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La Meditación Sufí del Corazón

Llewellyn Vaughan-Lee


El conocimiento verdadero de Dios
se obtiene cuando el amante se contacta con el Amado
mediante la comunión secreta con Él.

— PROVERBIO TRADICIONAL SUFI


HISTORIA

El sufismo es un sendero de amor. El sufí es un viajero en el camino del amor, un caminante que viaja de regreso a Dios mediante los misterios del corazón. Para el sufí la relación con Dios es aquella de amante y Amado, y los sufíes también son conocidos como los amantes de Dios. El viaje hacia Dios se lleva a cabo dentro del corazón, y por cientos de años los sufíes han estado viajando profundamente dentro de ellos, hacia la cámara secreta del corazón, donde el amante y el Amado comparten el éxtasis de la unión.

El sufismo es la ancestral sabiduría del corazón. No está limitada por el tiempo, el lugar ni la forma. Siempre fue y siempre será. Siempre ha habido amantes de Dios, mucho antes de que se llamasen sufíes. Existe una historia sobre un grupo de místicos, una banda de amantes de Dios, que eran llamados Kamal Posh. Kamal Posh significa los “llevadores de manta”, porque su única posesión era una manta que ellos vestían durante el día y que por las noches usaban de cobertor para taparse. La historia continúa contando que los Kamal Posh viajaron por todo el mundo antiguo de profeta en profeta, pero nadie podía satisfacerlos. Cada profeta les indicó hacer esto o aquello, y esto no los satisfizo. Pero un día, en tiempos de Muhammad (Mahoma), el Profeta estaba sentado junto a sus compañeros cuando predijo que en un cierto número de días el grupo de los Kamal Posh llegarían. Y sucedió que en ese número exacto de días, los Kamal Posh llegaron a ver al Profeta Mahoma. Y cuando estuvieron con él, él no dijo nada, y sin embargo los Kamal Posh se sintieron completamente satisfechos. ¿Por qué se sintieron satisfechos? Porque él creó amor en sus corazones, y cuando el amor es creado, ¿qué insatisfacción puede haber?

Los Kamal Posh reconocieron que el profeta Mahoma conocía los misterios del corazón. Se quedaron con el Profeta y fueron asimilados por el Islam. Según este relato los Kamal Posh se transformaron en el elemento místico del Islam. Y más tarde, estos peregrinos vinieron a llamarse sufíes, tal vez en referencia a la manta de lana blanca, sûf, que ellos llevaban, o como una indicación a la pureza de su corazón, safâ, porque ellos también eran conocidos como los puros de corazón. A través de los siglos, el sufismo se extendió por todo el mundo islámico y aun más allá de este. Y aunque la mayoría de los sufíes eran fieles practicantes del Islam, muchos de ellos fueron perseguidos por el islamismo ortodoxo.

En los primeros días del sufismo, muy poco se ponía por escrito; había sólo lumbreras, santos, amigos de Dios, wali, quienes vivían su propia pasión espiritual, su más profunda devoción. Uno de esos santos fue Rabîa, una mujer que nació en el siglo VIII como esclava, pero que su amo, conmovido por la intensidad de su devoción, le otorgó la libertad. Ella llegó a ser conocida por enfatizar el amor que existe entre el místico y Dios. Siempre mirando hacia Dios, a ella no le atraía nada que la pudiese distraer o interferir en su relación. Una vez le preguntaron: “¿Amas a Dios?” “Si”, ella respondió. “¿Odias al diablo?” “No, mi amor por Dios no me deja tiempo para odiar el diablo”.

Como muchos de los primeros sufíes, Rabîa practicaba severa renunciación y austeridades. El gran santo del siglo IX Bâyezîd Bistâmî también practicaba severa mortificación, pero recalcaba que la renuncia verdadera era la del ego:

“Me desprendí de mi ego (nafs) como una serpiente se desprende de su piel, luego me miré y ¡vi el resultado! Yo soy Él”.(1)

Por medio de la subyugación de ego, el amante espiritual se torna consciente de su unicidad esencial con el Bienamado. Bâyezîd expresó su experiencia de unión con exaltadas palabras que podrían considerarse heréticas:

“¡Alabado sea Yo, cuán grande es Mi majestad!”(2)

Bâyezîd Bistâmî era conocido por pertenecer a una escuela de exaltación o intoxicación enDios, al igual que el místico del siglo X, al-Hallâj, quien apasionadamente proclamó la unicidad del amante y el Amado:

“¡Soy el Uno que amo, y el Uno que amo soy yo!
Somos dos espíritus fundidos en un (solo) cuerpo”.(3)

Las palabras aparentemente blasfemas de Al-Hallâj, incluyendo su famoso “anâ'l-Haqq” (yo soy la Verdad Absoluta), le costó la vida en la horca de Bagdad. Sin embargo, su muerte lo inmortalizó como el príncipe de los amantes, como aquel que estaba preparado a pagar el máximo precio por amor, su propia sangre.

A diferencia de los sufíes exaltados, al-Junayd de Bagdad promulgaba el estado de sobriedad. Junayd hacía hincapié en el estado de fanâ, aniquilación o inmolación del ego, y contrariamente a al-Hallâj, quien supuestamente fue rechazado por su círculo como un chiflado, Junayd sintió que era peligroso hablar abiertamente de las experiencias místicas. Los místicos sufíes del primer período vivían su pasión mística. Sus enseñanzas eran su vida y a pesar que sus dichos y proverbios fueron recogidos por sus seguidores, no había una doctrina mística. Mas en el siglo XII, las enseñanzas sufíes comenzaron a organizarse en un sistema místico. En 1165 uno de los más grandes exponentes de la doctrina metafísica, Ibn 'Arabî, nació en España.

El aspecto central de las enseñanzas de Ibn ‘Arabî están expresadas en el término wahdat al-wujûd, unidad del Ser. Ibn 'Arabî reemplazó la idea de un Dios personal por el concepto filosófico de Unicidad. Sólo Dios existe. Él es al mismo tiempo, el Uno detrás de la multiplicidad y la multiplicidad en sí. Él es la causa de todo, la esencia de todo y la sustancia de todo:

“Él es ahora como era antes. Él es el Uno sin unidad y el Único sin singularidad…Él es la mera existencia de lo Primero y la mera existencia de lo Último, y la neta existencia de lo Exterior y la neta existencia de lo Interior. De modo que no hay ni primero ni último, ni exterior ni interior, excepto Él, sin que estos se conviertan en Él o Él se convierta en ellos…A través de Sí Mismo Él se ve a Él, y a través de Sí, Él se conoce a Sí Mismo. Nadie Lo ve más que Él, y nadie Lo percibe más que Él. Su velo, que es la existencia fenoménica, es una parte de Su Unicidad…No hay nadie ni existencia alguna más que Él”.(4)

Porque no hay otro más que Él, conociéndonos a nosotros mismos, llegamos a conocer a Dios. “Aquel que se conoce a sí mismo, conoce a su Señor”. Esto no es un concepto filosófico sino una experiencia mística: “Cuando se te revele el misterio de que el místico es uno con la Divinidad—entenderás que tú no eres otro más que de Dios y de que tú has continuado y que continuarás…Cuando te conoces a ti mismo, tu sentido de “yo”desaparece, y tu sabes que tú y Dios son uno y son lo mismo”.(5) Fanâ, pérdida del yo personal, es el estado de comprensión de la unidad esencial de uno con Dios. Nada se convierte en Dios, ni siquiera se une con Dios, porque todo es Él.

La grandeza de Ibn 'Arabî no está en la originalidad de sus ideas. La teoría de wahdat al-wujûd, unicidad del Ser, ya era parte de la metafísica sufí. Pero Ibn 'Arabî organizó formalmente las ideas que hasta entonces solo habían sido expresadas oralmente. Tiempo más tarde, los sufíes valorizaron el trabajo del “más grande sheikh” por sistematizar lo que ellos consideraron como la esencia del verdadero sufismo.

Mientras que Ibn 'Arabî llegó a ser conocido como “el polo de conocimiento”, Jalâlud Rûmî se hizo conocer por algunos de los más grandiosos escritos sobre el amor místico. Cuatro años después de la muerte de Ibn 'Arabî en 1240, Rûmî, un profesor de Teología, estaba volviendo a su hogar desde el colegio, cuando se encontró con un derviche harapiento, Shamsi Tabrîz. Según una historia, el derviche le recitó los versos de Sanâ'î's Diwân:

“Si el conocimiento no libera al ego del ego, entonces la ignorancia es mejor que tal conocimiento”.(6)

Shamsi Tabrîz fue la chispa que encendió el fuego del Amor divino dentro de Rûmî, quien sintetizó su vida de dos frases:

“Y el resultado no es más que estas tres palabras: Ardí, ardí y ardí”.

Shams despertó en Rûmî un fuego que sólo podría ser satisfecho con la unión, con la extática pérdida del ego en presencia del Amado. Shams era el sol divino que iluminó la vida de Rûmî. Pero un día Shams desapareció, posiblemente asesinado por de uno de los hijos de Rûmî celoso del intenso amor de su padre por el derviche errante. Sin Shams, Rûmî se consumió de pena, perdido y sólo en el océano del amor.

Pero del terrible dolor de la separación y perdida exterior, nació una unión interior al encontrar su amado dentro de su corazón. Internamente unido con Shams, el profesor de teología se transformó en el poeta del amor. Rûmî conoció el dolor del amor y el más profundo propósito de este fuego dentro del corazón, de cómo vacía al ser humano y lo llena del vino del amor:

“El amor es aquí como la sangre en mis venas y en mi piel,
Él me ha sacrificado y llenado sólo con Él.
Su fuego ha penetrado los átomos de mi cuerpo,
de “mí” solo queda el nombre, el resto es Él”.(7)

Rûmî se convirtió en el poeta de los amantes, expresando la loca pasión del deseo del alma por Dios. Las palabras de Rûmî, dichas cientos de años atrás, resuenan en el alma de todo amante de Dios, de cada caminante que busca seguir esta pasión que está en el centro más interno de nuestro ser, el sendero que lleva el alma de vuelta al Bienamado. Su más importante trabajo, el Mathnawi, se conoce como el “Corán en persa” y hoy él es el poeta más popular del mundo, lo que habla de la necesidad que tenemos de escuchar estas historias de Amor divino, escuchar de un maestro del amor cómo el corazón puede cantar, llorar, y arder de pasión por Dios.

Rûmî es conocido no sólo como poeta sino también como el fundador de la orden Mevlevî. Mientras que el trabajo de Ibn 'Arabî, Rûmî y otros establecieron una literatura para el sufismo, la fundación de las distintas ordenes sufies, o tariqas, ofrecieron un importante evolución en la aplicación práctica de las enseñanzas del sufismo.

En el siglo XI, los pequeños grupos que se reunían alrededor de un maestro en particular, habían comenzado a formar tariqas, cada una llevando el nombre de su iniciador. La esencia de cada orden es la tradición transferida de maestro a discípulo en una cadena ininterrumpida de transmisión. Las distintas órdenes pueden distinguirse entre sí por las prácticas básicas y los principios que ellas heredaron de sus fundadores. El sufismo, que se ha definido como la “Verdad sin forma”, tiene en su base central en el amor místico a Dios. Pero también se han desarrollado de acuerdo a la necesidad del tiempo, el lugar y la gente. Diferentes tariqas reflejan diferentes aspectos del amor místico.

Por ejemplo, la primer orden que surgió fue la Qâdiryyah, fundada por 'Abdu'l-Qâdir Gîlânî (fallecido en 1166) en Bagdad. 'Abdu'l-Qâdir era un asceta, misionero y orador que se transformó en un de los santos más populares en el mundo islámico, y su tumba en Bagdad es un lugar de peregrinaje. Los seguidores de esta orden practican ambos dhikrs (repeticiones del nombre de Dios): el dhikr khafî, o repetición silenciosa, y el dhikr jalî, que es la repetición vocalizada de Sus nombres [atributos], y enfatiza la práctica de cualidades morales, como la caridad. Más o menos en el mismo período, la orden Rifâ'iyya fue fundada por Ahmad ar-Rifâ'î (fallecido en 1182) que se extendió desde Irak por todo Egipto y Siria. Hasta el siglo XV, esta fue una de las órdenes más populares. Los derviches de la Rifâ'iyya eran conocidos como los Derviches Aulladores por su práctica en voz alta del dhikr. La orden fundada por Rûmî, la orden Mevlevî, llegó a ser conocida como la de los derviches danzantes o giradores, por su danza mística al ritmo del sonido de la flauta de caña y los tambores.

En contraste con la orden Mevlevî, están el silencio y la quietud asociadas con la Naqshbandiyya, llamada así en honor de Bahâ ad-dîn Naqshband (fallecido en 1390), pero fundada por 'Abd'l-Khâliq Ghijduwânî (fallecido en 1220). Los Naqshbandis también son conocidos como los sufíes silenciosos porque ellos practican el dhikr en silencio en vez de vocalizado. Tampoco realizan samac, música o danzas sagradas. Ellos valoran el trabajo psicológico y la interpretación de sueños conjuntamente con sus prácticas espirituales, y enfatizan el suhbat, la relación cercana de maestro y discípulo. La orden fue muy exitosa en Asia Central, y se extendió por toda India gracias al trabajo de Ahmad Sirhindî (fallecido en 1624), quien también fue conocido como el Mujaddid (el renovador).

La rama hindú de la orden Naqshbandi se conoce como la Naqshbandiyya-Mujaddidiyya. Esta orden fue traída a Occidente en 1967 por Irina Tweedie, autora de Daughter of Fire, Diary of a Spiritual Training by a Sufi Master. Después de la muerte de su marido, cuando la señora Tweedie tenía unos cincuenta años, viajó a la India donde conoció al maestro sufí Bhai Sahib. Bhai Sahib significa hermano mayor, porque tradicionalmente el sufí sheikh “no tiene cara ni nombre”. Los sufíes no creen en cultos a la personalidad, ni en la idealización del maestro. El maestro es tan sólo un guía en el camino, un escalón para pasar del mundo de la ilusión al mundo de la realidad. Bhai Sahib la entrenó de acuerdo a su sistema, y ella fue la primera mujer occidental que recibió este antiguo entrenamiento espiritual de los Naqshbandis.

Ella estuvo con él por varios años, bajo un intenso entrenamiento espiritual, el cual ella documentó en forma de diario personal. Cuando ella lo conoció, él le dijo que llevara un diario de sus experiencias, y que anotara sus sueños. Más tarde él le dijo: “No te enseñaré nada. Si te enseño cosas tú las olvidarás. En cambio, te daré experiencias”. El sufismo es el sendero de lo experimental, en el cual la sustancia interna misma del individuo es totalmente transmutada. Tiempo más tarde, su diario se transformó en un libro, Daughter of Fire and Chasm of Fire (su versión abreviada), y es el primer registro escrito de este tipo de entrenamiento espiritual. Cuenta sobre cómo el amor se crea en el corazón, sobre cómo este Amor divino es experimentado en forma de anhelo ardiente, y sobre el lento y doloroso proceso de purificación que pulveriza el ego hasta que el discípulo se rinde totalmente al Amado, a las corrientes de amor que la retornan a su Hogar.


LA MEDITACIÓN DEL CORAZÓN

Las dos prácticas centrales del sendero Naqshbandi son el dhikr silencioso y la meditación del corazón silente. Repitiendo Su nombre, traemos el recuerdo del corazón a la conciencia y conectamos nuestra vida diaria con el momento eterno del alma. Cualquiera sea la situación externa, el corazón puede escuchar el nombre de Su Amado y todo nuestro ser se alinea con el amor. Pero en nuestra vida diaria seguimos confrontándonos con los velos de la ilusión, con la “maya” de Su hermoso mundo. Sólo cuando cerramos nuestros ojos externos, podemos tornar toda nuestra atención al Amado. Existe una historia sobre Râbi'a sentada en meditación en su cuarto oscurecido durante un hermoso día de primavera. Su sirvienta la llamó para que saliese y viese lo que el Creador había creado. Desde adentro del cuarto Râbi'a contestó: “¿Por qué no vienes adentro y ves al Creador? La contemplación del Creador me absorbe tanto que no me interesa observar Su creación”.

En meditación aprendemos a aquietar la mente y los sentidos, de modo que podamos experimentar directamente la realidad interna del corazón. Una amiga tuvo un sueño que le dio un vislumbre de la dulzura que existe más allá de la mente:

“Estoy sentada con el grupo y el maestro silenciosamente me dice: ‘Te mostraré lo que la meditación te puede ofrecer’. El grupo comienza a meditar y cuando me sumerjo en meditación escucho el sonido del coro de música más hermoso; sus notas se hacen más y más altas, y su vibración llena todo mi cuerpo hasta que su esencia me absorbe en una intensa dulzura y felicidad que tan solo puedo describir como un vislumbre del cielo. Las notas cesan y la meditación termina”.

Tal beatitud es la sustancia del Ser que puede ser experimentada en el nivel de la mente. La mente es llamada “el asesino de lo Real”, porque nos separa de la Verdad espiritual que se encuentra en el corazón. Mientras la mente entiende a través de la dualidad, la diferenciación de sujeto y objeto, la Verdad está siempre en estado de unicidad: el conocedor y el conocimiento son uno, el amante y el Amado están unidos. La meditación es una técnica que nos lleva desde el mundo de la dualidad a la unicidad del corazón. Muhâsibî, un sufí de Baghdad del siglo IX, indicó su importancia:

“La meditación es la mayor posesión del místico, es la vía por donde el sincero y el temeroso de Dios progresan en el viaje hacia Dios”.

Los diferentes senderos sufíes usan distintas técnicas de meditación. Una práctica desarrollada por la orden Naqshbandi usa la energía de amor para ir más allá de la mente. El amor, “la esencia de la Esencia divina”, es la más poderosa fuerza de la creación. Como viene desde la dimensión del Ser, el amor tiene una vibración más rápida que la mente y tiene la habilidad de superarla. Tenemos una muestra de esto cuando nos enamoramos y experimentamos que no podemos pensar clara o racionalmente. Cuando nos entregamos enamorados del Bienamado esta experiencia se amplifica muchas veces, razón por la que a los sufíes a menudo se les llama los “idiotas de Dios”. En las palabras de ‘Attâr: “Cuando el amor llega, la razón desaparece. La razón no puede vivir con [el estado de] necedad del amor; el amor no tiene nada que ver con la razón humana”.

En vez de intentar frenar los pensamientos de uno concentrándose en la mente, nos concentramos en el corazón y en el sentimiento de amor en el corazón, y así uno deja la mente detrás. Las formas mentales lentamente mueren y nuestras emociones también se aquietan. La “meditación del corazón” es una práctica que ahoga la mente y las emociones en el océano del amor.

Para [practicar] la meditación del corazón, basta con que el cuerpo esté relajado, la posición física no importa: uno puede sentarse o aun acostarse.

El primer estadio en esta meditación es evocar el sentimiento de amor, el cual activa el chacra del corazón. Esto puede hacerse en una variedad de formas, la más simple de ellas es pensar en alguien que amamos. Puede ser Dios, el gran Amado. Pero a menudo al principio Dios es una idea más que una realidad viviente dentro del corazón, y es más fácil pensar en alguien que amamos, un amante, un amigo.

El amor tiene muchas cualidades diferentes. Para algunos el sentimiento de amor es una calidez o dulzura, suavidad o ternura, mientras que para otros tiene un sentimiento de paz, tranquilidad o silencio. El amor también puede llegar como dolor, un dolor en el corazón, como un sentimiento de perdida. No importa como nos llegue el amor, nosotros nos hundimos en ese sentimiento; nos introducimos completamente en el amor del corazón.

Cuando evoquemos este sentimiento de amor, los pensamientos vendrán, entrometiéndose en nuestra mente—lo que hicimos el día anterior, lo que haremos mañana. Los recuerdos pasarán flotando, las imágenes aparecerán frente al ojo de nuestra mente. Debemos imaginar que agarramos cada pensamiento, cada imagen y sentimiento, y lo sumergimos, fusionándolo en el sentimiento de amor.

Todo sentimiento, especialmente el sentimiento de amor, es mucho más dinámico que el proceso de pensamiento, de modo que si uno hace esta práctica correctamente, con la mayor concentración posible, todos los pensamientos desaparecerán. Nada quedará. La mente se vaciará.

Esta meditación se practica tanto individualmente como en las reuniones grupales. En una reunión de grupo, la energía de amor se acrecienta gracias a todos aquellos que participan, los más fuertes interiormente ayudan a los menos experimentados. Unos pocos corazones que anhelan por Dios amplifican muchas veces el poder del amor presente en las reuniones.

Individualmente esta meditación debiera inicialmente ser practicada por lo menos por media hora por día. Temprano por la mañana, es el mejor momento porque hay menos formas mentales en el aire y no estamos saturados por las actividades del día. Meditar antes de dormir también es una buena práctica. Pero esta meditación no es una disciplina prescripta rígidamente— no debiera ser forzada. Como en todas las prácticas sufíes, si hay demasiado esfuerzo, no es espiritual. Y algunas veces uno es llamado a meditar inesperadamente. El corazón, que ha sido despertado, nos llama. Entonces si es posible, uno se aleja de las actividades externas y se sienta en silencio por unos minutos o tal vez horas, convocado por el amor a la cámara más profunda del corazón.

A su debido tiempo, llegamos a hacer nuestra la meditación; encontramos el tiempo que coincide con nuestro horario y naturaleza interior. Hay también diferentes formas de evocar inicialmente el amor y aquietar la mente. Mientras que algunos practicantes instintivamente despiertan el amor en sus corazones, otros comienzan pensando en sus maestros, o imaginándose en su presencia. Otros comienzan con el dhikr, repitiendo Allâh unas cuantas veces, para armonizarse internamente con las corrientes de amor.

Usualmente dejamos que los pensamientos vayan y vuelvan mientras nos concentramos en el amor. Pelearse o discutir con la mente tan sólo le da más energía: la mente gusta de las buenas discusiones. Pero también hay períodos en los que necesitamos utilizar todo nuestro poder de voluntad para ‘frenar’ la mente, cortar su incesante parloteo e interminables discusiones. Sin embargo, a la mente no le gusta ser controlada ni perder su poder y autonomía, y comúnmente va a contraatacar creando pensamientos que sabe que nos “seducirán más”, tratando de distraernos de nuestra concentración en el amor. Es mejor dejar al amor hacer su trabajo, permitiendo que su poder conquiste la mente.

Al subyugar la mente al corazón, ofrecemos al Amado nuestra conciencia individual, esa chispa de Su Divina Conciencia, que es Su obsequio a la humanidad. Tantas maravillas y tantas maldades se han ejecutado con Su regalo de conciencia! Pero para realizar el viaje de retorno a Dios necesitamos devolver este regalo, fuente de la ilusión de autonomía de uno mismo. Cada vez que nos entregamos a la meditación, sacrificamos nuestra conciencia individual en el altar del amor. Al hacer esto, hacemos un espacio para que Él se revele a Sí Mismo:

“Anda, barre la morada de tu corazón, prepárala para ser el hogar y el domicilio del Amado: cuando tú te vayas, Él entrará. En ti, cuando seas libre del ego, Él mostrará Su Belleza”.(8)

Al vaciar la mente, creamos un espacio interior donde podemos percibir la presencia del Amado. Él está siempre allí, pero la mente, las emociones y el mundo exterior Lo velan de nosotros. Él es el vacío silencioso, y para poder experimentarLo, necesitamos aquietarnos. En meditación, nos entregamos nuevamente a Él, retornando desde el mundo de las formas al océano ilimitado de amor en el corazón.


EXPERIENCIAS BÁSICAS: EL SILENCIO INTERIOR Y CAPTANDO PISTAS (e indirectas)

El amante de Dios anhela ir más allá de la mente y del ego, ser inmerso en el amor del océano ilimitado. Sumergiendo la mente dentro del corazón, esperamos ser tomados, absorbidos en el vacío del amor. Sin embargo, esta entrega completa de uno mismo lleva tiempo, paciencia y práctica. Los estadios iniciales de meditación son a menudo el trabajo de aquietar la mente y las emociones, creando un espacio libre donde podamos estar atentos al amor y escuchar la voz de nuestro Amado.

Él se revela a Sí Mismo a aquellos que Le aman, y es siempre un acto de Su gracia. El trabajo del amante es el de esperar, de estar siempre escuchando por si Él llama. “Captar la indirecta divina” es una práctica importante sufí en la cual aprendemos a estar continuamente atentos a nuestro Amado para servirLe. Pero muy a menudo el clamor del mundo nos ensordece y el ruido de nuestra propia mente nos distrae fácilmente. Para poder oír la guía que viene desde adentro, necesitamos armonizarnos con la frecuencia del corazón y ser sensibles a la tranquila y pequeña voz del Ser. Necesitamos concentrar nuestra atención en el mundo interior y cultivar la quietud. Shiblî cuenta la historia de haber ido a visitar al maestro sufí Nûrî, y verlo sentado en meditación tan inmóvil que ni un pelo se le movía. Él le preguntó a Nûrî: “¿De quién aprendiste tan profunda meditación? Nûrî respondió: “lo aprendí del gato esperando cerca de una ratonera. El gato estaba mucho más quieto que yo”.

En el silencio del corazón, la atención del amante de Dios es receptiva, esperando al Amado. La meditación es un estado de receptividad, es un receptáculo de comunión con Dios. Con el tiempo, el amante aprende a llevar este estado de atención interior todo el tiempo, siempre manteniendo el oído interno atento a la voz del Amado, siempre receptivo a Su indirecta. Pero en los primeros estadios del sendero puede ser difícil escuchar Su voz cuando estamos comprometidos en actividades de nuestra vida exterior. La meditación también nos alinea con las frecuencias más elevadas de la insinuación divina, porque la indirecta de Dios es “más rápida que el rayo”. Por medio de la práctica continua de meditación, la mente se purifica y disciplina, haciéndose más accesible a la voz del Amado.

Al principio tenemos que aprender el arte de escuchar, el arte de estar internamente presentes, atentos y vacíos. Debemos aprender a ser silenciosos, porque el oír nace del silencio y sólo en silencio podemos escuchar la voz de nuestro Amado. También podemos aprender a preguntar, a buscar guía para nosotros y para otros. Inmersos en el silencio del corazón, podemos hablar más directamente con la fuente, preguntar sin las distorsiones y disturbios de la conciencia cotidiana. Y en este silencio, entregándonos al vacío, nos hacemos receptivos a toda respuesta que podamos recibir. A menudo meditamos, pero a pesar de que preguntamos no llega ni guía ni consejo; nos quedamos solos en el espacio vacío de nuestro escuchar. Pero el oír del corazón es siempre un acto de amor, una reunión, incluso cuando no se oiga nada. Escuchar es una sabiduría muy fácilmente descuidada, porque es femenina, receptiva y velada, y nuestros valores culturales sólo valoran lo visible. Sin embargo Rûmî sabía la parte importante que juega en nuestro amor, en la relación sin palabras con nuestro Amado:

“Haz una oreja de la totalidad de ti, de cada átomo de tu ser y escucharás en cada momento lo que la Fuente te susurra, tan sólo a ti y para ti, sin ninguna necesidad de mis palabras ni las de ningún otro. Tú eres—todos somos—el amado del Amado, y en cada momento, en cada evento de tu vida, el Amado está susurrándote exactamente lo que necesitas oír y saber. ¿Quién podría explicar este milagro? Simplemente es. Escucha y lo descubrirás a cada instante que pasa. Escucha y toda tu vida será una conversación, en pensamiento y acción, entre tú y Él, directamente, sin palabras, ahora y siempre”.(9)

Mediante nuestra meditación, aprendemos el arte de estar en silencio, receptivos, vacíos y atentos. Aprendemos a escuchar con el oído interior del corazón que se afina acorde a la voz de nuestro Amado. Al subordinar la mente a la meditación, también aprendemos a entregarnos a una realidad que no está limitada por la razón, y esto nos ayuda a seguir incondicionalmente la pista o sugerencia divina. Inmersos en el amor, la mente se hace más y más maleable, menos cristalizada y aprende a aceptar una autoridad superior que no sigue las leyes de la lógica. La meditación inunda la mente con luz y amor, cambiando su textura, haciéndola más accesible a la sabiduría y guía que vienen desde la dimensión unitiva.

El amante espiritual es el sirviente del Bienamado, y es en el corazón donde Él hace conocer Sus necesidades. Cuando el ego y la mente se subordinan al amor, somos capaces de estar atentos a Aquel a quien amamos. Al permanecer atentos al corazón, somos capaces de satisfacer el objetivo más profundo de nuestro ser, “estar aquí por Él”.

Había una vez un gobernante que tenía un sirviente a quien el cuidaba más que a sus otros servidores; ninguno de ellos era más valioso o más bello que este. Le preguntaron al gobernante acerca de esto, y él entonces quiso que quedase clara la superioridad del servicio de este sirviente sobre todos los demás. Un día él estaba cabalgando con su séquito. En la distancia había una montaña con la cumbre nevada. El gobernante miró la nieve e inclinó la cabeza. El sirviente salió galopando en su caballo. La gente no entendía por qué salió galopando. Al poco tiempo el sirviente volvió con un poco de nieve, y el gobernante le preguntó: “¿Cómo supiste que yo quería nieve?”

El sirviente respondió: “Porque tú la miraste, y la mirada del sultán sólo expresa firme intención”.

Entonces el gobernador dijo: “Yo le otorgo favor y honor especial porque para cada persona hay una ocupación, y su ocupación es observar atentamente la dirección de mi mirada y mis estados de ser”.(10)

La meditación nos prepara para el trabajo de servicio. Nos armoniza con las frecuencias más elevadas de Su indirecta o pista, y nos lleva dentro de la cámara del corazón donde el amante y el Amado se comunican. Meditar nos ayuda a vivir en Su presencia y a hacer Su voluntad.


ESTADOS MÁS AVANZADOS: DHYANA y SAMADHI

La práctica regular de meditación prepara un lugar para el encuentro del amante y el Amado. Dentro del corazón, el amante y el Amado están siempre unidos, pero para tornarnos conscientes de esto, el ego y la mente deben hundirse en el amor. El mundo de separación del ego se disuelve en las corrientes del amor que son activadas mediante la meditación del corazón. Técnicamente, el acto de concentrarse en el sentimiento de amor en el corazón activa el chakra del corazón, el centro psíquico que experimenta y genera el amor. El chakra del corazón comienza a girar, lo que genera más amor, que a su vez ayuda a aquietar la mente. A medida que la mente se aquieta más, el chakra del corazón gira a mayor velocidad, lo que actúa como reacción en cadena, aquietando más aún la mente. Eventualmente, el amor inunda completamente la mente. Este es el primer estadio de dhyana,(11) la completa abstracción de los sentidos.

La experiencia de dhyana raramente ocurre durante la primera práctica de meditación. Puede tomar meses y hasta unos cuantos años alcanzar esta etapa. Cuando experimentamos dhyana inicialmente, es habitualmente por una fracción de segundo, y la mente ni siquiera se da cuenta que se ausentó. Por un instante la mente se zambulle en el infinito y hay poco o nada de conciencia de lo que ha sucedido. Por tan sólo un momento, dejamos de estar presentes. Gradualmente la mente se va por períodos más largos, que se asemejan al dormir, porque es el equivalente conocido más cercano a este estado inconsciente o sin mente. Pero no es dormir, y, si uno es observador, se da cuenta que cuando salimos del estado de dhyana hay una cualidad diferente del despertar del dormir. Puede haber una sensación de ser, o una claridad distinta de la “borrosidad” del dormir. O podemos salir con una dulzura en el corazón, una suavidad, una ternura o con un acentuado sentimiento de anhelo. A veces pareciera como si uno gradualmente retornara de una gran distancia. De hecho durante el estado de dhyana la mente del individuo se sumerge en la mente universal. Uno se fusiona en la fuente.

Pero la mente no toma a la ligera esta pérdida de control. A menudo vuelve a la lucha, generando toda forma de pensamientos. También puede evocar temor, conductas de ansiedad, y aun pánico. Durante la mayor parte de nuestra vida, la mente ha dominado y ahora está perdiendo su control. Algunas veces la mente, justo antes de sumergirse en el estado de dhyana, se asusta, al ser confrontada por una experiencia en la cual ella no existe. Puede jalarnos desde el borde, atraparnos nuevamente a través de pensamientos auto-creados. Pero mediante la perseverancia, la energía del amor triunfa y gradualmente, la mente se acostumbra a esta transición y acepta su propia inexistencia.

Dhyana es la primera etapa en la meditación del corazón. Hay diferentes niveles de dhyana a medida que el amante se sumerge más y más profundamente en una realidad más allá de la mente. Cada vez más, uno siente la paz, quietud y profunda sensación de bienestar que provienen de estar inmerso en algún lugar donde no hay dificultades de dualidad, ni limitaciones del mundo de la mente y los sentidos. Por unos pocos minutos, tal vez una hora por día, a uno le es permitido fundirse en una realidad más vasta, donde los problemas que nos rodean durante la mayor parte del tiempo no existen. Los estados de dhyana gradualmente nos llevan a los estados de samadhi, donde despierta un nivel más elevado de conciencia. Dhyana es

la primera fase después de trascender la facultad de pensamiento de la mente, y desde el punto de vista del intelecto debe ser considerado como un estado de no-conciencia. Es el primer escalón más allá de la conciencia tal como la conocemos, la cual eventualmente llegará, a través de una gradación sencilla al estado de samadhi, o estado supra-consciente. El nivel más elevado de dhyana se transforma gradualmente en los estadios más elementales del samadhi, los cuales todavía no son completamente conscientes. El nivel más avanzado o elevado de samadhi representa el completo despertar a la divinidad de uno mismo.(12)

Los estados de meditación cambian lentamente. El corazón es activado y la energía del amor lentifica la mente. La mente pierde su poder de control y se pierde la conciencia individual, al principio es por tan sólo un instante, y luego por períodos gradualmente más largos. El amante es absorbido, hundido en el océano del amor.

Más adelante, en este estado de inconsciencia un nivel más alto de conciencia comienza a despertar. Al principio podría haber una sensación de ‘no ser [tener] una identidad egoica’, porque este “ser” no está separado, sino que contiene todo dentro de sí. Este es nuestro verdadero y único Ser que no está separado de la Totalidad. La sensación de despertar puede estar acompañada de paz o beatitud. Es la paz que pertenece al Absoluto, la felicidad que es la envoltura del alma (ananda maya kosha).

La dificultad al describir las experiencias de samadhi es que ellas pertenecen a un diferente nivel de realidad, más allá de la mente y la cualidad de diferenciación. Esta es una dimensión de unicidad en donde los diferentes estados se interpenetran. En el samadhi comenzamos a experimentar nuestra verdadera naturaleza, la cual es un estado unitivo: nosotros somos lo que experimentamos.

Gradualmente vislumbramos, nos fundimos con la unicidad que lo abarca todo, y con la energía de amor que pertenece al Ser y que es el fundamento de toda la vida. Y esta unicidad no es estática sino que es un estado altamente dinámico que cambia constantemente. También nuestra experiencia cambia: no hay dos meditaciones que sean iguales, y nuestra experiencia se hace más profunda y rica, y más y más completa. En el plano unitivo todo tiene su propio lugar y satisface su verdadero objetivo. Aquí la auténtica naturaleza de todas las cosas que son creadas está presente como una expresión de la Unidad y Gloria divinas. En el mundo exterior sólo experimentamos una fragmentada impresión de nosotros y nuestra vida. Aquí todo es completo y llegamos a saber que todo es como debiera ser.

Cada caminante espiritual tendrá sus propias experiencias a medida que vislumbre la unicidad y la verdadera naturaleza de su divinidad. También hay diferentes niveles de realidad más allá del ego. En distintos estados de meditación uno puede ser llevado a estos diferentes niveles. Allí se encuentra el plano de la conciencia pura, buddhi o conciencia superior, el cual funciona sin las limitaciones de la dualidad. Esta clara luz de la conciencia carece de las distorsiones del ego y los deseos, y ve las cosas en su verdadera naturaleza, en la que su auténtico propósito es revelado. Aquí el conocedor y el conocimiento son uno en un saber que pertenece a nuestra naturaleza interna y su interconexión con la totalidad de la vida. En este estadio, el conocimiento que necesitamos es accesible instantáneamente. (Para la mayoría de la gente esta cualidad de “saber” es experimentada como intuición, cuando de pronto, sabemos algo sin ningún proceso previo de pensamiento). La conciencia pura es un estado de ser en el que la percepción está presente en su naturaleza esencial—el individuo es el estado de conciencia.

Y luego el peregrino puede profundizar su práctica, disolviéndose en el océano ilimitado del amor, que puede parecer ser la nada para la mente, pero que es una nada que nos ama y nos cuida con infinita ternura. El amor que se experimenta más allá de la mente es completo e intoxicante, aquí no hay límites ni limitaciones. El amor que pertenece al mundo exterior se transforma en un pálido reflejo y distorsionado del amor verdadero al nivel del alma. Uno es amado completamente y se da cuenta que es siempre de este modo, pero que uno no lo sabía; y estas experiencias de amor y beatitud se profundizan y enriquecen con el tiempo. La unicidad del amante o enamorado y el Amado, el encuentro, la fusión, el disolverse en el amor “como el azúcar en el agua” pueden ser tan sólo insinuadas. Como nos dice Kabir: “No puede ser dicho con las palabras de la boca. No se puede escribir en papel. Es como un mudo que prueba algo dulce. No lo puede explicar”. Emergemos de esos estados confundidos, descarriados, y lo daríamos todo con tal de probar otro sorbo de este delicioso vino.

Y más adelante, más allá de los límites de lo conocido [sobrepasando el nivel del Ser], es el dominio de la Nada [o inexistencia], confín desde donde ya no llegan más noticias. En este estadio, todo rastro del amante es absorbido, y uno retorna de estas experiencias, sin saber nada excepto que uno fue arrebatado. Este es el verdadero lugar de reposo del místico. En las palabras de 'Abdu'l-Qâdir Gîlân:

“Finalmente el peregrino retorna al Hogar, al hogar de su origen….ese es el mundo de la proximidad de Allâh, allí es donde está el hogar del peregrino interior, y ahí es a donde él retorna. Esto es todo lo que puede explicarse, tanto como la lengua puede decir y la mente captar. Más información que esta no se puede dar, porque más allá está lo imperceptible, inconcebible, indescriptible”.(13)

 

INTERPRETACIONES E IMPLICACIONES

La meditación sufí del corazón es una práctica simple que usa la energía del corazón para llevar al caminante espiritual de regreso al Hogar. El amante o enamorado de Dios gradualmente pasa del estadio de fanâ, rendición o sometimiento del ego, al estadio de baqâ, habitando en Dios o “permaneciendo después de ser extinto”. A través del poder de Su amor por nosotros, que está oculto dentro del corazón, despertamos a la unicidad del amor que es el fundamento de toda la vida. Cuando dejamos atrás la mente y el ego, somos capaces de entrar en la cámara más interna del corazón, donde el amante o enamorado y el Bienamado son uno. A medida que nuestra conciencia egoica se da por vencida, gradualmente nos aclimatamos a las dimensiones interiores de la unicidad, y al mismo tiempo creamos un receptáculo que es capaz de contener esta conciencia superior. Al principio podríamos asustarnos de la realidad más allá de la mente y del ego. Pero a medida que los estados de meditación cambian, nos familiarizamos con este estado de absorción, y dejamos de lado el temor de estar donde el “amante”, subyugado por el amor, ya no existe:

“El amor se ha mudado a mi casa y la adornado, mi ego armó sus valijas y se fue.
Tú imaginas que me ves, pero yo ya no existo: lo que queda de mí es el Bienamado”.(14)

La meditación nos adentra en la unicidad del amor y nos prepara para dicha experiencia. T. S. Eliot remarcó sabiamente: “La humanidad no puede soportar demasiada realidad”,(15) y la tremenda experiencia del vacío eterno que yace más allá de la mente y del ego pueden ser aterradoras. Estamos condicionados por la creencia básica de que nosotros existimos como individuos, como una entidad separada. El ego es el centro de nuestra percepción consciente. Durante la meditación comenzamos percibir una verdad más profunda, que el ego es una ilusión y que el mundo exterior es tan insustancial como un sueño. Citando las palabras de Shakespeare: “Somos lo que los sueños hacen de nosotros”.(16)

Por supuesto, muchas veces cuando meditamos, aun después de años [de práctica], la mente y sus pensamientos siguen estando presentes. Pero también están esos momentos en que somos arrebatados, atraídos por el amor dentro de una dimensión más vasta de nosotros mismos. Encontrarse en el vacío del ego que se ha rendido es una felicidad tan disturbadora, que cuando retornamos a la conciencia ordinaria podemos estar mareados y confusos, desorientados a la vera del camino. No comprendemos lo que hemos visto. La mente no puede entender la Verdad contada por el corazón. Y los reportes de aquellos que han atravesado este camino, sólo enfatizan que la mente y el ego no pueden captar lo que se experimenta. Al-Junayd describe este estado con una claridad paradójica: “Estando totalmente presente en Dios, él [peregrino] está totalmente ausente de sí mismo. Y de este modo, él está presente ante Dios, ausente de sí; ausente y presente al mismo tiempo. Él está donde no existe y no es donde está”.(17)

Tenemos que aprender a contener las dinámicas experiencias de los mundos internos sin sentirnos abrumados. Tomar conciencia que “no hay nada excepto la nada”, y al mismo tiempo vivir la vida diaria de uno, haciendo frente a las responsabilidades y problemas del mundo, toma años de preparación. La meditación no sólo abre el ojo interno, sino que además crea una cualidad de conciencia que es capaz de contener lo que experimentamos. Lentamente, se levantan los velos de ilusión que nos separan de la deslumbrante oscuridad del Amado. Una amiga una vez tuvo un sueño, durante el cual se encontró con su maestro y él tenía cortinas cayendo de sus manos. Él le dijo: “Aquí hay tales misterios que tu mente estallaría si los vislumbrases. Luego le señaló un sendero para que ella siga, que se alejaba en la distancia.

La Verdad espiritual es confusa para la mente pues vibra a una frecuencia más elevada. La vida espiritual es una cuestión de velocidad. Necesitamos ser capaces de resistir las fuertes vibraciones del Ser; de lo contrario nos desequilibraríamos peligrosamente. La meditación crea una estructura interna de conciencia que nos permite operar a una frecuencia más alta. A través de años de disciplinada práctica, alineamos todo nuestro ser con las altas frecuencias del Amor divino, de modo que esta energía embriagadora pueda fluir a través de nosotros.

Cada vez más rápido, fluyen las corrientes del amor, cada vez más rápido gira el corazón. Si nos resistimos a esta energía podríamos ser peligrosamente sacudidos. Si no estuviésemos centrados, nos desequilibraría completamente. El ego no puede proveer la estabilidad y equilibrio que necesitamos. Debe entregarse para que podamos pararnos sobre la roca del Ser. Rendirnos nos permite girar con la danza de la devoción total. Y la totalidad del amor que se recibe, en el que cada célula del cuerpo se sabe amada, crea una sensación de seguridad que no puede perturbarse.

A medida que perdemos nuestra mente en los espacios vacíos del más allá, anhelamos ser atraídos más y más profundamente a la totalidad del amor, a la felicidad del abandono. Pero también necesitamos ser capaces de volver a nuestro mundo cotidiano. El mundo interno, con su intimidad y libertad de ataduras, puede hacer que el mundo exterior parezca frío, una prisión alienante, un lugar donde uno puede ser conocido y amado tan sólo fragmentadamente. Los velos de este mundo llenos de distorsiones y verdades a medias, pueden ser pesados y deprimentes, si se hubiesen alzado aunque más no sea por un instante Sin embargo uno no debe permitir que los estados de meditación interfieran con nuestra vida y labor diarias. Uno necesita ser capaz de concentrarse en el mundo exterior y funcionar en el nivel de la mente cuando sea necesario. Internamente perdidos en el amor, siempre permanecemos Sus sirvientes, viviendo en Su mundo por Su causa.

Había un discípulo quien sentado en la presencia de su maestro, lentamente se sumió en meditación. En el momento en que estaba por sumirse en el estado de dhyana, su maestro sorpresivamente le preguntó: “¿Cómo está tu madre?” Volviendo penosamente a la conciencia, el discípulo contestó: “Gracias Marahaj. Ella se encuentra muy bien”. Su cabeza se sumió nuevamente en la beatitud de la meditación, cuando una vez más su maestro inquirió: “¿Cómo está tu tía?”. Volviendo otra vez a sus sentidos, respetuosamente él contestó: “Muy bien. Gracias”. De nuevo volvió a adentrarse en la meditación, tan sólo para ser traído a la conciencia por otra pregunta del maestro. Así continuó por un tiempo, hasta que finalmente el sheikh le permitió meditar sin disturbios. Más tarde alguien preguntó al sheikh por qué interrumpió la meditación del hombre. El sheikh respondió: “Él tiene que poder salir del estado de meditación en cualquier momento. No debemos atarnos ni siquiera a nuestra meditación”.

El sufismo no es ni un sendero monástico ni ascético. El peregrino sufí vive en el mundo interno del corazón y funcionando responsablemente en la vida diaria al mismo tiempo. Inmerso en la unicidad del amor, venimos a conocer nuestra naturaleza esencial, en la cual está grabado profundamente el propósito de nuestra vida. Cuando volvemos de la meditación, traemos la fragancia de esta realidad interior a nuestra vida cotidiana, y somos capaces de vivir arraigados en la profunda raíz de nuestro ser. Tener acceso al plano unitivo nos permite participar en la vida de un nuevo modo. Somos capaces de existir desde el centro de nosotros mismos y de consumar nuestro más profundo potencial como seres humanos. Comenzamos a ver la forma en que nuestra vida refleja la divinidad, cómo Su nombre impreso en nuestro corazón se refleja en nuestro diario vivir. Conocer nuestra unidad esencial y cómo esta unidad es una parte de la totalidad, nos da un sentido de propósito vibrante: ya no somos un individuo aislado sino una parte integral de la evolución de la vida.

El viaje del sufí es el camino de retorno del amante a los brazos del Bienamado, un viaje de amor en el que sucumbimos a limitada perspectiva egocéntrica de nosotros mismos. Sumidos en el amor, en el vacío indefinido que esta más allá de la mente, descubrimos dentro de nosotros aquello que es eterno y despertamos a la vida del corazón. En este despliegue de unicidad dinámica, el sendero espiritual y el buscador son olvidados. Sólo Su Presencia sin forma es real:

En Dios no hay dualidad. En esa Presencia “yo”, “nosotros” y “tú” no existen. “Yo” y “tú” y “nosotros” y “Él” somos uno…Ya que en la Unicidad no hay distinción, la Búsqueda y el Camino y el Buscador se vuelven uno.(18)

Al conocer y vivir la unidad, el amante refleja cada día la luz y el amor del Amado. El secreto de la unicidad del amor se vuelve el suelo donde caminamos, la esencia del aire que respiramos. Internamente fusionados en el Bienamado, imprimimos el sello de Su realidad en todo y en cada momento. Externamente vemos Su unicidad expresada en el mundo; conocemos la cara oculta de la creación, la que los sufíes llaman, el secreto de la palabra Kun! (¡Sé!).

Atentos a Él, estamos aquí para servirLe. El amante de Dios que se ha entregado por amor, da la bienvenida a la pobreza del corazón, “tener nada y desear nada”. Entregados a nuestro Amado, no queremos nada para nosotros, ni siquiera los estados de meditación. Pero mediante la misericordia de Su amor por nosotros, Él llega y nos lleva a Él. Somos alimentados desde adentro, del amor y la guía que provienen del corazón. A través de la práctica de meditación, se nos da acceso a los secretos del amor y podemos ayudar a traer estos secretos al mundo.


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FOOTNOTES

(1) Cita de Carl Ernst, Words of Ecstasy in Sufism (Albany: State University of New York Press, 1985), p. 20. "Nafs" es un término sufí para la naturaleza inferior o ego.
(2) Cita de Annemarie Schimmel, Mystical Dimensions of Islam (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1975), p. 49.
(3) Cita de Massingnon, Louis, The Passion of al-Hallaj (Princeton: Princeton University Press, 1982), p. 42.
(4) "Whoso Knoweth Himself," (quien se conoce a sí mismo) from the Treatise on Being (Risale-t-ul-wujudiyyah) (Abingdon, Oxon: Beshara Publications, 1976), pp. 3-4.
(5) Cita de Bhatnagar, R.S. Dimensions of Classical Sufi Thought (Dehli, India: Moyilal Banarsidass, 1984), p. 92.
(6) Cita de Eva de Vitray-Meyerovitch, Rûmî and Sufism (Sausalito, California: The Post Apollo Press, 1987), p. 24.
(7) Traducción de Andrew Harvey, Light upon Light (Berkeley: North Atlantic Books, 1996) , p. 181.
(8) Mahmûd Shabistarî, citado por Bhatnagar, p. 118.
(9) Traducción de Andrew Harvey, Light upon Light, p. 99.
(10) Al-Qushayrî, Principles of Sufism, traducido por B.B. Von Schlegell (Berkeley: Mizan Press, 1990), p. 159.
(11) Dhyana y Samadhi son palabras sánscritas que fueron incorporadas por la orden Naqshbandiyya-Mujaddidiyya durante la expansión de los Naqshbandis en la India.
(12) Irina Tweedie, conferencia inédita, "The Paradox of Mysticism," Wrekin Trust, "Mystics and Scientists Conference," 1985.
(13) "The Secret of Secrets" traducido por Tosun Bayrak (Cambridge: The Islamic Texts Society, 1992), p. 87.
(14) Nizami, The Story of Layla and Majnun, traducido por R. Gelpke (London: Bruno Cassirer, 1966), p. 195.
(15) "Burnt Norton" ll. 42-3, Four Quartets (London: Faber and Faber, 1944).
(16) The Tempest, editado por Frank Kermode, (London: Methuen & Co. Ltd., 1954), IV. I. 146-7.
(17) Cita de Bhatnagar, p. 147.
(18) Mahmûd Shabistarî, citado por Bhatnagar, p. 118.