The Golden Sufi Center

La Gracia del Gurú: El Guardián de las Puertas a la Gracia
Publicado en la revista Light of Consciousness Journal, 1998

Llewellyn Vaughan-Lee

El mundo estaba lleno de cosas hermosas
hasta que un anciano con barba llegó a mi vida
y encendió mi corazón con llamas de anhelo,
fecundándome con amor.
¿Cómo puedo mirar la belleza que me rodea,
cómo puedo verla,
si esconde la cara de mi Amante?

— CANCIÓN PERSA


GIRANDO EL CORAZÓN

En el sendero sufí todo se recibe mediante la gracia del sheikh o Shaykh, término sufí para denominar al maestro o guía espiritual. El sheikh es el custodio de las puertas de la gracia, y el caminante espiritual necesita la gracia para hacer el viaje de retorno al Hogar, para disolverse en el amor y perderse en el océano infinito del Bienamado. Es la razón por la que el sufí dice que necesitamos un guía, un maestro en el sendero del amor. Únicamente por su gracia, puede uno ser dado vuelta de adentro hacia afuera, transformado, disuelto, fundido en la Unicidad divina.

Por nuestros propios medios, no podemos hacer este viaje; no sabemos el camino ni tenemos la energía, el poder de ir más allá de los límites de la mente y del ego. Sin un sheikh nos quedaríamos estancados, atrapados en los limitados confines de nuestra propia identidad. El momento en que damos un paso en el sendero espiritual entramos en un flujo de energía, un río de amor que fluye a través de nuestro sheikh. El amor es el poder divino que nos llevará profundamente dentro nuestro, a la cámara central del corazón, al lugar secreto donde nuestro Bienamado está esperando. Este amor es la fuerza que despierta el dolor del anhelo que incinera todas nuestras impurezas y nos prepara para nuestro Amado. Sin amor no hay travesía, no hay fuego que nos consuma. Sin su gracia nos quedaríamos encerrados en la prisión del ego, en la ilusión de este mundo.

Cuando tenía diecinueve años, me invitaron a una conferencia sobre matemática esotérica. Sentada en la fila delante de mí, había una anciana de pelo blanco con rodete. Después de la conferencia me la presentaron, y ella me lanzó una mirada breve y profunda con sus intensos ojos azules. En ese instante, tuve la sensación de transformarme en una insignificante partícula de polvo del piso. No recuerdo nada más de ese primer encuentro con mi maestra, pero la semana siguiente llamé a su puerta y comencé a asistir a las reuniones de meditación que se llevaban a cabo en su pequeño departamento del norte de Londres. Solamente años más tarde, llegué a comprender el significado de esa primera experiencia, cómo encarnó el estado de faná o aniquilamiento del ego, en el que el caminante espiritual se transforma en “menos que el polvo a los pies del maestro”. Con su mirada, ella me transmitió una muestra del sendero, del proceso de destrucción que iba a experimentar dentro de mí, en los años que vendrían. Sin conocimiento alguno sobre sufismo había accedido a la energía de este sendero, a la gracia que me transformaría, al amor que me llevaría al Hogar.

Cada viernes por la tarde, fui a su cuartito y me senté, con unos pocos más, a meditar, tomar té y escuchar a la señora Tweedie, Mrs. Tweedie, relatar sus experiencias con su sheikh, Bhai Sahib, un maestro sufí de la India. No recuerdo nada de lo que decía; únicamente recuerdo el tremendo poder tangible de amor que llenaba el cuarto, y también la mirada de sus ojos, ojos de alguien que se había entregado totalmente a Dios. La energía de su cuarto me nutrió, alimentó el hambre secreto que me había empujado obstinadamente a encontrar un guía espiritual. Yo sabía que ella sabía, que ella tenía lo que yo quería. Ese conocimiento nunca fue expresado en palabras, pero lo sentía en cada célula de mi cuerpo. En su presencia, algo dentro de mí se abría y olía la fragancia de la Verdad.

¿De qué se trata este poder o energía que no pertenece al mundo? ¿Por qué lo necesitamos? ¿Qué nos atrae hacia él y cómo lo reconocemos? Para todas estas preguntas hay una sola respuesta: “El corazón sabe”. Los sufíes, o sufis, trabajan por medio del corazón; ellos comprenden su misterioso secreto, y el modo en que el poder del Amor divino puede activar el órgano interno de conciencia superior. Mediante el corazón, recibimos la energía que necesitamos para el camino espiritual.

El discípulo progresa por medio del amor. El amor es la fuerza de empuje, el poder más grande de la creación. Como el discípulo no tiene suficiente amor en sí mismo que lo lleve hasta el objetivo final, entonces el amor se crea en el discípulo activando el chakra del corazón.

El proceso de activación del chakra del corazón tan sólo puede ser hecho por un maestro del sendero, por alguien que entienda el funcionamiento espiritual del corazón y que tenga permiso para hacer este trabajo. Este antiguo trabajo se lleva a cabo mediante la energía del sendero que fluye desde el Jeque o sheikh. En las palabras de un maestro sufí, “nosotros somos gente sencilla, pero podemos dar vuelta al corazón de un ser humano de tal forma que ese ser humano seguirá y seguirá [avanzando en su camino espiritual], hasta donde nadie podría imaginarlo”.


DE CORAZÓN A CORAZÓN

Llegar a la presencia del maestro, significa entrar en la energía del sendero espiritual, energía que, en la tradición sufí, se transfiere por el proceso de sucesión de un sheikh a otro sheikh. La sucesión de los Amigos de Dios, tradicionalmente, se remonta hasta el Profeta Mahoma. Los Amigos de Dios conservan el poder de Su presencia en sus corazones, el cual puede virar los corazones de vuelta a Dios. Fue durante el encuentro de Rumi con un derviche errabundo en el mercado que Rumi cayó a sus pies y fue arrebatado por las corrientes de amor. La presencia de este místico vagabundo, Shams, llevó a Rumi de ser un respetado profesor de teología a convertirse en un amante de Dios, uno que resumió toda su vida con la frase, “Ardí, ardí y ardí”.

El poder del amor nos despierta a la búsqueda, nos aleja del mundo y nos lleva de vuelta a nuestro Hogar. El poder de Su amor por nosotros y la totalidad del viaje místico pueden resumirse con las palabras: “El los ama y ellos Le aman”. La contemplación de Su amor toca nuestro corazón y despierta la profundidad, hasta entonces velada, de nuestro amor por Él. Es el círculo de unicidad que nos lleva al Hogar, la arena de amor en la cual morimos a nosotros mismos. El Jeque o Shaykh, es el guardián, el custodio de la entrada al amor—su mirada lleva la potencia del amante divino, y en su presencia probamos el misterio de nuestra más profunda naturaleza. Mi maestra describía a su sheikh como un transformador del poder divino. Si accediéramos directamente al Absoluto, Dios, seríamos destruidos por Su tremendo e ilimitado poder. Del mismo modo que necesitamos un transformador para hacer que la electricidad de alto voltaje pueda ser usada en nuestra casa sin que se vuelen los fusibles, el maestro nos da acceso a la energía de Dios en cantidades que podamos asimilar.

El corazón recibe esta energía de corazón a corazón, de alma a alma. El sheikh tiene acceso al lugar dentro de nuestro corazón que pertenece a Dios, el corazón de corazones. Nuestro guía espiritual tiene la llave a dicha cámara secreta, y como agente del Amado nos despierta al recuerdo de estar junto a Él. El trabajo del Shaykh es el de encender la chispa que está dentro de nuestro corazón y de mantenerla ardiendo hasta que todo lo que quede es Su amor: “el amor se ha mudado a mi casa y la ha adornado, mi ego empacó su equipaje y se fue. Tú crees que me estás viendo, pero yo ya no existo: lo que queda es el Amado…”

Nosotros recibimos la energía que necesitamos para hacer este trabajo; el corazón del sheikh infunde la fuerza en el corazón del peregrino. Gradualmente el corazón del caminante se abre, permitiendo que el amor fluya más y más. Una vez, yo estaba sentado al lado de mi maestra cuando ella estaba dando una conferencia, y sentí un amor increíblemente poderoso atrayéndome, penetrando profundamente en mi corazón. Durante el intervalo, me acerqué y le dije cuánto amor había sentido, a lo que ella respondió: “Eso es bueno. Significa que tu corazón está abierto y que yo puedo trabajar contigo”.

Al principio, usualmente es necesario estar en la presencia física del sheikh para que el trabajo se realice. Esta es la razón del satsang, estar en la presencia del maestro. El guía vive la conexión con el sendero espiritual; su alma ha sido fundida con el alma de su sheikh. Y en su presencia, el peregrino tiene acceso al poder del sendero, como lo explica el maestro Bhai Sahib:

“Piensa en un bungalow en el que se ha instalado la electricidad—los cables están allí, las lámparas e interruptores están ubicadas; todas las lamparitas de luz están en su lugar. Pero falta la conexión con la central eléctrica. Para esto se necesita un intermediario, que en este caso sería un ingeniero. En la vida espiritual es lo mismo. Un intermediario, un lazo conector, se necesita para traer la energía desde la central eléctrica. Es por eso que el satsang es de suma importancia; es esencial”.

La presencia del maestro es una conexión mediante la cual el peregrino recibe la energía que necesita para mantener el fuego de su corazón encendido, para mantener la atención en el objetivo, independientemente de las distracciones del mundo externo [a si mismo]. Mi maestra decía que venir a las reuniones de meditación era como “recargar las baterías”. Sin embargo, a pesar que la presencia regular es muy deseable, si el buscador espiritual tan sólo pudiese asistir de tiempo en tiempo, tal vez cada un par de meses, aun así recibiría la energía necesaria; él o ella recibirá una dosis mayor que la que reciben las personas que participan cada semana.

Sin embargo, una vez que la conexión se efectuó, la presencia física del maestro no siempre es necesaria. En el sendero sufí, el poder y la gracia son dados de corazón a corazón, de alma a alma. A raíz de que el alma no pertenece ni al tiempo ni al espacio, la gracia se recibe en los planos internos, independientemente de las circunstancias externas. En algunos casos, ni siquiera es imperioso hacer una conexión física con el sheikh; citando las palabras de Bhai Sahib, “muchos de mis discípulos nunca me han visto en sus vidas, y nunca vienen aquí. Pero se los trata exactamente del mismo modo y reciben lo mismo que todos los demás [discípulos]”.

El camino místico está lleno de contradicciones. El Satsang es esencial, y no obstante, la conexión física no es indispensable. El trabajo del sheikh va mucho más profundamente que cualquier forma externa. “El gurú está obligado; él o ella suministra lo que se demanda, de acuerdo a la necesidad”. Cada caminante espiritual es tratado individualmente, como se me mostró una vez durante un sueño, donde yo debía encontrar una olla donde cocinar un huevo por vez. Cada uno de nosotros recibe lo que necesita, las circunstancias internas y externas nos proporcionan las oportunidades óptimas para alcanzar conscientemente la Verdad. Algunos peregrinos necesitan estar regularmente en la presencia física del maestro, mientras otros son más capaces de establecer una conexión interna con el Amado trabajando a solas, tal vez viendo a su maestro sólo una vez al año. Lo importante es que la conexión interna permanezca, la conexión a través de la cual el caminante tiene acceso a Su gracia.


LA ACTITUD DEL CAMINANTE

Somos llevados a Dios por Dios. Su Mirada despierta nuestro corazón, y Su amor nos lleva de vuelta al Hogar. Todo es otorgado, pero necesitamos tener la actitud correcta para recibir Su gracia. Necesitamos entregarnos a las corrientes del amor y mantener nuestra atención firmemente en el objetivo. Cuando yo llegué a la puerta [del apartamento] de mi maestra, me encontraba medio destruido; como ella lo describió más tarde, “él llegó lastimado por la vida. Sus alas habían sido cortadas. ¿Tenía su vida algún significado? No lo creo. Pero él se quedó y creció”. A medida que pasaron los años mis heridas se fueron sanando, dando lugar a una profunda y duradera transformación. El sendero espiritual me suavizó y abrió mi corazón a la cara oculta del amor. Pero por muchos años, sólo existió el perseverar y resistir el dolor, encarar la oscuridad dentro de mi ser y la agonía del anhelo. Me entregué a este trabajo, perseverando a pesar de todas mis dificultades. Aun en los momentos más oscuros, sabía que Su gracia estaba presente, que no podía hacer ese trabajo solo. Pero solamente ahora comienzo a darme cuenta cuánto me fue dado, cuán insignificante fueron mis propios esfuerzos en comparación al poder de Su amor y la presencia de mi Shaykh.

Sólo Su gracia puede llevarnos al Hogar, y sin embargo, nosotros tenemos que hacer cada esfuerzo volviéndonos más abiertos y vulnerables. Tenemos que aprender a cooperar con la energía que trabaja dentro de nosotros. Tenemos que soportar el dolor del anhelo mientras nos purifica, aceptar la oscuridad que sale a la superficie. Necesitamos aprender de las situaciones que atraemos, ser receptivos a las señales sutiles que se nos dan y la guía que viene de nuestros sueños.

A veces este drama se desarrolla en la presencia física del guía espiritual, a medida que aprendemos a captar el significado de lo que se dice. En nuestras reuniones sufíes las historias y los sueños se entretejen, los incidentes se repiten, se cuentan chistes. Muchas veces, hay una enseñanza oculta debajo de la superficie; algunas veces mi maestra dijo algo insultante o agresivo tan sólo para observar la reacción de una persona. Los sufíes aprenden a nunca juzgar por las apariencias. Recuerdo una vez que, cuando viajaba con Mrs. Tweedie en un avión, internamente yo hice un gesto de desagrado cuando una azafata caminaba hacia mí por el pasillo, con la cara muy maquillada. Siempre me disgustó el maquillaje fuerte, pero justo cuando estaba pensando esto, la señora Tweedie se dirigió a mi diciendo, “los seres humanos son hermosos, ¿no es cierto?”

En el sendero recibimos todo lo que necesitamos, pero debemos aprender a aceptarlo. A menudo, la ayuda llega en la forma que menos esperamos y hasta podría ser rechazada porque no parece ser espiritual. Para el Shaykh todo Le pertenece a Su unicidad, y nada necesita ser excluido. El peregrino tiene que aprender a aprender discriminación y entrega incondicional. ¿Cuándo está el maestro engañándonos y cuando está compartiendo una verdad profunda? Lo que importa es la actitud con la que escuchamos, actitud de receptividad en la cual no estamos limitados por ninguna regla, excepto la modalidad incondicional del amor. Tenemos que estar abiertos a las profundidades encubiertas de la enseñanza, sin la limitación de actitudes superficiales. Y muchas veces malinterpretamos o preferimos no entender, y aun así, se nos lo vuelve a decir una y otra vez.

Aprendemos la paciencia y la perseverancia; aprendemos a aceptar y a cómo escuchar. Muchas de estas cualidades pertenecen a la sabiduría femenina y ayudan a crear el receptáculo, el espacio interior, para nuestra relación con el Amado. Mediante nuestra actitud interna de devoción, nos alineamos con la energía del amor; aprendemos a estar atentos a las necesidades de nuestro Amado, y a esperar Su abrazo. A través de todo este proceso, el sheikh es el guía y el dador, sumergiéndonos más y más profundamente, hasta que nosotros también nos perdemos en el océano de la Unicidad.

Y siempre debemos mantener la actitud correcta hacia nuestro maestro o maestra, que es el guía entre los dos mundos. Dentro del corazón hay un profundo respeto y devoción hacia la esencia real del maestro, una cualidad de verdadera atención. El trabajo del caminante espiritual es traer esta actitud interior a la conciencia, vivir la devoción del corazón. Dicha actitud atrae la atención del sheikh, y él no puede hacer menos que dar; “tal debiera ser la actitud, que el guía no pueda evitar conceder Su gracia al devoto”.

En Occidente, el devoto tiene el trabajo extra de no confundir el respeto hacia el maestro con pautas psicológicas personales , que, por ejemplo, podrían pertenecer a la relación con nuestros padres. En Oriente, se reconoce que la naturaleza de la relación con el maestro es impersonal, y entonces puede mantenerse separada de la psicología personal del buscador. Pero en Occidente no tenemos un contexto para tal relación, y muchos peregrinos sinceros han contaminado la naturaleza espiritual de esta relación con problemas personales. En particular, una proyección paterna (por ejemplo la de un padre dominante) puede fácilmente dañar la actitud de respeto o entrega requeridas hacia el guía espiritual. Atrapados en modelos de enojo o rechazo, el devoto podría truncar la relación con el guía, y de este modo, cortaría la gracia que fluye a través del maestro.

Los sentimientos negativos como la cólera o el enojo son especialmente efectivos para separarnos del amor y la energía que necesitamos para el viaje. Esto no significa que debamos negar nuestros sentimientos y tratemos de volvernos “buenos discípulos”, porque esto causaría una perjudicial grieta psicológica. Más bien, deberíamos intentar encontrar la raíz de nuestro enfado, concientizarnos de nuestras proyecciones, discriminar entre lo que le pertenece al maestro y lo que viene de otra fuente. Sin embargo, a menudo somos atrapados inconscientemente y somos salvados por la sinceridad de nuestro propio deseo por la Verdad, y la ayuda de un maestro o maestra. Una tarde, durante una reunión de meditación, cuando había estado con mi maestra por muchos años, ella se dirigió a un amigo diciéndole: “Y él me odió por años.” Desde el momento en que llegué, ella reconoció la imagen materna negativa que yo muy fácilmente proyectaba en ella. De hecho, durante el primer año que estaba en el grupo, ella me hizo sentar enfrente suyo, y cuando se levantaba de meditar, jugaba con mi pelo sabiendo cuánto lo odiaba. Ella tenía la fuerza capaz de contener mi proyección negativa, y yo tenía suficiente foco interno en el más allá, para no permitir que interfiriera con mi camino espiritual.

Cada uno a su modo es llevado hacia Dios, recibiendo la energía y el amor que necesitamos para trabajar con nosotros, para preparar el lugar del encuentro con el Amado. Mediante nuestra devoción, aspiración e incesante atención, atraemos la gracia del sheikh, sin la cual no se llevaría a cabo ni el milagro de transformación ni el renacimiento. En nuestra soledad nos sostienen, en nuestras lágrimas nos contienen. Nuestro Shaykh conoce los secretos de nuestro corazón y nos infunde el vino del recuerdo divino. De corazón a corazón se suministra esta transmisión; a medida que nos vamos vaciando de nosotros, somos llenados con nuestro Bienamado. El sheikh es aquel que ha sido vaciado, y por medio de él somos llevados a la arena de nuestra propia inexistencia, a la Nada, para probar la profunda verdad de nuestra divina naturaleza. A través de la gracia de nuestro maestro o maestra aprendemos a volvernos nada, a entregarnos totalmente a nuestro Amado:

“El amante debe ser como un cuerpo muerto en las manos de su Bienamado. ¿Cómo es un cuerpo muerto? Es desvalido. Si lo pones bajo la lluvia, se moja; si lo pones al sol, se calienta. No puede rebelarse, no puede protestar. Y es por la gracia del gurú que estamos aprendiendo como sentirnos siempre satisfechos en las manos del Amado.”