The Golden Sufi Center

Por un Espejo y Oscuramente:
La Naturaleza Paradójica de la Relación con el Maestro
Publicado en Sufí Journal, Primavera/Verano 2004




LA CONCIENCIA DE LA UNICIDAD

No des un paso en la senda del amor sin un guía. Yo lo intenté cientos de veces fallé, escribe el poeta persa Hâfes. El sufismo dice que necesitas un maestro, un guía a lo largo del sendero del amor. Si necesitas un guía para cruzar un desierto o una tierra desconocida, ¿cuánto más para aventurarte en el mundo más interno de la psique, en las profundidades del alma? Para hacer el viaje desde los confines del ego a la ilimitada dimensión del corazón, necesitas un maestro, un sheij o sheikh.

Pero desde el momento en que empezamos la búsqueda de un maestro entramos en el mundo paradójico del misticismo donde se nos presenta una realidad vaga y contradictoria. Necesitamos "elegir un maestro", pero se nos dice: "Tú no encuentras un maestro, el maestro te encuentra a ti". ¿Cómo iniciar esta búsqueda en la que no buscamos sino que somos encontrados? ¿Cómo saber en qué confiar? Y ¿cómo distinguir entre un maestro verdadero y uno falso, particularmente cuando se nos ha indicado no juzgar por las apariencias? Y está, además, la verdad espiritual de que el maestro verdadero está en nuestro corazón, que es la luz de nuestro propio Ser Superior.

El auténtico problema para el buscador occidental consiste en el hecho de que en nuestra cultura no tenemos una tradición de la relación con un maestro espiritual. En India la relación con un gurú ha sido siempre una parte de la cultura, al mismo tiempo que en el Oriente Medio el sheij o sheikh sufí ha sido una figura de reconocida autoridad espiritual, si bien a veces perseguida. Pero en Occidente la relación entre maestro y discípulo, a pesar de estar ilustrada en la vida de Cristo, nunca ha sido parte de nuestro de nuestro panorama espiritual. El resultado es que somos ingenuos, y fácilmente falseados; y al mismo tiempo, abordamos esta relación con las herramientas de la discriminación racional, que son válidas en el mundo exterior, pero totalmente inapropiadas cuando nos encontramos con un verdadero maestro.

El problema empieza en el momento en que contemplamos la relación con el maestro a través de los ojos de la dualidad cuando, por el contrario, esta importantísima relación, pertenece a la unicidad. El maestro es el único que puede llevarnos del mundo de la dualidad a la unidad que se encuentra en el corazón. Él, o ella, es capaz de conducirnos de regreso a la unidad porque está inmerso en la unicidad, porque ya ha hecho el viaje desde la separación a la unión. En realidad, esta relación comienza y termina en la unicidad, sólo que el discípulo no lo sabe. En la tradición del sufismo Naqshbandi, por ejemplo, se dice que "el final está presente al principio". En el momento en que el caminante espiritual pone su pie en la senda, se inicia la dimensión de la unicidad [dimensión unitiva], porque la naturaleza esencial de la senda es la unicidad. El maestro está allí para proporcionar una conexión viva hacia esa unicidad.

El trabajo del maestro es traer de vuelta al caminante desde la separación a la unión y, en el sendero sufí Naqshbandi, esto se hace mediante la impresión de la conciencia unitiva en la mente y el corazón del caminante. Naqsh significa en persa "imagen, grabado":

Naqsh es la imagen, el anteproyecto, de aquello que se graba sobre cera u otra materia similar; y band, literalmente la atadura, es el sostenimiento permanente de la grabación sin que se borre.(1)

Mediante este grabado, el caminante gradualmente se torna consciente de la unicidad que pertenece al corazón. Para el sheij esta unicidad está siempre presente: pertenece a ese estrecho círculo del amor que es su relación con el caminante espiritual.

EL AMOR Y SUSTANCIA SECRETA DEL CORAZÓN

Al comienzo del viaje, el caminante puede ver al maestro solamente a través de los ojos de la dualidad, empañados por todas las dudas y juicios que se alzan en la mente. Pero la relación real con el maestro no deriva de las ideas preconcebidas ni de los condicionantes mentales del caminante, sino del amor que hay en el sheij. Este amor, que pertenece al alma, es el que lleva al caminante a la presencia del sheikh. La naturaleza de este amor es incondicional y, como el brillo del sol, se da gratuitamente.

El amor que el maestro tiene por el discípulo pertenece a la unicidad y lleva consigo la conciencia unitiva divina. Cuando el caminante se halla en presencia del sheikh, entra en la dimensión de la unicidad del amor, aún cuando no lo sepa. El caminante no ha desarrollado aún la facultad de reconocer la unicidad, de apreciar conscientemente lo que se le está dando. En vez de ello permanece en la prisión de sus proyecciones, sus condicionantes mentales y sus problemas psicológicos, que son proyectados, necesariamente, en la relación con el maestro.

El amor suscita proyecciones psicológicas, tanto positivas como negativas. Y, como cualquiera que haya experimentado los asuntos del amor sabe, cuanto más grande es el amor, más poderosas son las proyecciones: más atención reclaman las partes no vividas de nuestra psique que quieren ser llevadas a la luz del sol de nuestro amar. Esto es lo que hace a los asuntos amorosos tan potentes psicológicamente, tan llenos de proyecciones inesperadas y a menudo indeseadas. El amor incondicional que da el sheij evocará necesariamente muchas proyecciones y necesidades insatisfechas. Una vez que el período inicial de ebriedad de la "luna de miel" ha pasado, a esto es lo que el caminante se ve obligado a enfrentarse. Y dado que el sheikh también representa una figura de autoridad, las dificultades con la autoridad no resueltas del caminante se añadirán a la nube de confusión que oscurece la naturaleza real de la relación con el maestro: el amor que es la esencia de la senda sufí.

El trabajo del caminante es permanecer fiel al núcleo central del compromiso, a los sentimientos iniciales del amor, mientras trabaja sobre los problemas psicológicos que van aflorando. Como Carl Jung comprendió, la sombra contiene la "materia prima" para nuestra plenitud psicológica de la que nace el yo, y esto es también cierto respecto de la obra espiritual. Para trabajar con aquellos contenidos de nuestra psique que se enfrentan a nosotros, necesitamos discriminación y claridad, pero, afortunadamente, nos sostiene una presencia invisible que es la esencia real del trabajo: el vínculo profundo de amor que existe entre el maestro y el discípulo. Este lazo de amor contiene la conciencia unitiva a la que aspiramos y que, aún después de muchos años en la senda, sigue oculto, raramente visible a la percepción ordinaria del discípulo. Pero cuando el trabajo interior ha sido realizado, lo que los sufíes llamar "limpiar, o pulir, el espejo del corazón", se llega entonces a reconocer ese amor que siempre estuvo presente.

Para el sheikh este amor es la "materia prima" de la senda, el principio y el fin del trabajo al mismo tiempo. Mediante el amor se barren las impurezas del caminante que queda limpio, de forma que pueda vivir su naturaleza más profunda, su innata cercanía a Dios. Mientras el caminante se enfrenta a los obstáculos con su mente y su psique puestas en la senda, el sheij realiza el verdadero trabajo de transformación ablandando el corazón, la "conciencia divina que está presente en la cámara más profunda del corazón, al que los sufíes llaman Œl corazón del corazón')."

La conciencia del corazón se despierta mediante la gracia del sheikh, a través de una transmisión desde el corazón del sheij al corazón del caminante. Este es el regalo de Sér o Sirr, "un fruto de la Gracia de Dios, producido por la generosidad y merced de Dios, no por la adquisición o la acción del hombre."(2) Sér o Sirr, significa secreto, y es una cualidad del Amor divino que está velada al mundo porque no es pertenece al mundo, sino al misterio del amor divino. Es la esencia de la relación del amante y el Bienamado: Él les ama y ellos Le aman (Qo 5,59).

Buena parte del trabajo de la senda es un proceso de preparación, una purificación interior, para hacer al corazón del discípulo capaz de contener Su secreto, sin que quede contaminado por el ego o naturaleza inferior, nafs. Cuando el sheij percibe que el discípulo está preparado, esta sustancia de amor divino se infunde de corazón a corazón, desde el corazón del sheik al del discípulo. Sin esta sustancia secreta no puede haber realización. Para el sufí el sér, o sirr, es la sustancia más preciada del universo.

LA FIGURA ARQUETÍPICA DE JEZR (KHIDR)

Sólo el maestro puede darnos lo que necesitamos, aun cuando lo que nos es dado no pueda captarlo todavía nuestra mente o ego. Es más, no estamos familiarizados con una relación amorosa que no pertenezca al yo personal. Nuestros condicionamientos colocan el amor y la cercanía solamente en la esfera de las relaciones personales, y no admiten el concepto de un amor más profundo e impersonal que pertenezca al alma (nuestra cultura está focalizada en lo personal‹en los Estados Unidos de Norte América ha llegado incluso a ser costumbre dirigirse a cualquiera por su nombre de pila). Nuestra avidez de aceptación personal, nuestras necesidades insatisfechas emocionales, e incluso físicas, afluyen a la superficie y son fácilmente proyectadas en la relación con el maestro. Nos falta el recipiente tradicional que separe esta relación de la esfera personal. En muchas tradiciones orientales, por ejemplo, el discípulo no puede dirigirse al maestro, sino que debe esperar a que éste le hable primero. Pero en Occidente carecemos de este tipo de protocolos.

Sin las herramientas para distinguir entre nuestras necesidades emocionales y espirituales, sin la ayuda de una compresión tradicional, nos volvemos fácilmente víctimas tanto de nuestra propia ingenuidad como de falsos maestros, que utilizan su posición para sus fines personales. Es fácil quedar atrapados en modelos de dependencia, en una telaraña psicológica que sutilmente debilita nuestro propio sentido del yo. Leemos que rendirse al maestro es necesario, pero falta el entendimiento de que la rendición real no es a la forma exterior de la persona del maestro sino a la esencia del maestro, a aquello dentro del maestro que está entregado a Dios. En la tradición sufí se describe al maestro como sin rostro, sin nombre", reforzando así su naturaleza impersonal. Es alguien que se ha vaciado, se ha vuelto "sin rasgos distintivos, sin forma".

La relación con el maestro pertenece a la realidad interna del corazón, más allá de la esfera personal. Es esta la dimensión de Jezr, o Khidr, arquetipo sufí del maestro e imagen de la revelación directa. De hecho, algunos grandes sufíes que no tuvieron maestro físico, como Ibn ŒArabi, fueron en cambio guiados o iniciados por Jezr. Pero la historia acerca de Jezr o Khidr, a quien Dios había dado conocimiento de Sí Mismo, narrada en el Qorán [o Corán] (18, 61-83), muestra cuan difícil es seguir a esta enigmática figura. Moisés, quien encuentra a Jezr en la confluencia de los dos mares (donde se juntan el mundo interior y el exterior), le pregunta: ¿Puedo seguirte para que puedas guiarme con lo que has aprendido? No serás capaz de soportarme, replica Jezr. Pues ¿cómo podrías soportar aquello que está más allá de tu entendimiento?

En tres ocasiones Khidr realizó acciones que Moisés criticó, hasta que finalmente Jezr se apartó de él, explicándole: Lo que hice no fue por mi propia voluntad. Jezr pertenece a una realidad que no sigue las reglas de la razón ni de ninguna ley externa, sino que lleva a cabo la voluntad de Dios. Si vamos a seguir a Jezr debemos rendirnos a la esencia interior del corazón, entregándonos a la relación incondicional que hay entre el enamorado y el Bienamado. Descubriremos entonces la verdadera naturaleza de Khidr, la sustancia secreta dentro del corazón, que es el maestro verdadero:

Yo soy la realidad transcendente, y soy el hilo tenue que la acerca estrechamente. Soy el secreto del hombre en su mismo acto de existir, y soy aquel invisible que es objeto de culto...Soy el Sheikh de la naturaleza divina, y soy el guardián del mundo de la naturaleza humana.(3)

El maestro es el hilo que nos conecta a nuestra propia realidad trascendente. Mediante la gracia del sheij el caminante despierta a la conciencia unitiva que es el conocimiento del amor. Pero, durante muchos años en el camino, esta conciencia está oculta para el caminante, que se enfrenta a las limitaciones del ego y a las confusiones de la psique. El caminante no puede sino ver al maestro a través de los velos de la dualidad y las distorsiones de sus propias proyecciones. Esta relación pertenece al nivel impersonal del alma pero el caminante espiritual sigue tratando de llevarla al escenario personal de su propio ego. Esto es lo que hace tan difícil seguir este cabo de amor, este hilo tan tenue. Pero si seguimos este hilo con sinceridad, devoción, perseverancia y sentido del humor, despertaremos a su naturaleza real, o sea, cómo refleja el corazón del sheij la unicidad de la cara oculta de amor.

Ahora vemos por un espejo y oscuramente,
pero entonces veremos cara a cara.
Al presente conozco sólo parcialmente,
pero entonces conoceré como soy conocido.(4)

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FOOTNOTES

(1) Texto árabe traducido por Sara Sviri (1977). The Taste of Hidden Things. Inverness, California: The Golden Sufi Center, p.139.
(2) Abu Sa'id Aboljeir, citado por R.A.Nicholson (1921). Studies in Islamic Mysticism. Cambridge: Cambridge University Press, p.51.
(3) _ili, sobre Jezr, citado por Henry Corbin (1990). Spiritual Body and Celestial Heart. Londres: Tauris & Co, p. 156.
(4) Primera epístola de Pablo a los Corintios, 13, 12.