The Golden Sufi Center

Ni del Este ni del Oeste:
El Viaje de India a América de la Orden Naqshbandiyya-Mujaddidiyya


Llewellyn Vaughan-Lee


Su luz es como un nicho en el que hay una lámpara;
la lámpara está dentro de un vidrio
y el vidrio es como una estrella resplandeciente.
Se enciende gracias a un árbol bendito,
un olivo que no es ni oriente ni de occidente,
cuyo aceite alumbra sin que lo toque el fuego.
Luz sobre Luz.
Dios guía hacia Su luz a quien quiere.

— SURA (QUR'AN 24:35)

UNA TRANSMISIÓN DE AMOR

La esencia de toda Orden de Sufismo o tariqa es la energía de la sucesión, energía o sustancia espiritual que se transmite de maestro a maestro en un linaje ininterrumpido que se remonta hasta el profeta Muhammad. Sin esta transmisión la tariqa es sólo la “forma” exterior sin sustancia, porque falta la energía espiritual que es necesaria para que tenga lugar la verdadera transformación del corazón. La verdadera historia de toda Orden de Sufismo es la historia de esta transmisión, que es el núcleo central del sendero alrededor del cual las prácticas y la etiqueta se desarrollan con el tiempo. La forma externa del sendero puede cambiar de acuerdo al tiempo, al lugar y la gente, pero su esencia interna que es la sustancia viviente misma del amor divino, debe permanecer.

En 1961, Irina Tweedie, una mujer occidental, llegó a la ciudad de Kanpur en el norte de la India, donde conoció al Máster Sufí Bhai Sahib(1) quien era miembro de una familia de sufíes. Su tío, su padre y su hermano mayor habían sido todos sheiks sufíes en el linaje de la Naqshbandiyya-Mujadidiyya, una rama hindú de la orden Naqshbandi, que lleva este nombre en honor a Baha ad-din Naqshband, Sufí del siglo XIV. Los Naqshbandis, también conocidos como los sufíes silenciosos, practican el dhikr en silencio en vez de vocalizado, y no realizan ni samac , música sagrada, ni danza; tampoco se visten de un modo especial que los distinga de la gente común y corriente. Un aspecto central del sendero Naqshbandi es el suhbat o relación de profunda cercanía espiritual entre el maestro y el discípulo. Esta orden tuvo mucho éxito en Asia Central y se expandió por toda la India por medio del trabajo de Máster Ahmad Sirhindî (m. 1624) quien fue conocido como el Mujaddid (El Renovador).

La Mujadidiyya es la más ortodoxa de las órdenes sufíes por su hincapié en la importancia de la Shari’ah (ley del Islam); sin embargo a fines del siglo XIX hubo una transición. Fazl Ahmad Khan, sheik del tío de Bhai Sahib, era musulmán al igual que todos sus predecesores en este sendero. Pero cuando Lalaji,(2) tío de Bhai Sahib le dijo a su maestro: “Soy suyo. Si me permite, tomaré el Islam como mi religión,” Fazl Ahmad Khan rechazó la idea: "No pienses en semejante cosa. La espiritualidad no sigue ninguna religión particular. La espiritualidad es la búsqueda de la Verdad Absoluta y la auto-realización, que son cuestiones del alma… Es obligación de cada persona seguir las costumbres y protocolos del país y la religión en los que uno nace”.(3)

Irina Tweedie fue la primera mujer occidental en ser entrenada en este antiguo linaje sufí y cuando su sheik falleció en 1966, ella regresó a Inglaterra donde comenzó un grupo de meditación. Ella fue la última persona en ver vivo a su maestro y quien recibió su “última mirada” antes de morir: “Sin levantar su cabeza, él me dirigió una mirada profunda, hosca… bajó su vista por un breve segundo y luego me miró nuevamente. Fue la mirada del amante divino… Mi corazón se paró como si hubiese sido atravesado por una espada”(4). Cuando retornó a Inglaterra, Irina llevó consigo la transmisión de su sheik, la energía del amor divino que es necesaria para despertar el corazón y que lleva al caminante de regreso al Hogar. De este modo, ella trajo el sendero sufí Naqshbandiyya-Mujadidiyya a Occidente.

Mi primer encuentro con Irina Tweedie fue en 1973, cuando fui invitado a una conferencia y me encontré sentado detrás de una anciana de cabello blanco recogido en la nuca. Después de la charla, un amigo nos presentó. Ella me dirigió una mirada con sus penetrantes ojos azules y en ese instante tuve la experiencia física de ser tan sólo una partícula de polvo en el piso. Luego ella se giró y partió, y yo me quedé completamente desconcertado.

Hay un dicho sufí que dice que el discípulo ha de volverse “menos que el polvo a los pies del maestro.” Hemos de ser ‘triturados’ hasta que no quede de nosotros nada más que una partícula de polvo que el viento del espíritu sople por doquier. Únicamente cuando perdemos nuestro sentido de nosotros mismos, los valores del ego, podemos llevar en nosotros la dulce fragancia de la divinidad, tal como lo describen las palabras de una canción persa:

Mota de polvo, ¿por qué eres tan fragante?
Soy una mota de polvo que la gente pisotea,
Pero soy parte del patio fragante de un santo.
No soy yo; yo soy sólo una ordinaria mota de polvo.(5)

Por esos días yo no tenía idea del significado de esta experiencia ni el marco dentro del cual poder asimilarla. Simplemente sucedió y no se lo mencioné a nadie. Sólo más tarde me di cuenta que había tenido sido un anticipo del sendero. Porque este es el modo como ocurre en el sendero sufí: cuando conocemos al maestro, cuando llegamos al sendero por primera vez, recibimos un vislumbre de lo que el sendero será para nosotros. En visiones, sueños o experiencias interiores, el buscador tiene una muestra de lo que este viaje significará para él o ella. Los Naqshbandis dicen que es un círculo cerrado de amor; todo está presente en el primer momento.

A menudo los caminantes reciben vislumbres de éxtasis o amor incondicional. Yo en cambio, fui lanzado al estado de faná, al estado de aniquilación del ego. Se me mostró que perdería todo, todo sentido de mí mismo; no era una advertencia sino una declaración. No existía la posibilidad de decidir nada; el libre albedrío no jugaba ningún rol en esto. Ni siquiera supe conscientemente que había visto mi futuro espiritual. Yo había mirado a los ojos de una anciana de cabellos blancos que nunca había visto antes y me volví una mota de polvo en el suelo. No entendí ni cuestioné la experiencia, tampoco supe que mi entrenamiento espiritual había comenzado.

MEDITACIÓN

Asistí a su pequeño grupo de meditación en un cuartito al lado de las vías del tren en el norte de Londres. La meditación del corazón que practicamos se desarrolló en India, donde también se la conoce como la meditación dhyana:

Para realizar la meditación del corazón, en tanto el cuerpo esté relajado, no importa la postura: uno puede sentarse o hasta recostarse. El primer paso en esta meditación es evocar el sentimiento del amor, que es lo que activa el chakra del corazón. Esto puede hacerse de varios modos, el más simple es pensar en alguien que uno ama. Puede ser Dios, el gran Amado, pero a menudo, al principio Dios es una idea más que una realidad viva en el corazón, y es más fácil pensar en una persona a quien amamos, un amante, un amigo.

El amor tiene muchas cualidades distintas. Para algunos el sentimiento de amor es de calidez, o de dulzura, algo suave o tierno, mientras que para otros es paz, tranquilidad o silencio. El amor también puede llegar como un dolor, un anhelo, una sensación de pérdida. No importa cómo nos llegue el amor, nos sumergimos en el sentimiento; nos introducimos completamente en el amor dentro del corazón.

Una vez que hayamos evocado el sentimiento de amor, aparecerán pensamientos e importunarán nuestra mente—lo que hicimos el día anterior, lo que debemos hacer al día siguiente—recuerdos pasarán flotando, imágenes aparecerán ante el ojo de la mente. Necesitamos imaginar que tomamos cada pensamiento, imagen y sentimiento, y lo sumergimos, fusionándolo en el sentimiento de amor. Todo sentimiento, especialmente el de amor, es mucho más dinámico que el proceso del pensamiento, por eso si uno lo practica bien, con la mayor concentración, desaparecerán todos los pensamientos. Nada quedará. La mente se vaciará.

El estado de dhyana es una completa abstracción de los sentidos, en la cual la mente se aquieta debido a la energía del amor dentro del corazón, y la mente individual se absorbe en la mente universal. La experiencia verdadera de dhyana raramente ocurre durante la primera práctica de meditación. Tal vez tome meses, hasta unos cuantos años llegar a este estadio. Y una vez que comenzamos a experimentar dhyana tal vez ni lo notemos. Las experiencias iniciales de dhyana generalmente duran una fracción de segundo—por un instante la mente se zambulle en el infinito y deja de estar presente por un momento. Tal vez haya poca o ninguna conciencia que esto ha sucedido; tal vez la mente ni se dé cuenta de que estuvo ausente. Pero gradualmente, la mente desaparece por períodos cada vez más largos; notamos que nuestra mente se ha desconectado. Esta experiencia por algún tiempo se parece al dormir, ya que el dormir es el equivalente más cercano a este estado “sin mente” que conocemos.

La experiencia de dhyana se ahonda a medida que nos sumergimos más y más profundamente en una realidad (que se halla) más allá de la mente. Cada vez más saboreamos la paz, la quietud y el profundo sentido de bienestar de una realidad más vasta—donde los problemas que nos rodean gran parte del tiempo no existen—una realidad más allá de las dificultades de la dualidad y de las limitaciones del mundo de la mente y los sentidos, una realidad a la que nos unimos un ratito cada día mediante la meditación.

Dhyana es el primer estadio en la meditación del corazón. Es, como lo describiera Irina Tweedie, “el primer estadio una vez que se trasciende la facultad pensante de la mente, y desde el punto de vista del intelecto debe ser considerado como un estado inconsciente. Es el primer paso más allá de la conciencia tal como la conocemos.”(6) Durante el estado de dhyana, el corazón se activa y la energía del amor lentifica la mente. La mente pierde su poder de control y la conciencia individual se pierde, al principio por un instante y luego gradualmente por períodos más largos de tiempo. El amante espiritual es absorbido, totalmente inmerso en el océano del amor.

Entonces en este estado de inconciencia, empieza a despertar un nivel más elevado de conciencia o samadhi. La evolución de dhyana a samadhi tiene lugar “gradualmente” a medida que los “estados elevados de dhyana se transforman paulatinamente en los estados inferiores de samadhi, que aún no son completamente conscientes,” y este estado de menor-conciencia a su vez lleva a un estado más elevado de samadhi, el cual “representa el despertar consciente a la propia divinidad”.(7)

Las experiencias de samadhi no se pueden describir fácilmente. Pertenecen a un nivel de realidad más allá de la mente, a una dimensión de la unidad en la que todo está fusionado, donde la mente—que funciona haciendo distinciones—no puede acceder. En samadhi comenzamos a experimentar nuestra verdadera naturaleza que es un estado de total unidad y unicidad: nosotros somos la experiencia misma. Gradualmente tenemos un vislumbre, se infunde en nosotros la unidad que todo lo abarca y la energía del amor que pertenece al Ser Universal y sustenta la totalidad de la vida. Y esta unidad y unicidad total no es un estado estático sino un estado de ser altamente dinámico que cambia constantemente. Al mismo tiempo, nuestra propia experiencia también cambia: no hay dos meditaciones que sean iguales y nuestra experiencia se enriquece y profundiza, se completa cada vez más. En este plano unitivo, todas las cosas tienen su propio lugar y cumplen su verdadero propósito. Aquí la verdadera naturaleza de todo lo creado está presente como una expresión de la unidad divina y la gloria divina. En el mundo exterior, nosotros tenemos sólo una experiencia fragmentada de nuestro ser y de nuestra vida. Aquí todo es completo y llegamos a comprender que todo lo que existe es tal como debe ser.

SACÁNDOLE BRILLO AL CORAZÓN

En el cuarto de mi maestra meditábamos, tomábamos té y comíamos galletitas, escuchábamos y hablábamos. Mi maestra acostumbraba a hablar sobre su sheik, sobre su amor sin límites y su autoridad incuestionable, sobre el poder y belleza de su presencia y sobre el deseo por la Verdad que yace escondido en el corazón. Ella compartió con nosotros la pasión con que ella vivía este deseo primordial, y nos empujaba a vivir lo más profundo que hay en nosotros mismos. Había poca forma o estructura en estos encuentros semanales; meditábamos en silencio y luego nos sentábamos juntos, algunas veces en silencio, a menudo conversábamos. Más tarde me di cuenta de que nuestro modo de reunirnos—simplemente sentándonos juntos, en silencio y también conversando, hablando sobre el sendero espiritual—es una característica esencial de la tradición Naqshbandi. Baha ad-din Naqshband decía que “nuestro modo es el de la discusión grupal. En la soledad hay notoriedad y en la notoriedad hay peligro. Se hallará beneficio en un grupo. Quienes siguen este sendero hallan grandes beneficios y bendiciones en los encuentros grupales”.

Nuestras conversaciones grupales a menudo incluían la tradicional atención Naqshbandi a lo psicológico. En el sendero Naqshbandi muchas de las dificultades y luchas interiores tienen una dimensión psicológica. Esta tradición se remonta más allá aún de Baha ad-din, hasta al-Hakîm at-Tirmidhî (f. 907 DC), uno de los primeros Másters sufíes, a quienes Baha ad-din reconoció como uno de sus primeros maestros. Al-Hakîm at-Tirmidhî fue conocido como el autor de algunos de los primeros escritos sufíes sobre psicología mística. Durante el tiempo que Irina Tweedie pasó con Bhai Sahib, ella se asombró de descubrir que a pesar de que él no sabía nada de psicología occidental, su proceso de entrenamiento espiritual tenía muchas similitudes con el proceso de individuación descrito por el psicólogo suizo Carl Jung. Cuando Irina llegó a Bhai Sahib, ella esperaba recibir enseñanzas espirituales, pero en cambio fue forzada a encarar la oscuridad interior, su “sombra” rechazada, como la llama Jung. Muchos otros elementos de la psicología jungiana, tales como el peligro de la inflación, estaban presentes en su entrenamiento. Cuando Irina regresó a Londres y comenzó su grupo, ella integró el método jungiano con las enseñanzas sufíes. Nosotros conversamos sobre la transformación de la sombra tanto como sobre la metodología más tradicional de trabajar con los nafs o naturaleza inferior.

La meditación del corazón tal vez parezca muy simple, pero funciona como un catalizador acelerando el proceso de transformación interior, trayendo la oscuridad propia a la superficie, donde ha de confrontarse y aceptarse. Se deben reconocer las partes rechazadas y negadas de la psique de uno mismo, “dándoles un lugar bajo el sol.” Este es el trabajo sufí tradicional de “sacar brillo al espejo del corazón,” a través del cual llegamos a vislumbrar nuestra verdadera naturaleza. Cuando el espejo interno está cubierto de lo que en Occidente llamaríamos proyecciones y condicionamientos, vemos todo distorsionado; vemos las confusas reflexiones de nuestra propia luz y oscuridad. Pero a medida que lustramos el espejo, se desvanecen las distorsiones y comenzamos a ver con una nueva claridad y simplicidad. Desde el aparente caos de la multiplicidad, percibimos una unidad subyacente. La divinidad llega a la conciencia y sus cualidades de plenitud, comienzan a impregnar nuestra vida interna y externa. Mirando hacia nuestro interior, vemos más allá del ego o nafs (naturaleza inferior), hacia lo que es más esencial y más duradero. “Aunque han sido totalmente transformados, se ven como eran antes”.(8)

La práctica de la interpretación de los sueños está conectada con los procesos psicológicos del sendero. Baha ad-din fue un famoso intérprete de sueños, y los sueños siempre han sido considerados como una guía en el sendero espiritual. En nuestros grupos de meditación conversamos sobre los sueños, especialmente los que tienen una dimensión espiritual. Con los años, hemos desarrollado un modo de trabajar con los sueños que integra el enfoque de interpretación tradicional sufí con la metodología de psicología moderna, ofreciendo un contenedor que ayuda al buscador de la Verdad a comprender los procesos internos del sendero(9). A pesar de que la mayoría de los procesos internos más recónditos siempre quedarán ocultos de la conciencia ordinaria, es útil para el caminante tener algún contexto de lo que está sucediendo en su interior. Los sueños funcionan como mensajeros de nuestro interior, y si los escuchamos, podemos armonizarnos mucho mejor con nuestra transformación interna.

Cuando el sendero vino a Occidente, el trabajo psicológico y el análisis de los sueños se desarrolló de acuerdo a las necesidades de los estudiantes occidentales, ya que el enfoque tradicional sufí no reflejaba adecuadamente el modo particular en que se desenvolvió la psique occidental. En Occidente por ejemplo, la individualidad del ego tiende a estar altamente desarrollada, mientras que en la India, donde la Orden Naqshbandiyya-Mujadiddiyya tiene sus raíces, la gente tiende a estar más identificada con lo colectivo—a menudo la familia es más importante que el ser individual. Para ayudar a los occidentales en el sendero espiritual, el trabajo de Carl Jung se integró con la psicología espiritual sufí: el trabajo de Jung que se basa en la tradición occidental alquímica, ofrece el más completo conocimiento sobre el proceso de transformación espiritual de nuestra psique, en tanto que el “plomo” o “prima materia” de nuestro yo instintivo se transforma en el “oro” de nuestra verdadera naturaleza.

EL DHIKR Y EL RECUERDO

Conjuntamente con la meditación, el trabajo psicológico interior, el análisis de los sueños y el estar junto a otros caminantes, la otra práctica central de este sendero Naqshbandi es el dhikr silencioso. El dhikr es la repetición de una palabra o frase sagrada. Esta puede ser la shahâda, “Lâ ilâha illâ llah” (No existe otra divinidad más que Dios) aunque a menudo es uno de los nombres o atributos de Dios. El dhikr que recibimos es Alá. En Islam se dice que Dios tiene noventa y nueve nombres o atributos, pero el nombre más importante entre estos es Alá, porque Alá es Su nombre excelso e incluye todos Sus atributos divinos.

Pero para el sufí, el nombre Alá (Allâh) también apunta más allá de todos Sus atributos. Según una tradición esotérica sufí, la palabra Alá se compone del artículo al y lâh, una de cuyas interpretaciones significa “nada”. De modo que la palabra Alá puede entenderse como “la Nada”. El hecho de que Su nombre más elevado contenga el significado “la Nada” tiene una gran importancia, porque para el místico, la experiencia de la Verdad Absoluta o Dios, más allá de todas las formas y atributos, es la experiencia de la Nada. Poco antes de fallecer, el Máster Naqshandi Bhai Sahib le dijo a Irina Tweedie “No hay nada más que la Nada”. Lo repitió dos veces. Las palabras apuntan a la esencia primordial del sendero sufí, como lo explica Irina Tweedie:

No hay nada más que la Nada. Nada porque el ego o yo inferior tiene que marcharse, uno tiene que volverse nada. Nada, porque los estados elevados de conciencia no representan nada para la mente, pues esta no puede alcanzarlos, sobrepasando completamente el alcance de la percepción. La comprensión total a nivel de la mente no es posible, de modo que uno se confronta con la nada. Y en el más sublime y último sentido, es unirse, hacerse uno con el Luminoso Océano del Infinito.(10)

Por lo tanto, el nombre Alá contiene la esencia de todas las enseñanzas sufíes: volverse nada, consumirse en Él de modo tal que todo lo que quede sea Su Infinito Vacío. Uno de los misterios del sendero es que este Vacío, esta Nada, te ama. Te ama con una intimidad y dulzura y comprensión infinita que sobrepasan la imaginación; te ama desde el centro mismo de tu corazón, desde el centro de tu propio ser. No está separado de ti. Los sufíes son amantes espirituales y la Nada es el Gran Amado en cuyo abrazo el amante desaparece completamente. Este es el sendero del amor; es la fulminante copa de vino que Sus amantes beben gustosamente. Como decía Rumi:

Agoté esta copa:
ahora, no hay nada,
excepto el éxtasis de la disolución(11)

Cuando decimos el dhikr, repitiendo Su nombre silenciosamente conjuntamente con la respiración—“a” en la exhalación, “lá” en la inhalación—nosotros Lo recordamos. Con cada ciclo de la respiración retornamos a la esencia interior en el corazón y vivimos el recuerdo de nuestro amor por Él. Al practicar el dhikr tan constantemente como podamos, traemos este misterio a nuestra vida diaria. Al repetir Su nombre mientras realizamos nuestras actividades diarias—caminando, manejando, cocinando, limpiando—infundimos Su nombre en todo lo que hacemos; por ejemplo, cuando cocinamos con el dhikr, ponemos Su nombre en la comida; al limpiar con el dhikr, limpiamos con Su nombre. Al descansar por la noche, podemos repetir Su nombre silenciosamente. Es más difícil de hacer cuando estamos hablando o concentrados en actividades mentales, pero cuando nuestra mente está lo suficientemente libre como para recordarLo nuevamente, nos alegramos de poder repetir el nombre de Aquel a Quien amamos.

Tal vez al principio nos sea dificil recordar tanto como quisiéramos. Pero con la práctica, el dhikr se vuelve una parte natural, casi automática de nuestra respiración y entonces no se desperdicia ni un solo momento; cada respiración alinea nuestra atención con Él. Y con el pasar del tiempo, todo nuestro ser llega a participar de esta atención. Mediante la repetición de Su nombre, Lo recordamos no sólo mentalmente sino también en el corazón; finalmente llega el momento en que cada célula del cuerpo repite Su nombre.

Se dice que “Primero tú haces el dhikr y luego el dhikr te hace a ti”. El nombre de Dios se vuelve parte de nuestro inconsciente y canta en nuestra sangre. Esto está bellamente ilustrado en una antigua historia sufí:

Sahl le dijo a uno de sus discípulos, : “Trata de decir continuamente por un día: ‘Allâh! Allâh! Allâh!’ y haz lo mismo al día siguiente, y el día después, hasta que se vuelva un hábito". Luego le dijo que lo repitiese también por la noche, hasta que se volviese tan familiar que el discípulo lo repitiese aun cuando estuviese durmiendo. Luego Sahl dijo, : “No repitas más el Nombre conscientemente, ¡pero deja que todas tus facultades se absorban en Su recuerdo!”. El discípulo hizo esto hasta que quedó absorbido en el pensamiento de Dios. Un día, un trozo de madera cayó sobre su cabeza y la abrió. Las gotas de sangre que gotearon sobre el suelo llevaban la leyenda “Allâh! Allâh! Allâh!”.(12)

La forma en que el nombre de Dios impregna al buscador de la Verdad no es metafórica sino un hecho literal. El dhikr es magnetizado por el maestro de modo tal que está internamente alineado con el sendero y el objetivo. (Es por esa razón que el dhikr debe ser dado por un maestro, a pesar que en algunas instancias también puede ser recibido del Ser Superior, o tradicionalmente por Khidr.)(13) El dhikr trabaja en nuestro inconsciente alterando nuestros cuerpos: mental, psicológico y físico. Esto se observa fácilmente en el nivel mental. Normalmente en nuestra vida diaria, la mente sigue su proceso de pensamiento automático, sobre el cual tenemos muy poco control. La mente nos piensa, en vez de nosotros pensarla a ella. Tan sólo atiende a tu mente por un momento, observa tus pensamiento—cada pensamiento crea un nuevo pensamiento, cada respuesta una nueva pregunta. Y como la energía sigue al pensamiento, nuestra energía mental y psicológica está dispersa en muchas direcciones. Tomar seriamente la vida espiritual significa aprender a volverse unidireccional, a enfocar todas nuestras energías en una dirección, hacia Él. Por medio de la repetición de Su nombre, cambiamos las profundas ranuras gastadas de nuestro condicionamiento mental que pasan la misma música una y otra vez, repitiendo las mismas pautas que nos atan a nuestros hábitos mentales. El dhikr gradualmente reemplaza esas viejas impresiones [del condicionamiento pasado] con la impresión de Su nombre. El proceso automático del pensamiento se redirige hacia Él. Se podría decir que la práctica del dhikr nos reprograma hacia Dios.

El amante espiritual experimenta una alegría profunda en repetir el nombre de su Amante invisible quien se halla tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Cuando Él está cerca, nombrar Su nombre se vuelve una expresión de gratitud hacia Él por la felicidad de Su presencia, por la dulzura de Su compañía. Cuando está ausente, se hace nuestro clamor por Él y nos ayuda a soportar el anhelo y el dolor. En tiempos de dificultad, Su nombre brinda esperanza y ayuda. Nos da fuerza y puede ayudar a disolver los bloqueos que nos separan de Él. Cuando decimos Su nombre, Él está con nosotros, aún cuando nos sintamos solos con nuestra carga.

Mediante la repetición de Su nombre, comenzamos a perder nuestra identificación con nuestro aislado y sobrecargado ser y nos identificamos con nuestro Amado que ha estado oculto dentro de nuestro propio corazón. Poco a poco los velos que Lo mantuvieron oculto caen y el amante espiritual llega a conocer Su presencia en su corazón. Y cuando Él quita los velos internos, también levanta los velos externos. Entonces el amante Lo encuentra no sólo en las dimensiones internas de su corazón sino también en el mundo exterior; llega a experimentar que “donde quiera que mire, está la Cara de Dios”.(14)

Luego Aquel a Quien amamos y cuyo nombre repetimos, se vuelve nuestra constante compañía. Y el amante espiritual también se vuelve el compañero de Dios, porque los “ojos que miran a Dios son también los ojos por medio de los que Dios mira el mundo.”(15) Esta relación de compañerismo pertenece al más allá y sin embargo se vive en este mundo. El Amado es nuestro verdadero amigo y esta es la más profunda amistad, la cual demanda nuestra total participación. Al practicar el dhikr, repitiendo Su nombre, estamos con Él en cada aliento.

MUDÁNDOSE A AMERICA

Cuando Irina Tweedie regresó a Inglaterra desde la India, creó una forma externa para el trabajo en Occidente de esta tariqa en nuestras reuniones semanales. Los encuentros que consistían en meditación, interpretación de sueños y charla, nos permitían simplemente estar juntos al modo sufí mientras compartíamos una taza de té y la compañía del sendero. El grupo no tenía una orientación religiosa; estaba abierto a todos, y la gente llegó de varios diferentes contextos sociales, culturales y religiosos—todo lo que se necesitaba era el deseo por la verdad y la buena disposición de trabajar en uno mismo, de hacer el trabajo interior de purificación y transformación.

Pero el núcleo del sendero yace en la relación con el maestro, suhbat; es por medio de esta relación que se otorgan la transmisión del linaje y la gracia, y sin ello no puede haber ni transformación interior ni viaje espiritual. Irina Tweedie trajo a Occidente no sólo una forma externa sino también una viva conexión interior con su sheik, que trasciende tiempo y espacio, vida y muerte. Mediante el entrenamiento al que ella fue sujeta, su sheik pudo alcanzarla, conectarse con ella después de su fallecimiento, ya no como ser humano sino como un centro energético que llegaba a ella durante la meditación. Esta conexión viva es el verdadero fundamento y núcleo del sendero Naqshbandiyya Mujaddidiyya tal como llegó a Occidente. Más tarde, yo llegué a entender que era la presencia de Bhai Sahib lo que sentí en ella. Fue su fragancia lo que me llevó a sentarme a sus pies.

Asistí por muchos años al grupo de meditación, escuchando sueños, observando el modo en que el viaje del alma se desenvolvía dentro de mí y en todos aquellos que llegaban. Un día, cuando tenía unos treinta años y había estado con mi maestra por más de diez, ella dijo al pasar que mi vida cambiaría cuando tuviese treinta y seis. En ese entonces yo era un padre joven, maestro de inglés de un colegio secundario, y no podía imaginar lo que ella quiso decir. Pero seis años más tarde me encontré dando conferencias sobre sufismo y psicología en Norteamérica. En 1991 se me indicó mudarme con mi familia a California y poner en marcha un centro espiritual para nuestro sendero Naqshbandi en los Estados Unidos. En 1992 se fundó el Golden Sufi Center como vehículo para las enseñanzas de esta orden. Ese mismo año Irina Tweedie se retiró y fui nombrado su sucesor. Se me pidió continuar con su trabajo en Occidente.

En muchos sentidos, el trabajo del sendero en América continuó de la forma como se había desarrollado en Inglaterra. Organizamos un pequeño centro de meditación para encuentros semanales de meditación. También viajé a lo largo de los Estados Unidos ofreciendo conferencias, y lentamente se fundaron otros grupos de meditación en diferentes ciudades, del mismo modo que los grupos que se habían propagado por Inglaterra y Europa en la década anterior.(16) Una vez al año, nuestros sufíes americanos se reúnen en un retiro espiritual de una semana; más allá de eso, al igual que en Inglaterra, el sendero continúa con muy poca estructura externa excepto por las reuniones de grupo, que consisten en meditación, interpretación de sueños, charla y té. Posteriormente, se hicieron algunos cambios sutiles, reflejando las particularidades de la cultura norteamericana y las necesidades de los buscadores americanos. Por ejemplo, las enseñanzas sufíes orales y la guía tradicionalmente se dan mediante “indirectas o pistas”. Raramente el maestro hablará directamente a un discípulo; más bien contará historias o hasta incluso le diga a una persona lo que es para otra. Pero pronto descubrí que los estudiantes norteamericanos no podían apreciar las “pistas o enseñanzas indirectas”: en esta cultura todo se dice “a la cara”, directamente, y la sutileza y la sugerencia a menudo no les llegan a la gente. A causa de esta necesidad, se me permitió ser más directo en mi enseñanza.

Sin embargo, la naturaleza esencial del sendero espiritual ha permanecido intacta. Debajo de la superficie de las formas externas, el trabajo tradicional del sendero tiene lugar como siempre lo ha hecho: cada caminante recibe la guía y el apoyo que él o ella necesita mediante una transmisión de amor que se da de corazón a corazón, de alma a alma. Una vez que la conexión entre el maestro y el discípulo se ha hecho, aun la presencia física del maestro no es siempre necesaria para (que tenga lugar) esta transmisión; ocurre silenciosamente en el plano del alma donde la dualidad y las limitaciones de tiempo y espacio no existen, y donde la guía, la enseñanza y la energía del sendero se dan otorgan y se reciben sin esfuerzo, a menudo sin el conocimiento consciente del buscador. Es así como siempre ha sido. Y no hay dos buscadores que sean tratados de un mismo modo, porque cada corazón, cada alma, es única. Algunos buscadores necesitan aprender a amar mientras que otros necesitan aprender a ser amados. El sendero empuja a algunos a al desapego mientras que otros son sumergidos cada vez más profundamente en asuntos familiares y mundanos. La transmisión del amor siempre se da de uno a uno, reflejando la verdadera naturaleza y necesidad de cada discípulo.

Desde muchos puntos de vista, pudiera parecer dificultoso que el sufismo Naqshbandi ‘encaje’ con el mundo occidental, especialmente con la cultura norteamericana. La naturaleza extremadamente extrovertida de la cultura norteamericana hace difícil para muchos americanos el apreciar este sendero de naturaleza velada. Este es el sendero sufí más introvertido de todos. La intensa introversión del sendero Naqshbandi puede remontarse a un grupo de derviches persas de Nishapur en los primeros días del sufismo que enfocaban sus esfuerzos en prevenir que sus nafs, naturaleza inferior, clamasen cualquier tipo de identidad espiritual para sí. Ellos no solamente renunciaron a la capa emparchada del derviche sufí en favor de ropas ordinarias; más profundamente, ellos velaron sus estados espirituales aún de sí mismos, introvirtiéndolos de modo tal, que el ego no pudiese acceder a estos y no se inflase.

Al adoptar esos principios, la Orden Naqshbandi desarrolló una forma de trabajo en la que la evolución espiritual del discípulo se mantiene mayormente velada de su conciencia ordinaria. Frecuentemente pareciera como si no pasase casi nada; en este sendero, no nos dedicamos a los rituales ni otras actividades externas como danza, canto o cánticos religiosos. Tampoco buscamos la intoxicación espiritual—este es un sendero de sobriedad. En vez de centrarnos en nuestros estados espirituales, nosotros vivimos nuestra vida cotidiana habitual, consagrándonos a nuestra familia y a nuestro trabajo, al mismo tiempo que mantenemos nuestra atención interior siempre dirigida hacia nuestro Amado. A pesar que la práctica Naqshbandi de “soledad en la multitud” (“externamente estar con la gente e internamente estar con Dios”) hace este sendero adaptable a la vida diaria occidental, puede ser difícil para los occidentales, norteamericanos especialmente, el valorar un proceso espiritual que tiene lugar más allá de la mente, en los mundos internos donde al principio, se tiene poco acceso consciente. Exige un compromiso verdadero el persistir en algo que pareciera tener muy poca corroboración externa. En Occidente, tendemos a buscar resultados.

Y esperamos que los resultados lleguen a través del esfuerzo. La cultura americana en especial, impulsada por la ética de trabajo del puritanismo, nos condiciona a creer que nuestro éxito o fracaso en todos los aspectos de nuestras vidas, vienen son el resultado de nuestros propios esfuerzos. Esto crea otra dificultad para los americanos en el sendero sufí. La creencia en la auto-determinación es tan dominante, que dentro del inconsciente colectivo norteamericano no hay casi conciencia del poder de la gracia.

Pero la gracia es el principio básico de todo linaje sufí, de cualquier grupo de amantes de Dios. Al dar un paso en el sendero, accedemos a la gracia de una tradición espiritual, el poder del amor que se da para el trabajo que necesita realizarse. Sin ello, nada verdadero puede suceder en el sendero. Como nos dice Rumi, a través de nuestro propio esfuerzo no podemos alcanzar ni la primera estación del camino. Es por medio de la gracia que ocurre el milagro de la transformación; es gracia lo que abre a los seres humanos a la infinita preciosidad del amor ilimitado de Dios, el cual está tan fácilmente velado aun cuando está siempre presente. Y por naturaleza propia, la gracia es un regalo, fluye de corazón a corazón en una transmisión de amor, y no se requiere ningún esfuerzo. Puede ser muy difícil para los americanos dejar de esforzarse y reconocer su dependencia de algo más allá del alcance de su esfuerzo o de su voluntad o incluso de su comprensión.

También puede ser dificultoso para la mentalidad americana, que generalmente no aprecia ideas contradictorias, el comprender las paradojas del esfuerzo y la gracia en el sendero sufí. Somos completamente dependientes de la gracia; sólo la gracia puede llevarnos de regreso al Hogar. Y sin embargo, el sendero requiere esfuerzo. Como dice el Sufí al-Karaz (f.1049), “quienquiera que crea que puede alcanzar a Dios por su propio esfuerzo se esfuerza en vano; quienquiera que crea que puede alcanzar a Dios sin esfuerzo, es tan sólo un caminante en el sendero del intento.” Dar un paso en el sendero donde debemos reconocer nuestra completa impotencia y dependencia de la gracia mientras que continuamos haciendo cada esfuerzo por nuestra cuenta, es entrar en un mundo de paradojas y misterio que lanza al caminante más allá de la familiaridad y seguridad de su comprensión racional, y esto no es fácil para la gente que ha sido condicionada tan profundamente por nuestra poderosa tradición racional occidental.

Pero por desafiante que le parezca al discípulo occidental, estas dificultades no obstaculizarán el trabajo verdadero del sendero. El corazón del sendero sufí no está limitado por condiciones externas. Sea en Oriente o en Occidente, el amor en el núcleo de todo sendero sufí es el mismo. Una vez que la conexión se ha realizado entre el sheik y el discípulo, el trabajo de este amor puede comenzar.

LA RELACIÓN CON EL MAESTRO

Tradicionalmente el sheik sufí es el “guardián de las puertas de la gracia.” El amor y la gracia son la piedra angular, el fundamento de la relación con el maestro, que es la relación más importante para el discípulo. Sin esta relación no hay ni sendero ni viaje espiritual. Mediante la gracia del maestro, el discípulo recibe el amor y la guía que son necesarias para el viaje. El discípulo progresa por medio del amor, y si la estudiante no posee en sí misma suficiente amor, el maestro creará amor en su corazón.

Sin embargo, la relación con el maestro es probablemente el elemento más paradójico y confuso de todo el sendero sufí. Es al mismo tiempo, la relación más profunda y más impersonal que llegaremos a tener. Es la más profunda e íntima porque tiene lugar en el corazón y porque es una relación de puro amor. Y al mismo tiempo es completamente impersonal porque le pertenece al alma; no tiene nada que ver con nuestro ego o personalidad ni con la persona que nosotros percibimos como el “maestro.” El maestro, aunque continúa funcionando como un ser humano, se ha vaciado, se ha vuelto “sin forma ni rasgos personales” por gracia de su maestro; en la tradición sufí, se dice que el maestro debe ser “sin rostro y sin nombre,” subrayando la naturaleza impersonal del maestro.

Pero en Occidente nos hemos habituado a entender el amor y la cercanía únicamente dentro de la esfera de las relaciones personales; carecemos de un concepto de un amor más profundo, impersonal que pertenece al alma. Nuestro “hambre” de aceptación personal, nuestras insatisfechas necesidades emocionales y aun físicas, salen a la superficie y son fácilmente “espiritualizadas” y proyectadas en la relación con el maestro. Nosotros carecemos del recipiente contenedor que separe esta relación de la esfera personal. En muchas tradiciones orientales por ejemplo, el discípulo no puede dirigirse al maestro directamente; debe esperar que se le hable primero. En Occidente no tenemos esos protocolos.

Más aún, en América las relaciones de todas clases están caracterizadas por una cierta informalidad en la que—incluso los desconocidos se dirigen unos a otros por el nombre de pila. Y aunque a nadie se le hubiese ocurrido llamar por el nombre de pila a Bhai Sahib o a la Sra.Tweedie (como le gustaba que la llamasen), pareciera que en América es apropiado dirigirse a mi como a Llewellyn. Gradualmente sin embargo, comencé a notar la confusión que creaba y el deseo que alimentaba de personalizar la relación con el maestro. Esta tendencia se enfatiza por el hecho de que la mayoría de la gente atraída a este sendero en Occidente son mujeres, quienes tienden naturalmente a ser más relacionantes y experimentan las relaciones mucho más personalmente que los hombres. Y este problema aumenta aún más en el buscador occidental, por la ausencia en nuestra cultura de una tradición de relación con un maestro espiritual. En la India la relación con un gurú siempre ha sido parte de la cultura y en Medio Oriente el sheik sufí ha sido una reconocida (y a veces perseguida) autoridad espiritual. Mas en Occidente, la relación entre el maestro y el discípulo, aun cuando se ha ejemplificado en la vida de Cristo, nunca ha sido parte de nuestra perspectiva espiritual, y no tenemos una experiencia dentro de nuestra propia cultura que se pueda tomar como ejemplo para entender su verdadera naturaleza u orientarnos sobre como comportarnos en tal contexto.

El amor que emana del sheik es puro e incondicional, y no está contaminado por ninguna de las pautas o problemas que definen nuestro normal entendimiento de relaciones. Este amor no pertenece a la dualidad ni a las dinámicas normales que asociamos con una relación. Pertenece a la divina unidad infinita y está presente dentro del corazón del sheik desde el principio. Como se lo describiera Bhai Sahib a Irina Tweedie:

“Para el Maestro, el amor no puede ser ni mayor ni menor. Para él, el comienzo y el final son lo mismo; es un círculo cerrado. Su amor por el discípulo no aumenta; para el discípulo, por supuesto, es muy diferente; este tiene que completar la totalidad del círculo…A medida que pasa el tiempo y el discípulo progresa, este se siente cada vez más cercano al Maestro. Pero el Maestro no está más cerca, siempre estuvo cerca, sólo que el discípulo no lo sabía”.(17)

Al entrar en presencia del sheik, el caminante accede a la dimensión de la unidad infinita del amor. Sin embargo, el estudiante no lo sabe; no ha desarrollado todavía la facultad de reconocer o de apreciar conscientemente lo que recibe. En cambio, queda prisionero de sus proyecciones, condicionamiento mental y problemas psicológicos, que necesariamente se proyectan en la relación con el maestro.

El amor evoca tanto proyecciones psicológicas positivas como negativas. Y al igual que todo aquel que haya experimentado un romance humano sabe, que cuanto mayor el amor, más poderosas las proyecciones—cuanto más atención reclaman las partes no vividas de nuestra psique, más quieren ser traídas a la luz de nuestro amor. El amor incondicional que se recibe del sheik necesariamente evocará muchas proyecciones, muchas de ellas inesperadas e indeseadas, conjuntamente con muchas necesidades insatisfechas. Una vez que el período de la intoxicante “luna de miel” haya pasado, esto es lo que el discípulo estará forzado a confrontar. Y como el sheik también es una figura de autoridad, los asuntos de autoridad no resueltos en el discípulo también saldrán a la superficie, sumándose a la nube de confusión que oscurece la naturaleza real de la relación con el maestro—el amor que es la esencia del sendero sufí.

Para el sheik este amor es la prima materia del sendero, es ambos, el principio y el fin del trabajo. Mediante el amor, el discípulo limpia las impurezas y se rehace, de modo tal que puede vivir su más profunda naturaleza, su innata cercanía a Dios. Mientras el discípulo confronta los obstáculos que su mente y su psique ponen en el camino, el sheik realiza el verdadero trabajo de transformación, suavizando el corazón y preparando al estudiante para el despertar de la conciencia del corazón, la conciencia divina que está presente en la cámara más profunda del corazón, que los sufíes llaman el “corazón de corazones.” La mayor parte del trabajo del sendero es un proceso de preparación, una purificación interior que permite al corazón del discípulo contener esta conciencia sin que lo contamine el ego o la naturaleza inferior, los nafs.

Cuando el sheik recibe una pista, una señal de que el discípulo está preparado, por medio de su gracia despierta la conciencia del corazón del discípulo, lo que tiene lugar mediante una transmisión desde el corazón del sheik al corazón del discípulo. Esta infusión de amor divino es el regalo del sirr: “una sustancia de la gracia de Dios, producida por la generosidad y misericordia de Dios, y no por la adquisición ni acción del hombre.”(18) La palabra “sirr” significa secreto; sirr es una sustancia secreta, velada del mundo porque no pertenece al mundo sino que pertenece al misterio del amor divino. Es la esencia de la relación entre el amante y el Amado: “Él los ama y ellos Le aman a Él.”(19) Sin ella no puede haber realización. Para el sufí, sirr es la sustancia más preciada del universo.

Únicamente el maestro puede darnos lo que necesitamos, este valiosísimo regalo, y sin embargo lo que se entrega no puede ser captado por nuestra mente o ego. Por medio de la gracia del sheik, el discípulo eventualmente despierta a la conciencia de la unidad infinita que es la sabiduría del amor. Durante muchos años en el sendero espiritual, esta conciencia permanece velada del discípulo, quien se enfrenta con las limitaciones de su ego y las confusiones de la psique. El estudiante no puede evitar ver al maestro a través de los velos de la dualidad y de las distorsiones de sus propias proyecciones; no puede evitar intentar llevar, esta relación que pertenece al nivel impersonal del alma, dentro del ambiente personal de su ego o yo inferior. Esto es lo que hace que la conexión de amor sea tan difícil de seguir, este hilo conector tan aparentemente tenue. Pero si continuamos con sinceridad, devoción, perseverancia y sentido del humor, despertaremos a la naturaleza real de la más incomprensible y más potente de todas las relaciones; llegaremos a conocer cómo el corazón del sheik refleja la unidad infinita de la cara oculta del amor.

LAS CUALIDADES FEMENINAS EN EL SENDERO ESPIRITUAL

El sufismo es un sendero de amor y anhelo que nos impele a las profundidades del corazón. El anhelo es una nota central en el sendero sufí; es el aspecto femenino del amor: la copa esperando ser llenada. El anhelo atrae al caminante hacia sí, para que viva la devoción del corazón. Tal vez esta es la razón de que tantos de los que son atraídos al sendero en Occidente sean mujeres; ellas son atraídas a este misterio del anhelo, este sendero de devoción en el cual ellas reconocen una íntima parte de su propia naturaleza. En la cultura americana en especial las cualidades de lo femenino han sido negadas y reprimidas, a menudo brutalmente. Aunque aparentemente existe una igualdad sexual en Estados Unidos, en esta cultura tan masculina y extrovertida, hay poca apreciación verdadera por lo femenino, por su poder y cualidades interiores; de hecho, en América los aspectos más profundos de lo femenino han sido casi totalmente suprimidos del medioambiente colectivo.

Tal vez no sea sorprendente entonces, que a pesar de la profunda resonancia de lo femenino con el sendero sufí, cuando comencé a trabajar en Norteamérica noté un miedo profundamente arraigado en las mujeres que llegaron al sendero de dar expresión a su anhelo, de abrirse a la intimidad de su corazón. Ellas se sentían inseguras de compartir sueños y experiencias que expresaran la intimidad interna del sendero y el romance del corazón. Una estampa colectiva de abuso y degradación de lo femenino había creado una herida que las frenaba. Nosotros respondimos creando un grupo de mujeres donde ellas pudiesen explorar estos asuntos sin las inhibiciones causadas por la presencia de los varones. Gradualmente, después de algunos años, las mujeres se sintieron instintivamente lo suficientemente seguras como para estar presentes, abiertas y vulnerables, y luego no hubo necesidad de continuar con un grupo de mujeres.

El trabajo inicial de traer este sendero a América se había completado: se había creado para las mujeres un recipiente contenedor para el trabajo verdadero del alma. Este fue un paso importante dado que aumentó mi reconocimiento sobre el modo en que cualidades que le son naturales a lo femenino son esenciales para vivir el anhelo del corazón por Dios. Para que el trabajo del sendero se enraíce en esta cultura masculina, los misterios femeninos del amor—el carácter sagrado del anhelo, la receptividad del corazón, el camino de la devoción—necesitan ser recuperados y honrados.

Las mujeres tienen una afinidad natural con este trabajo, porque las mujeres conocen la sabiduría de la receptividad, de mantener un espacio sagrado. Ellas experimentan esto en sus cuerpos a través del milagro del embarazo; pero lo sagrado femenino también sabe cómo esto funciona en el alma: cómo el corazón está siempre despierto, esperando y anhelando a su Amado, el momento cuando en que llega secreta y dulcemente el amor; el modo en que el amor y el anhelo dentro del corazón crean un espacio donde pueda nacer la divinidad. Entonces, el corazón se vuelve “luz sobre luz,” como lo describe Rumi: “Una bella María con Jesús en el vientre,”(20) la cual cuando sea tiempo dará a luz a la divinidad como una presencia viva dentro de nosotros y en nuestras vidas.

Las mujeres también comprenden la importancia de la quietud, de tan sólo ser. Porque, ¿cómo podremos ser receptivos cuando estamos tan ocupados todo el tiempo? En Occidente somos adictos a la actividad. Pensamos que los problemas del mundo y los nuestros únicamente pueden resolverse yendo afuera y haciendo algo, sin darnos cuenta de que es el foco en la incesante actividad lo que ha creado la mayor parte de nuestro problema actual. Cuando no estamos ocupados en resolver nuestros problemas, estamos atrapados en un círculo interminable de actividad que nos distrae, en un estar ocupados porque sí, sin sentido. Como respuesta a todo nos preguntamos automáticamente: “¿Qué debiera hacer?”. Pero lo femenino sabe cómo preguntar:“¿Cómo debiera ser?”, comprendiendo que desde el estado de ser en quietud, podemos escuchar, estar atentos y ser perceptivos. Podemos percibir lo que la vida, tanto dentro de nosotros como a nuestro alrededor, nos está mostrando—“Les mostraremos Nuestros signos sobre los horizontes y en ellos mismos, hasta que quede claro que sólo Él es real”.(21)

Al igual que una madre instintivamente sabe cómo atender a sus hijos, la cualidad sagrada femenina sabe cómo atender interna y externamente a la vida, sabe experimentar y participar en este misterio sagrado del que nosotros somos parte. Esta es la base de la verdadera relación con la vida y con nuestra alma; es el modo en que podemos aprender a vivir la vida del alma en vez de la vida ilusoria del ego. La vida es una expresión directa de la divinidad, pero hasta que atendamos a esta presencia velada, nosotros experimentaremos únicamente las distorsiones de la naturaleza inferior, o nafs con todos sus deseos y ansiedades. Al atender a nuestro interior, escuchamos lo que nos dice nuestro Amado; llegamos a conocer los misterios que Él nos susurra en nuestro corazón y en nuestra alma. También aprendemos a distinguir entre la voz del ego y la voz del Ser Superior o alma: atendemos a la señal del Amado y nos mantenemos vigilantes a las decepciones del ego.

La vida y el alma nos están llamando siempre, queriendo compartir el verdadero milagro de estar vivo. Cuando atendemos realmente, nuestra vida externa e interna puede comunicarse con nosotros y llevarnos en un viaje mucho más allá de los límites del mundo del ego. Podemos descubrir los misterios divinos del amor dentro de nuestros corazones y en el mundo que nos rodea. Los misterios del amor son femeninos en su naturaleza, al igual que la naturaleza del alma es femenina cuando mira a Dios, siempre atenta y receptiva. Necesitamos recuperar estas cualidades femeninas que han sido tan desvalorizadas en la cultura americana y reconocer su valor esencial, y traerlas de nuevo a nuestras vidas.

AUTORIDAD Y PODER ESPIRITUAL

El sufismo es un sendero del amor, pero también tiene un aspecto de poder y autoridad espiritual. Esto presenta otra dificultad para los americanos en el sendero espiritual. América es democrática por naturaleza; aquí hay poco entendimiento colectivo—de hecho hay una gran cantidad de desconfianza—respecto de la autoridad o poder espiritual. Además del condicionamiento democrático, los siglos de dominio de las jerarquías masculinas en Occidente y el abuso de poder, han hecho que muchos buscadores espirituales comprensiblemente se sientan vacilantes el poder; particularmente en las mujeres hay un profundo miedo y desconfianza a la autoridad masculina, después de siglos de abuso. Sin embargo respetar el poder y autoridad interior del maestro es un aspecto esencial del modo en que nos entrenamos para reverenciar a Dios. Porque, ¿cómo podremos convertirnos en Sus servidores si no se nos entrena a hacer lo que se nos pide? Si se nos pide hacer algo y dudamos, aun por un instante, el momento puede haberse perdido.

Cuando conocí a Irina Tweedie, supe inmediatamente que estaba en presencia de un poder espiritual verdadero, al igual que cuando ella conoció a su sheik, algo instintivamente en ella sintió reverencia hacia él. Yo supe con un conocimiento que no tenía lógica externa, que haría cualquier cosa que me pidiese. Por muchos años, pensé que ella era mi maestra, hasta que un día ella me explicó que yo pertenecía a su sheik, Bhai Sahib, que cuando vine por primera vez al grupo, él le dijo en meditación que me dejara solo, que él cuidaría de mí. (Esta conexión con un maestro que ya no está presente físicamente es conocida como uwaysi, y es parte de la tradición Naqshbandi).(22)

Yo fui entrenado por mi sheik según el antiguo método de “pruebas y amor,” en el que el discípulo se vuelve “menos que el polvo a los pies del sheik.” Por ejemplo, hubo un período de dos años cuando tenía unos veinte, en que él no me dejaba dormir por más de tres horas por noche, destrozando mis pautas de resistencia y arrogancia espiritual por medio del simple—pero efectivísimo—agotamiento. Finalmente una tarde de verano, en una de las más intensas horas de mi vida, se me confrontó con el más profundo sufrimiento de todo mi ser, hasta que en un instante de revelación, él despertó mi conciencia a nivel del alma. Luego gradualmente, con el pasar de los años, me volví consciente de la profundidad de mi pertenencia a él y llegué a saber que estoy aquí para servirle, que se me ha entrenado para hacer lo que me pida. Él me guió con amabilidad y severidad. Una vez, cuando mis hijos eran pequeños y yo estaba continuamente ordenando la casa detrás de ellos, su voz me llegó gentilmente diciendo:“¡No necesitas estar ordenando todo el día!”. En otra ocasión, cuando sufría intensamente del despertar de mi energía kundalini,(23) Irina Tweedie le preguntó a Bhai Sahib si podía ayudarme. Su respuesta fue simple: “Él puede soportarlo”.

La relación con mi sheik es una de total obediencia y amor, basada en el reconocimiento que nada importa más en este mundo que hacer su trabajo y agradarle. Yo llegué a conocerlo como una presencia interior, alguien que podía aparecer en meditación y plegaria, cuya ayuda estaría presente cuando más lo necesitase. Y sin embargo, a menudo durante esos años, él pareció dejarme sólo para luchar con mis dificultades y cometer errores. Experimenté la devastación del vacío y la desolación cuando esta conexión se velaba, y angustia cuando le desagradaba, cuando sentí que le había fallado a mi sheik. Sin embargo he llegado a saber que esta relación es la única hebra de amor que este mundo no puede romper, porque está hecha de una sustancia distinta que es más fuerte que todas las dificultades de este mundo. Pertenece al antiguo secreto del amor y la devoción, una pertenencia tan primaria que existe desde antes de la creación. Es parte de la sustancia del alma y le da sentido a cada momento de cada día.

Sostenido por esta hebra de amor, la conexión de corazón a corazón, yo recibí un amor tan completo que cada célula de mi cuerpo se satisfizo y conocí el éxtasis del alma. Fui llevado desde este mundo de dualidad, de regreso a la unidad infinita del corazón, y más allá, a las dimensiones del no-ser, de la inexistencia, el vacío que es el verdadero hogar del místico. Se me mostraron los infinitos espacios interiores donde nace el amor y una cualidad de conciencia que pertenece a la luz sobre la luz. Según la antigua tradición, fui destruido y rehecho, de modo que pudiese servir a mi sheik y al Amado. Cuando llegué por vez primera al sendero, era un joven arrogante de diecinueve años que había tenido algunas experiencias en meditación y pensaba que sabía algo de la vida espiritual. Pero sin saberlo, fui llevado de la mano por un gran Máster que me enseñó humildad y la simplicidad del servicio verdadero. Él abrió mi corazón y me despertó a la realización de la unidad infinita de la vida que nos rodea por completo. Y me guió con humor, paciencia y amor, conociendo mis faltas y aceptándome.

Por medio de esta relación también he llegado a conocer el real poder que pertenece a Dios y a quienes están a Su servicio. En nuestra vida externa, a menudo vemos las dinámicas de poder de las que participa la gente que nos rodea, en la familia o en el trabajo, o más corruptamente a nivel mundial. Pero en la relación con un maestro verdadero, con alguien que está unido al Absoluto, que es uno con Dios, existe un poder de una magnitud completamente diferente, un poder que pertenece al Creador y no a la creación. Este es un poder que no quiere nada para sí mismo sino que tan sólo es. Cuando experimento este poder interiormente en presencia de mi sheik, todo mi cuerpo tiembla y se postra. Cuando la gente habla sobre un maestro espiritual en términos de dinámicas de poder, algo en mí ríe, porque queda claro que no tienen ni idea del verdadero poder espiritual. El discípulo no argumenta ni duda ante tal pura energía. La única respuesta es de reverencia y respeto.

EL TRABAJO DE LOS AWILIYA Y EL ALMA DEL MUNDO

Detrás de cada maestro se encuentra una sucesión de “superiores espirituales,” cada uno apoyado y guiado por quienes lo antecedían. Ser responsable del alma de un buscador espiritual es una de las mayores responsabilidades que se puede pedir que alguien tenga, y sin la presencia interior de mi sheik, yo no podría guiar a nadie: él me vigila y confronta con cualquier error que pueda cometer. Esta dimensión velada del sendero es casi desconocida en Occidente, donde sólo se reconoce lo que es visible, sin embargo este es un aspecto esencial del sufismo.

En el sendero Naqshbandi la sucesión de superiores se combina con la tradición de los Khwajagan (Masters), un número de los primeros sheiks Naqshbandis cuyo poder y autoridad espiritual fue reconocida aún en el mundo exterior, en algunos casos, por líderes del mundo y reyes. La Naqshbandiyya se llegó a conocer como “el sendero de los Masters.”

Los Khwajagan fueron visibles en Medio Oriente desde el siglo XI al XV. Ellos tenían acceso a poderes espirituales interiores, sin embargo, otro secreto de su éxito e influencia fue que constantemente evitaron toda posición de riqueza o poder mundano. Su influencia se basaba en el amor que ellos inspiraban en todo aquel que los conociera.(24) Por el siglo XVI, su influencia externa se hizo menos visible, pero el trabajo y autoridad de su sucesión de Masters Naqshbandis continuó en los mundos internos, donde se conecta con la tradición sufí de los awiliya.

Los awiliya son los Amigos de Dios, una jerarquía espiritual que consiste en un número fijo de seres encarnados evolucionados que vigilan el mundo. En la cúspide de la jerarquía se halla el polo (qutub), “el Máster de los Amigos de Dios,” que es el axis o eje alrededor del cual giran los universos externo e interno. Debajo del polo hay siete clavijas, debajo de las cuales vienen los cuarenta sucesores (al-abdâl) (25). Si uno de estos Amigos de Dios fallece, otro está esperando para tomar su lugar, de modo tal que el número de Amigos siempre se mantiene.(26) Sin los awiliya, la existencia y bienestar del mundo no podría mantenerse.

En los últimos siglos los awiliya se han ocultado, continuando su trabajo sin ser disturbados. Sin embargo, la existencia de una jerarquía espiritual que trabaja para mantener el bienestar de todo el mundo ha quedado como parte de la conciencia espiritual en Oriente. En Occidente, sin embargo, hemos identificado el sendero espiritual casi exclusivamente con el proceso de transformación individual y tenemos poquísima comprensión de esta dimensión más amplia y global.

Lamentablemente, en Occidente la mayor parte de nuestro entendimiento de la vida espiritual ha sido subvertido por los valores del ego. Demasiado a menudo vemos la vida espiritual únicamente en términos de auto-desarrollo, deseo de progreso, auto-afirmación o logro de estados espirituales. Perdemos completamente el principio básico de que el sendero nunca trata de nosotros, ni de nuestro bienestar individual ni espiritual. Ser espiritualmente maduro es reconocer que trabajamos sobre en nosotros no para nuestro beneficio sino para servir: servir a nuestro Amado y a la totalidad de la vida—en la unidad infinita de Su amor no hay diferencia.

Para poder reclamar completamente la herencia del sufismo y la tradición de los awiliya, los masters del amor, necesitamos dar un paso fuera de nuestra limitada visión del sendero, y reconocer que hay niveles más profundos de compromiso y servicio que los que nos hemos percatado en nuestra búsqueda de propios objetivos espirituales privados. Tradicionalmente, Sus amantes espirituales y los Amigos de Dios cuidan del bienestar del mundo, “manteniendo la vigilancia en el mundo y por el mundo”. Grupos espirituales e individuos siempre han asistido en esta labor, trabajando en los mundos interiores para traer amor y luz a donde se necesitan. Por medio de sus plegarias, devociones y otras prácticas, ellos trabajan conscientemente, aunque mayormente sin saberlo, haciendo disponible su luz. La conciencia del practicante tradicionalmente no ha sido necesaria para este trabajo. Mucho trabajo espiritual tiene lugar al nivel del alma, donde está oculto para la conciencia cotidiana, incluso para la de aquellos que están involucrados; es difícil para la mente comprender los niveles de realidad más allá de la inmediata percepción, y frecuentemente es mejor para el ego no saber lo que estamos haciendo.

Sin embargo ahora, en esta época de crisis global que es también un período de transformación global, existe la necesidad de que seres espiritualmente conscientes participen conscientemente en esta dimensión global del trabajo espiritual. En Occidente hemos identificado el trabajo espiritual demasiado limitadamente con nuestro viaje individual interior o con actos de servicio externos. Debemos saber que somos parte de una red de místicos y Masters del amor, que estamos ayudando a que el mundo vuelva a la vida a través del amor, trabajando desde dentro para redimir un planeta que ha sido profanado debido a nuestro olvido.

Porque el planeta es un ser vivo, poseedor de una conciencia y de un alma. El alma del mundo, el anima mundi, es el centro espiritual del mundo, un organismo rotante de luz y amor que existe en el centro del mundo. Sin él, el planeta no sería nada más que imágenes nebulosas sin propósito ni significado. Del mismo modo que la luz de nuestra propia alma le da significado a nuestras vidas y que darle la espalda a las necesidades de nuestra alma nos trae vacío y desesperación, el alma del mundo hace al mundo sagrado, y nuestro maltrato del mundo crea páramos desiertos internos y externos. Nuestro materialismo obsesivo y la codicia que ha producido, han cubierto el alma del mundo de nubes de olvido, contaminando nuestro planeta físico y extrayendo la alegría y el significado sagrado de la vida.

En este momento de crisis y oportunidad en la evolución del mundo, se ha vuelto parte del trabajo de este sendero Naqshbandi llevar nuestra conciencia al trabajo de re-despertar el alma del mundo, de purificar y redimirla para que su luz pueda volver a fluir en la vida y alimentar a toda la creación. Lo que era el trabajo de los Masters principalmente en los planos interiores, en el cual los buscadores participaban mayormente sin saberlo, está ahora también volviéndose nuestro foco de atención consciente. Los caminantes necesitan reconocer y aceptar su rol en este trabajo: deben dejar de concentrarse en su propio camino espiritual y dedicar su vida espiritual y experiencia al beneficio del mundo. Mediante nuestras prácticas espirituales ganamos acceso a nuestra luz divina; por medio de las enseñanzas del sendero, aprendemos a vivirla en nuestra vida diaria. Ahora a través del trabajo interno con los masters del amor, tenemos que aprender conscientemente a usar nuestra luz para el bienestar del planeta—hacer brillar nuestra luz donde se necesite y trabajar con el cuerpo de luz que es la luz del mundo.

El alma del mundo está en todas partes. Al igual que el alma del individuo está presente en todo el cuerpo, el alma del mundo impregna cada célula de la creación. Está hecha de la luz de las almas de toda la humanidad y una sustancia que pertenece al mismísimo ser del planeta. Llega a la existencia a través de nosotros—en un nivel es la luz de la humanidad, tanto individual como colectivamente—y a través del cuerpo físico del planeta, a pesar de no pertenecer a la dimensión física; está completamente viva en los planos internos, en una dimensión donde su luz es claramente visible; pero también es la esencia viva, sagrada del mundo físico que conocemos, viva en cada célula de la creación.

En los mundos internos, la luz del alma del mundo es guiada por los Masters del amor; en el mundo externo se necesita de nuestra atención consciente. Además, a raíz de que esta luz no es otra que nuestra luz, podemos acceder a ella por medio de la luz de nuestra propia naturaleza superior—lo que significa que podemos acceder a ella dondequiera que estemos, en cualquier situación. Al trabajar con nuestra propia luz, por medio de la atención y el recuerdo, nuestra conciencia superior puede ser partícipe directo de la luz de la totalidad, y podemos hacer una contribución directa al modo en que la luz se mueve por el planeta. Y cuando la luz del alma del mundo comienza a fluir, puede revelar a la humanidad nuestro divino potencial y el significado más profundo de la vida. Hay formas específicas en que podemos aprender a trabajar con ella—formas en que la luz interactúa con la oscuridad del planeta y transforma esta oscuridad, para revelar las cualidades veladas en la humanidad y despertar la vida a su mágica y milagrosa naturaleza. Es esta luz la que puede transformar la creación y darle la bienvenida al Amado de retorno a Su mundo.

Se necesita que participen todos aquellos que estén abiertos a este trabajo y cada uno de nosotros puede contribuir a su propio modo, de acuerdo con su propia naturaleza. Sin embargo, parte de este trabajo puede ser realizado únicamente por mujeres. Ellas llevan la sagrada sustancia de la vida en sus centros espirituales. Sin esta luz, una mujer no podría concebir y dar a luz, no podría ser partícipe del más grandioso misterio de traer un alma a la vida: dar de la sustancia de su propio cuerpo, forma física a la luz espiritual de un alma. Las mujeres instintivamente saben cómo dar espíritu a la materia y despertar el potencial espiritual de la materia.

El despertar del alma del mundo es también un despertar a la interconexión de toda la vida y al potencial curativo propio de la vida que funciona por medio de su ínter-conectividad. Es porque las mujeres llevan dentro de sí una conexión espiritual con la vida que no está presente en los hombres, que ellas comprenden instintivamente la totalidad de la vida como una red de relaciones y conexiones a través de la cual fluye la energía de la vida. Ellas llevan estas conexiones en sus cuerpos físicos y espirituales de un modo que es ajeno a los hombres. El alineamiento natural de las mujeres con la divinidad tal como se manifiesta a través de todo el entrelazado tejido viviente de la creación, es esencial para la curación y transformación de la vida, y solamente las mujeres pueden traer llevar esta dimensión al trabajo.

Las mujeres deben reconocer su verdadera naturaleza espiritual y el poder transformativo que ellas llevan dentro de sí, de modo que ellas puedan ofrecerlo nuevamente a la vida—porque sin su luz, el mundo lentamente morirá. Las mujeres llevan en su interior la luz que puede sanar la división entre la materia y el espíritu que ha hecho tanto daño, causando que el cuerpo físico del mundo olvide su naturaleza sagrada y su capacidad de transformarse y curarse. La vida misma ha quedado atrapada en las abusivas formas mentales del pensamiento masculino que denigra lo femenino y busca dominar por medio del poder. La luz que existe en las mujeres es necesaria para liberar a la vida de estas limitaciones y abusos y para reconectar a la materia nuevamente con su potencial espiritual.

Para una mujer el mundo físico y el mundo espiritual jamás pueden estar separados: ella lleva la luz del mundo dentro de las células de su cuerpo; su sexualidad es una ofrenda sagrada a la diosa. Pero ella necesita reconocer conscientemente este potencial divino y profundo conocimiento, de modo que pueda vivirlo en servicio de la vida y la necesidad de los tiempos. El mundo necesita la presencia de las mujeres que están despiertas a su luz espiritual y que pueden trabajar con la sustancia de la vida para poder sanarla y transformarla.

En el trabajo con el alma del mundo somos guiados desde el interior por los awiliya, los masters del amor, pero cada uno de nosotros debe asumir la responsabilidad de nuestra propia luz, llevando nuestra luz a nuestra vida y al mundo. Necesitamos mirar más allá de nuestro viaje espiritual individual para ofrecer nuestra luz para la sanación y transformación del planeta. Una vez que comprendamos que nuestra luz es parte de la luz del Todo, seremos capaces del participar más completamente en esta labor de co-crear el futuro, en ayudar al mundo a despertar de su pesadilla de olvido de modo que pueda recordar y celebrar su naturaleza divina.

EL TRABAJO DEL SENDERO

El sendero Naqshbandi de los Masters es como un río, a veces visible, a veces oculto debajo de la tierra. Aparece donde se necesita, donde se requiere un trabajo espiritual. Aunque la forma externa cambie, su esencia interior no cambia. Es un sistema espiritual diseñado para transformar al ser humano, para despertarnos a nuestra naturaleza divina y enseñarnos el modo de vivir esto en servicio a nuestro Amado, de acuerdo con la necesidad de los tiempos.

En el sendero hay distintas formas de trabajo espiritual. La purificación interior es un importante trabajo preliminar que consiste en cambiar los patrones de nuestro comportamiento y liberarnos de actitudes y respuestas que interfieren con nuestras aspiraciones. El trabajo psicológico interno es parte de este proceso—confrontar la “sombra,” las partes de nuestra psique que han sido reprimidas, rechazadas y no aceptadas; aceptar nuestras heridas; y transformar las dinámicas psicológicas y los modelos de condicionamientos. Mediante el trabajo espiritual también desarrollamos las cualidades que necesitamos para el sendero, por ejemplo autodisciplina, compasión, paciencia, perseverancia.

En especial, aprendemos a valorar las cualidades femeninas de receptividad, escuchar y atención interior. A través del trabajo en nuestras prácticas como la meditación y el recuerdo de Dios, aprendemos a aquietar la mente y a atender a las necesidades de la divinidad en nuestra vida interior y exterior. También aprendemos a dominar nuestras cualidades negativas como el enojo, la codicia, los celos, y el juzgar. Por medio de este trabajo somos más capaces de sintonizarnos con nuestra naturaleza superior y vivir sus cualidades en nuestra vida cotidiana. Llevamos nuestro desapego, conciencia, amabilidad, discriminación y otras cualidades a nuestra familia y al trabajo, transformándonos tanto a nosotros mismos como a nuestro entorno. Vivir de acuerdo a nuestros más elevados principios en medio del mundo exterior con sus distracciones y demandas, es un trabajo de a tiempo completo.

El caminante espiritual se entrega a su trabajo interior y al servicio externo. Los sufíes son conocidos como “esclavos del Uno y servidores de muchos”. Hacemos nuestras contribuciones a la vida exterior de cualquier forma en que sintamos la llamada, ya sea por medio de simples actos de amabilidad o en un servicio más definido, ayudando a aquellos que lo necesiten en nuestra comunidad espiritual y en la vida diaria. Aprendemos a estar siempre atentos a las necesidades de nuestro Amado en cualquier forma que Él aparezca.

Además existe otra dimensión del trabajo espiritual que hasta ahora se ha mantenido mayormente velada, conocida tan sólo por los iniciados. Es el trabajo realizado por individuos y grupos espirituales en los planos internos, ayudando a la humanidad desde dentro. Actualmente existe una verdadera necesidad de que todos aquellos que hayan despertado a su naturaleza espiritual participen, tan plenamente como les sea posible, del trabajo con la luz del mundo en servicio del Todo—para ayudar al alma del mundo a que despierte, de modo que el milagro y la alegría de la divina presencia puedan nuevamente nutrir la vida diaria. Este es un trabajo simple aunque exigente, el trabajo de amor y de recuerdo, de estar completamente presente en nuestra vida y permitir que nuestra luz y atención sean usadas por los masters del amor.

Y siempre estamos sostenidos en la presencia de nuestro sheik y la transmisión de amor pasada de maestro a discípulo: la gracia que se entrega naturalmente, el amor, luz y protección que llegan de la sucesión de aquellos que están unidos a Dios.


CADENA DORADA DE LA NAQSHBANDIYYIA-MUJADDIDIYYA

1. Prophet Muhammad.
2. Abû Bakr as-Siddîq (d. 634)
3. Salmân al-Fârisî (d. 655)
4. Qâsim ibn Muhammad (d. 725)
5. Jacfar as-Sâdiq (d. 765)
6. Bâyezîd Bistâmî (d. 845)
7. Abû ‘l-Hasan Kharaqânî (d. 1033)
8. Abû-l Qâsim Gurgânî (d. 1077)
9. Abû cAlî Fârmadî (d. 1084)
10. Yûsuf Hamadânî (d. 1141)
11. cAbd al-Khâliq Ghujduvânî (d. 1179)
12. cÂrif Rîvgarî (d. 1219)
13. Mahmûd Anjîr Faghnavî (d. 1316)
14. cAlî Râmîtanî (d. 1321)
15. Muhammad Bâbâ Sammâsi (d. 1354)
16. Amîr Kulâl (d. 1370)
17. Bahâ ad-Dîn Naqshband (d. 1389)
18. cAlâ ad-Dîn cAttâr (d. 1399)
19. Yacûb Charkhî (d. 1447)
20. Nasîr ad-Dîn cUbaydullâh Ahrâr (d. 1490)
21. Muhammad Zâhid (d. 1529)
22. Darwîsh Muhammad (d. 1562)
23. Muhammad Amkanagî (d. 1600)
24. Muhammad Bâqîbillâh (d. 1603)
25. Ahmad Sirhindî (d. 1624)
26. Muhammad Macsûm (d. 1668)
27. Sayfuddîn al-Faruqî (d. 1684)
28. Nûr Muhammad al-Badâwnî (d. 1723)
29. Mîrzâ Mazhar Jânjânân (d. 1780)
30. Nacîmullâh Bahrâichî (d. 1801)
31. Muradulla (d. 18??)
32. Abul Hasan (d. 1854)
33. Ahmad Ali Khan (d. 1889)
34. Abdul Gani Khan (d. 1952)
35. Radha Mohan Lal (Bhai Sahib) (d. 1966)
36. Irina Tweedie (d. 1999)
37. Llewellyn Vaughan-Lee

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Notas a pie de página

(1) Bhai Sahib significa “Hermano Mayor.” Su nombre de pila era Radha Mohan Lal.
(2) Lalaji, también conocido como Ram Chandra, fue el fundador de la tradición espiritual Hindú, Ram Chandra Mission.
(3) R.K. Gupta, Yogis in Silence (New Dehli: B.R. Paperback, 2002) p. 93.
(4) Irina Tweedie, Daughter of Fire, (Inverness, California: Golden Sufi Center, 1986) p, 744.
(5) Tweedie, Daughter of Fire, p. 496.
(6) Tweedie, conferencia no publicada, “The Paradox of Mysticism,” Wrekin Trust, “Mystics and Scientists Conference,” 1985.
(7) Tweedie, conferencia no publicada, “The Paradox of Mysticism,” Wrekin Trust, “Mystics and Scientists Conference,” 1985.
(8)‘Attâr, Farîduddin, La conferencia de los pájaros, (London: Routledge & Kegan Paul, 1961) p. 132.
(9) Unos años después de conocer a Irina Tweedie, tuve un sueño diciéndome que leyera los trabajos de Carl Jung. Luego completé el doctorado en psicología jungiana y escribí varios libros explorando las dinámicas psicológicas de los estadios del sendero espiritual, por ejemplo los libros titulados Catching the Thread, Sufism, Dreamwork and Jungian Psychology (Inverness, California: Golden Sufi Center, 1999).
(10) Irina Tweedie, Daughter of Fire, p. 496.
(11) Trans. Daniel Liebert, Rumi, Fragments, Ecstasies (Santa Fe, New Mexico: Source Books, 1981), p. 45.
(12) Annemarie Schimmel, Mystical Dimensions of Islam (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1975), p. 169.
(13) Khidr es una figura arquetípica de revelación directa, referida en el Corán como a “uno de Nuestros servidores que ha recibido Nuestra misericordia y a quien le Hemos otorgado conocimiento sobre Nosotros.”
(14) Qur’an, 2:109.
(15) Schimmel, Mystical Dimensions of Islam, p. 203.
(16) A medida que esta tradición creció y se expandió en Europa, se iniciaron otros grupos de meditación que no contaban con la presencia física del maestro. En este sendero todo estudiante puede formar un grupo de meditación siempre y cuando lo realice en su propio hogar donde se practica regularmente meditación. En estos diferentes grupos, los buscadores de la Verdad meditan y comparten y conversan sobre sueños.
(17) Tweedie, Daughter of Fire, p. 120
(18) Abû Sa‘id ibn Abî-l-Khayr, citado por R.A. Nicholson, Studies in Islamic Mysticism (Cambridge: Cambridge University Press, 1921), p. 51.
(19) Corán, asora 5:59.
(20) Cita de William Chittick, The Sufi Path of Love (Albany: State University of New York Press, 1983), p. 241.
(21) Corán 41:53.
(22) Baha ad-din Naqshband fue guiado por ‘Abd‘l-Khâliq Ghujduwânî(d. 1220), uno de los primeros Másters de la Orden Naqshbandi quien lo introdujo al dhikr silencioso y también fue guiado por al-Hakîm at-Tirmidhî, (d. ca 907).
(23)Kundalini es un aspecto de la Energía Cósmica, la cual, de acuerdo con la tradición Yóguica reside en la base de la columna vertebral. En algunas tradiciones, el despertar de kundalini es necesario para alcanzar la realización espiritual.
(24) J.G. Bennet, The Masters of Wisdom (Santa Fe, New Mexico: Bennett Books, 1995), p. 99.
(25) Ver Sara Sviri, The Taste of Hidden Things (Inverness, California: Golden Sufi Center, 1997), pp. 72-73.
(26) El sufí del siglo IX, al-Hakîm at-Tirmidhî escribe sobre los “cuarenta hombres virtuosos” que “Es gracias a ellos que los habitantes de la Tierra son protegidos de aflicciones; la gente está protegida de infortunios. Es por ellos que la lluvia cae y la cosecha crece. Ninguno de ellos fallece hasta que Dios traiga otro que lo reemplace. Ellos nunca maldicen nada, nunca causan daño a aquellos por debajo de ellos y no tienen ningún deseo por el mundo.”(Nawârdir al-usûl, traducción no publicada de Sara Sviri).