muy diferente del mundo creado por nuestros deseos y proyecciones, por los patrones sin fin de la mente y el reciclaje de nuestros recuerdos que llamamos existencia. Cualquiera que haya despertado por un instante, que haya tenido un vislumbre de lo que los maestros Zen llaman satori, conocerá esta experiencia sencilla de la verdad, cuando la mariposa se vislumbra como una mariposa, la ciruela se degusta en su dulzura. Se trata de una realidad sin comparación o contradicción que nos comunica su verdadera naturaleza directamente, en lugar de ser interpretada a través de nuestra mente o psique. En esos momentos estamos realmente vivos, despiertos y no soñando.

Hace mucho tiempo, en los albores de la conciencia, a la humanidad se le dio la capacidad de reconocer y de relacionarse con la verdadera naturaleza de todas las cosas. Esta capacidad forma parte del nombrar las cosas, porque todo lo que es creado por Dios tiene un nombre que representa su verdadera naturaleza. En el Corán (02:31) está escrito que

"Él enseñó a Adán los nombres
de todas las cosas",

lo que significa que a Adán se le enseñó la naturaleza interna y las cualidades de las cosas (4). Y así, el primer ser humano tuvo conocimiento de los nombres de la creación, que pertenecen a los divinos "secretos del cielo y la tierra" (Corán 3:33) (5). Este conocimiento de la naturaleza interna y el verdadero propósito del mundo creado es parte de nuestra herencia divina, nuestro Adán interior. Nos permite participar en la vida tal como es realmente, como una revelación divina: el mundo creado por Dios y no el mundo creado por la humanidad. Pero a este conocimiento sólo se puede acceder a través de la luz de nuestro yo verdadero. Sin esta luz divina no podemos leer el libro de la vida. No sabemos qué es real, o cuál es el verdadero propósito de nuestra vida. Hace mucho tiempo olvidamos los verdaderos nombres de la creación. Permanecemos atrapados en los patrones superficiales de la ilusión, en nuestras proyecciones y fantasías. Esta es nuestra difícil situación colectiva presente.

Siempre hay algunas personas que son capaces de despertar a la luz de su verdadero yo, de ver lo que es real y la forma de vivir el sentido de su alma. Pero para nuestro colectivo occidental esto es un mito lejano. La mayoría de nosotros deambulamos por nuestras vidas perdidos en un mundo sin verdadero significado, incapaces de encontrar nuestro camino. Siempre hay señales que apuntan hacia lo que es real, pero no podemos reconocerlas o leerlas. Es muy fácil entonces que la dinámica de poder del mundo nos engañe, nos atrape y nos esclavice. Sin ningún tipo de conocimiento real, ¿cómo podemos encontrar la manera de salir de este laberinto en el que servimos a los señores de este mundo en lugar de a nuestro verdadero Señor? Una vez que tenemos acceso a la verdadera luz, podemos ver cómo hemos sido engañados, cómo hemos vendido nuestra alma por unas pocas piezas de plata. Pero sin la luz no sabemos nada del mundo que nos rodea: sólo vemos las imágenes que se han hecho para brillar. Estamos atrapados en las ilusiones que giran alrededor nuestro.

Esto es en parte por lo que los poderes de este mundo nos quieren negar el acceso a la luz, quieren que permanezcamos en las sombras. Sin la luz somos más fáciles de engañar y de controlar, y se nos puede vender baratijas sin valor. No sabemos nada y no vemos nada, y creemos fácilmente lo que nos dicen. 

Destruir el muro

Pero ahora la pregunta más profunda sigue planteada: ¿Tenemos que permanecer varados en las sombras cuando la luz está tan cerca? ¿Es nuestro destino colectivo estar encarcelados en el muro de separación creado por nuestros antepasados y reforzado por nuestro olvido? ¿O podemos recuperar esta dimensión de la luz, la luz que nos permitirá ver el mundo que nos rodea, un mundo de belleza y maravilla que es de Dios, donde la alegría haya vuelto y dejemos de contaminar el medio ambiente con nuestros deseos insostenibles?

¿Cómo puede ser destruido el muro? Cuando miro el muro, no veo ninguna señal de intento de atravesarlo. No hay ningún indicio de una rebelión real. No hay ejércitos de saboteadores que ataquen el muro o ni siquiera escaleras apoyadas en él. Sus ladrillos están lisos y pulidos. El muro parece intacto. Parece que hemos aceptado el muro sin discusión. Es lo suficientemente alto para que no podamos ver la otra parte. Ha estado allí durante tanto tiempo y ha llegado a ser tan familiar que ni siquiera nos damos cuenta de él. ¿Quién está ahí para cuestionarlo? ¿Tenemos la voluntad o el poder de destruir esta barrera ante la luz? Estamos tan seducidos y drogados por los juguetes de este mundo que no cuestionamos lo que nos ha sido negado.

Y sin embargo, nuestra propia alma y el alma misma del mundo claman por la luz. Sin ella no podemos curar o rescatar nuestro mundo agonizante; lo sagrado y el recuerdo de los nombres no pueden regresar. Sólo con la luz puede volver a aparecer un significado real.

Leonard Cohen escribió una vez: "Hay una grieta en todo, y es ahí por donde la luz entra". Tal vez necesitemos tan sólo hacer una grieta en el muro a través de la cual la luz puede entonces comenzar a fluir. Muchas veces, han aparecido grietas en nuestras defensas colectivas, como, por ejemplo, en el movimiento de los setenta "flower power" con su visión de paz y amor. Sin embargo, estos heraldos de la luz no parecen durar. Se autodestruyen, destruidos por las drogas, por ejemplo, o son engullidos de nuevo por el colectivo, vendidos a los valores materialistas. Lamentablemente, gran parte de la espiritualidad de la Nueva Era que trajo la luz y las prácticas de las tradiciones espirituales de Oriente pronto se volvió corrupta y egocéntrica, utilizando la energía de la luz por dinero y para los deseos del ego. Las fuerzas de la oscuridad conocen nuestras debilidades muy bien, y las grietas se cubren rápidamente con argamasa antes de que suficiente luz pueda pasar para cambiar algo realmente. Tal vez una grieta en la pared no sea suficiente.

Si la Tierra misma necesita esta luz, ¿puede rebelarse la Tierra? (6) ¿Pueden las fuerzas primigenias que están presentes dentro de la creación despertar y destruir lo que la humanidad ha creado? Esta es una posibilidad, aunque sería muy destructiva. Es posible que hayamos negado y olvidado los poderes del dragón de la creación, las energías arquetípicas que subyacen a toda la vida, pero esto no quiere decir que ya no existan. La mayoría de ellas están durmiendo, pero esto no significa que no puedan despertar, y como los dioses de antaño reaccionar con poder y violencia. La ira de los dioses no es sólo un mito.

¿Qué pasaría si las energías de la Tierra recuperaran su conexión con la luz? ¿Cuánta parte de la humanidad y sus imágenes de la civilización sería devastada en el proceso de destruir el muro de separación? La luz podría volver, pero ¿quién estaría aquí para darle la bienvenida? ¿Quién estaría aquí para recordar los nombres de la creación y las formas sagradas de trabajar con la luz? La aceleración actual de nuestro desequilibrio ecológico podrían ser señales de un mundo cansado de esperar a que la humanidad dé un paso. Ahora quizá podemos reconocer que hay una crisis ecológica mundial, pero ¿quién, aparte de unos cuantos chamanes, sabe cómo esto se relaciona con las fuerzas dentro de la creación? Nuestros modelos científicos no pueden entender lo que forma parte de las profundidades o la forma en que esto podría interactuar con nuestra vida en la superficie. Por lo común nos mantenemos en nuestra ignorancia arrogantemente, y sin embargo, también hay ahora una profunda ansiedad presente a nivel colectivo que cuenta otra historia, como si el propio colectivo supiera que va a llegar una tormenta, para la que sus políticos no pueden prepararse.

Hay además otra posibilidad, más maravillosa y sobrecogedora de todo lo que podemos imaginarnos. ¿Qué pasaría si el muro fuera destruido desde el otro lado, por la energía de la luz misma y por los seres que están al servicio de esa luz? El mundo de la luz es más poderoso que todo en este mundo. Esta es una de las razones por las que la luz nos ha sido velada: nos abrumaría fácilmente con su poder y su gloria. Todo aquel que se haya topado con esa luz lo sabe: cómo unos momentos de luz es todo lo que uno puede soportar, cómo un vislumbre siquiera puede cambiar la vida para siempre. Y esto es sólo una partícula del mundo de luz. Si los poderes de la luz fueran a retornar a este mundo, sería como pasar de un lugar oscurecido a la radiante luz del sol -- cegador y hermoso.

Habiendo vivido en este mundo de luz, conozco su belleza y fuerza, su sencillez y amor. Es una dimensión de claridad, sin las distorsiones y confusiones de nuestro mundo. Y es gobernado directamente por la voluntad divina y la ley divina, sin intersección de la voluntad humana con todos sus errores y dinámicas de poder. Los sufíes llaman a esta dimensión "el mundo del mando divino" ('âlam al-amr), a diferencia del "mundo de la creación" (âlam al-khalaq) que experimentamos por medio de los sentidos y los velos del ego. En el mundo del mando divino todo se postra ante Dios. Es la esfera de los ángeles y otros seres de luz, que solamente saben que deben postrarse ante Dios, y solamente pueden poner en práctica el poder de Dios y la voluntad divina.

¿Qué sucedería si el poder de la luz y el ejercicio del poder divino fueran a retornar directamente a este mundo con todos sus dramas de poder terrenal y fantasías de empoderamiento de sí mismo? ¿Cómo responderíamos? ¿Sabríamos que debemos postrarnos ante Esta gloria o nos rebelaríamos y lucharíamos, trataríamos de agarrarnos a nuestras imágenes de poder del ego y quedaríamos atrapados en una batalla entre la luz y la oscuridad? ¿Aparecería en nuestra conciencia colectiva un profundo conocimiento interior de la realidad de la voluntad divina, o veríamos ese poder como otro agresor contra el que tendríamos que luchar para mantener nuestra independencia? ¿Sabríamos incluso cómo postrarnos ante Dios y los mensajeros de la luz o son demasiado importantes nuestras imágenes de libertad personal?

Hace tanto tiempo que la luz estuvo aquí que casi no tenemos recuerdos ni siquiera en nuestra conciencia ancestral de cómo vivir en la luz. Hemos aprendido cómo vivir en las tierras sombrías de nuestra cultura, cómo manipular y engañar, cómo protegernos a nosotros mismos y nuestras posesiones. Pero en la luz no puede haber ni manipulación ni engaño: hay demasiada luz. Tenemos que aprender de nuevo a ser honestos y veraces, a ser sinceros y abiertos. Y a asumir responsabilidad real. Es la única manera de vivir en la luz.

Si es la voluntad de Dios, el muro podría ser destruido por la luz. Podría ser deshecho en un instante. Pero, ¿cómo podría la humanidad soportar la luz si conoce sólo sombras? ¿Cómo podría lidiar nuestra conciencia con un mundo de luz? Sé por propia experiencia lo difícil que es contener la luz mientras vives en el mundo físico. Tiene que haber velos entre los mundos, pero velos que filtren la luz, no muros que detengan la luz.

Si fueran a quitar el muro, ¿sería más fácil que lo destruyeran lentamente, de manera que la luz pudiera entrar en este mundo paulatinamente? ¿O se movilizarían las fuerzas de la oscuridad y del poder terrenal para reparar el muro y detener el fluir de la luz? Son preguntas que no podemos responder. Pero podemos reconocer que hay un mundo de luz que no pertenece solamente a un cielo inalcanzable o un estado espiritual elevado. Está aquí, justo detrás de un muro que hemos construido con nuestras ideologías y patrones de control. Y en nuestras entrañas sabemos que la humanidad y el mundo mismo no pueden sobrevivir mucho más tiempo sin la luz que viene directamente de la fuente. Todo lo demás se ha vuelto demasiado contaminado y corrupto. El corazón del mundo está sangrando y el alma de la humanidad está clamando. Necesitamos esta luz para ver nuestra verdadera naturaleza y la verdadera naturaleza de la vida. Y la vida necesita esta luz para sanar y transformarse, de modo que podamos hacer el paso siguiente en nuestra evolución.

 

gold line break

Notas:

1. Algunos niños tienen aún acceso al mundo de la luz, antes de quedar atrapados en los confines de la conciencia adulta:

Hubo un tiempo en que el prado,
la arboleda y el arroyo,
la tierra y cualquier cosa que se ve con frecuencia
me parecían
ataviadas de luz celestial.
....
¡El cielo se extiende sobre nosotros en nuestra infancia!
Las sombras de la casa-prisión se empiezan a cerrar
Sobre el chico que crece.
(William Wordsworth, "Oda a la inmortalidad")

2. Las culturas indígenas que no fueron en contra de la ley natural, no buscaron tener poder sobre la naturaleza, no experimentaron esta escisión entre el espíritu y la materia.
3. Tradicionalmente se suponía que la humanidad es "vicerregente" de Dios, Su representante aquí en la Tierra, en vez de usurpar todo el poder y la autoridad para sí misma. El soberano como "rey-sacerdote" encarna este papel espiritual de mediador entre el cielo y la Tierra antes de la "Caída".
4. En la Biblia, Génesis 2:20, Adán fue autorizado por Dios a dar a las criaturas de la creación sus nombres -- "Y dio Adán nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias del campo". En hebreo, Adán significa "humano", y en el sufismo Adán es el ser humano esencial.
5. Según Ibn 'Arabi, este conocimiento de los nombres se transmitió a través de la sucesión de seres humanos perfectos. "Los seres humanos perfectos nunca cesaron de recibir unos de otros los nombres hasta que los nombres llegaron a Mohammed. (Chittick, "The Self Disclosure of God, p.154)
6. La Tierra es un ser vivo, espiritual, con su propia alma, conocida en la Antig├╝edad como el anima mundi.